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Kim y Moon comieron la zanahoria de la paz

“Ya no te voy a interrumpir más el sueño de madrugada”, le dijo hace unos días Kim Jong-un -presidente de Corea del Norte- a Moon Jae-in, líder del sur, luego de tomarlo de la mano e invitarlo amablemente a cruzar el escaloncito que separa a una misma nación en dos mitades.

Kim y Moon comieron la zanahoria de la paz

El pasado 15 de septiembre, mientras dormía empotrado a la pared en un nicho de hotel cápsula japonés, me despertó un inusual cotorreo de gente. Me levanté en pleno amanecer para bajar al onsén, el spa con piscinas termales donde cinco japoneses desnudos miraban por TV dentro de un sauna, el despegue de un cohete norcoreano. Era un misil intercontinental, el mismo que una hora antes nos había pasado casi por arriba de la cabeza mientras dormíamos. Los hombres miraban las imágenes imperturbables y sudorosos, con cara de piedra y en silencio, pero preocupados por dentro. No hablo japonés pero entendí bien lo que pasaba, y pasé el resto del día mal dormido y algo inquieto.

“Ya no te voy a interrumpir más el sueño de madrugada”, le dijo hace unos días Kim Jong-un -presidente de Corea del Norte- a Moon Jae-in, líder del sur, luego de tomarlo de la mano e invitarlo amablemente a cruzar el insólito escaloncito que separa a una misma nación en dos mitades. Aquel 15 de septiembre, al presidente Moon le sucedió, más o menos, lo mismo que a mí pero con más énfasis: lo habrán despertado a los gritos porque desde el otro lado de la “medianera”, el vecino había lanzado otra vez un misil.

La broma de Kim en la cumbre presidencial tiene un eco especial en el contexto del pasado reciente, cuando un mal cálculo de puntería norteña podría haber desencadenado una guerra atómica. Porque sutilmente, el chascarrillo le quita dramatismo a ese hipotético apocalipsis de fuego. Pero quizá no se haya estado tan cerca de una guerra. Y es probable que todos los actores en juego también lo supieran. No porque fuese un teatro bien coordinado, sino por el hecho de que uno de los protagonistas de la trama -Kim- se dedicó desde un principio a la sobreactuación.

No es que estemos interpretando la noticia de ayer con el diario de hoy, sino que ya lo habíamos planteado en nuestro libro de crónicas nor y surcoreanas, publicado en enero pasado -con Daniel Wizenberg- llamado Corea, dos caras extremas de una misma nación. Allí decimos que la inteligente estrategia de Kim era la del “perro que ladra y no muerde”, que a lo sumo tira un tarascón. La causa principal por la cual este conflicto de “patrullas perdidas” de la Guerra Fría sigue congelado en 1953, es que nadie quería ceder. Pero por sobre todo, no había mucho factible de negociar.

La división del país en dos fue decidida por dos generales norteamericanos que abrieron una revista National Geographic: un poco a ojo, trazaron una línea a la altura del Paralelo 38°. La reunificación es casi imposible mientras exista el régimen del norte. Entonces la tirantez se mantuvo siempre, con picos de tensión y distención. La amable reunión entre presidentes coreanos, sucedió dos veces más en los últimos treinta años. Pero esta vez podría ser distinto: al nuclearizar su país –igualándose de hecho con el sur- la dinastía Kim tuvo por primera vez algo para ceder. Y esto les otorgó el derecho de tener algo para recibir. La novedad es que se habla de desnuclearizar la península como tal, a pesar de que el sur no tiene oficialmente armas nucleares, pero sí bases militares norteamericanas por todo su territorio.

Una mirada superficial vería a Kim cediendo en lo principal, a cambio de nada. Pero es lo contrario. Por primera vez se habló -y por lo visto habrá- un acuerdo de paz definitivo entre países que están técnicamente en guerra: las Coreas y EE.UU. Y ha sido un enfrentamiento latente, con escaramuzas que incluyeron el hundimiento de un barco de la Marina de Guerra de Corea del Sur, el derribo de un avión civil de pasajeros surcoreanos en 1988, y cruces a tiros en la fronteriza Zona Demilitarizada (DMZ ) que sigue siendo la más militarizada del mundo. Lo que recibiría Kim con un tratado de paz -cuyos detalles se desconocen- es la garantía de no invasión, perdiendo así el peligro de terminar como Muamar Kadafi o Sadam Hussein. Corea del Sur recibe la misma seguridad.

Lo que planteamos en nuestro libro es que el objetivo de Kim no era, de ningún modo, atacar sino blindarse ante una agresión, con un mensaje claro: “si me tocan, explotamos todos”.

 Mientras en la segunda mitad del siglo XX -hasta 1987- había en Corea del Sur sangrientas dictaduras militares que asesinaban a decenas de miles de personas, los comunistas reconvirtieron su sistema de gobierno en una extraña monarquía. El heredero actual de la “corona” recibió el poder en tercera generación por una extraña carambola de la historia. Su padre no eligió como sucesor a uno de sus hermanos, porque tenía “el alma de una señorita”. La hermana fue descartada por señorita. El primogénito perdió toda autoridad al caer preso en Japón, por querer entrar de incognito con un pasaporte dominicano (nada menos). Su misión especial era conocer Disney Tokio. Una vez devuelto a su país, el hombre fue a su vez deportado de Norcorea (el año pasado lo asesinaron en el aeropuerto malayo de Kuala Lumpur con gotitas de agente nervioso VX, sin dudas por orden de su hermano). Así que no hubo otro candidato salvo Kim Jong-un, un fanático de la NBA educado en las escuelas más caras de Suiza.

De modo que el actual líder norcoreano nada tiene que ver con el revolucionario que fue su abuelo -quien enfrentó al invasor japonés y se dio el lujo de repeler a los norteamericanos- sino que es un reyezuelo sin otro fin que mantener su vida de lujos: su ultimo interés sería el de exportar una revolución.

Por eso hemos planteado que no habría guerra: la estrategia del norte era sentarse a una mesa de negociación, donde Kim y Moon, de hecho, sellaron todo comiéndose una zanahoria. Hasta hace unos años, los dos países compartían una zona económica especial en Corea del Norte, donde los “comunistas” ponían el trabajo y los capitalistas la inversión. Allí había industrias y una plantación de zanahorias. El modesto banquete vegetariano simbolizó el deseo de volver a hacer cosas juntos. Y a partir de la “zanahoria de la paz”, si todo resulta bien, el presidente Moon, los 76 millones de nor y surcoreanos, los 127 millones de japoneses y el mundo entero, van a dormir un poco más tranquilos.

* El libro Corea, dos caras extremas de una misma nación lo publicó Ediciones Continente (2018).