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Falta un diálogo que evite que las peleas sectoriales castiguen al consumidor

Imagen de HERNÁN DE GOÑI

por  HERNÁN DE GOÑI

Director Periodístico

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La palabra gratis pertenece al ámbito del marketing, no de la economía. Que un consumidor no deba pagar el precio final de un bien o un servicio, no significa que para quien lo presta ese bien o servicio tenga costo cero.

La educación gratuita, al igual que la salud o la educación, son el resultado de un enorme esfuerzo de inversión pública, que los contribuyentes financian cuando pagan los impuestos que recauda el Estado. En este caso la transferencia es visible. Con la política energética sucedió algo similar. En los últimos doce años, las tarifas no representaron el costo de producción de la electricidad, el gas o el transporte. La diferencia la puso el Estado, o sea todos.

En el sistema financiero, el dinero tampoco es gratuito. Para poder prestar, los bancos primero deben captar fondos, para lo cual ofrecen una tasa de interés. Ese monto no lo fija el sistema, sino que tiene como base una tasa de referencia (lo que paga el BCRA para captar pesos). Todo lo que cobre por debajo de esa raya, es equivalente a una pérdida. Y cuando pierde un ingreso, o toma menos depósitos (achicando su negocio) o lo traslada a sus clientes.

La pelea por las comisiones de las tarjetas de crédito (apoyada en parte por un sector del Congreso) remite un poco a la idea de que sistema que habilita los beneficios que hoy aceitan el consumo privado, puede funcionar sin que las entidades que lo operan perciban un ingreso. Que las transacciones con débito tengan arancel cero es igual que asignarle una pérdida a quien presta el servicio.

Hay una pelea de márgenes entre dos sectores, está claro. El financiero habilitó los descuentos y los 12 pagos sin interés como muletas para la economía en tiempos difíciles (una en 2003 y 2014). El comercial busca recuperar rentabilidad en tiempos de vacas flacas. La pulseada no mueve la aguja de los precios, pero sí puede encarecer los servicios bancarios. Lo que todavía no hay en el escenario es una mesa de diálogo que permita consensos para que el que pierda no sea, una vez más, el consumidor.