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"Ética, trabajo y educación son las tres cuestiones fundamentales para lograr un proyecto argentino"

Uno de los hombre más importantes en la Iglesia argentina, propone que, para una futura reconciliación, distintos sectores en nuestro país expresen arrepentimiento "por las cosas malas que hicieron". Y dice que si se enfrenta la pobreza, "vamos a estar mucho mejor".

por  SERGIO LANZAFAME

Subeditor de Internacionales
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La moderación y su capacidad de diálogo son algunos de los signos distintivos de Monseñor Jorge Casaretto, el obispo emérito de San Isidro. Sin embargo, es uno de los miembros de la jerarquía eclesiástica de más alto perfil en los últimos años y no se priva de criticar con vehemencia aquello que cree que está mal. Como a los gobiernos de los Kirchner, a los que acusa de fomentar la división en la Argentina. Al nuevo gobierno le reclama que actúe en la dirección contraria, pero sobre todo que cumpla con sus promesas de pobreza cero. Integró en 2002 la Comisión Episcopal designada para trabajar en el llamado "Diálogo Argentino" y fue presidente durante dos períodos de Cáritas Argentina.


–Los desencuentros en la historia argentina tienen un protagonismo especial. ¿Qué reflexión le merece?
–Desde ese primer momento hubo discusiones respecto de la unidad. La pelea entre los pueblos del interior y Buenos Aires recién se comenzó a resolver con la nueva Constitución aunque se mantuvo en el tiempo. Creo que mejoró recién ahora, después de doscientos años. Parecería ser que vamos encontrándole un camino , aunque las provincias todavía tienen una dependencia del poder central.


Yo por naturaleza soy bastante optimista. Tenemos treinta y pico de años en democracia que han sido de gran experiencia para el país. Aunque aún ansiamos que haya un poder central que sea muy respetuoso de las provincias y del dialogo. Y que trate de buscar ciertos consensos. Los obispos, en algunos documentos, hablamos de lo malo que es pensar en términos de amigo-enemigo y no trabajar como hermanos. El tratar de imponer la visión de uno.


–¿Cual fue el rol de la Iglesia en esta historia?
–Fray Mamerto Esquiú fue un gran líder que trabajó para que se pueda jurar la Constitución cuando se sancionó. El texto proclamaba la libertad de cultos, y hay que recordar que la Iglesia de aquel momento pensaba mucho en la posibilidad de que el error se difundiera. Pero Esquiú dijo "estamos hartos de estas luchas intestinas", "esto nos da unidad y hay que jurar la Constitución".


Con la inmigración llegaron las congregaciones religiosas y volvió a haber obispos en nuestro territorio. Recién allí la Iglesia comenzó a encontrar un camino, pero a través de un trabajo muy de abajo. Se fundaron colegios y se establecieron nuevos obispos, con lo que recién a partir de la década del 40 retoma cierta influencia.


Pero con dos tendencias. Los católicos liberales, que ven con buenos ojos a la Democracia Cristiana europea y los sectores nacionalistas. Recién con el Concilio Vaticano II la primera visión logró imponerse con lo que se hicieron aportes muy importantes. Pero después tuvimos una década del 70 muy complicada porque los mismos católicos se enfrentaron, hasta con muertos. Creo que recién con la llegada de la democracia también la Iglesia argentina pudo rearmarse e internamente pudo saldar ese conflicto.


–¿Francisco es quien cierra el ciclo de desentendimientos entre los distintos sectores de la Iglesia?
–Francisco es una resultante. Por sus dotes personales tiene toda la capacidad para ser un Papa, pero además la Iglesia argentina fue quien lo formó. Creo que fue Monseñor Karlic quien marcó un punto de unidad. Allí desaparecieron las grandes diferencias y la Iglesia se puso al servicio del país.


–Macri dijo que venía a unir a los argentinos. ¿Es así en la realidad?
–No soy de abrir juicios sobre las personas, soy más bien de analizar los procesos. Salimos de un proceso de un enfrentamiento fuerte. Y superar esta cultura de pensar de que el adversario es el enemigo es muy importante. Estamos en un momento en el que más que un presidente, lo que necesitamos es la colaboración de todos. Siempre va a haber diferencias y es bueno que las haya.


Creo que este gobierno tiene capacidad para rearmar económicamente a la Argentina, pero la gran hipoteca que tenemos es el 30% de pobreza. Si se enfrenta esto los argentinos vamos a estar mucho mejor y vamos a poder entrar en comunión. Sino, no vamos a poder reconciliarnos.


–¿Cree que en la sociedad está instalado el tema de la pobreza?
–En la Iglesia está instalado el tema incluso desde nuestra predicación. Los grandes documentos papales nos instan a la misión, a preocuparnos por la marginación, a salir a las periferias. En realidad en toda la Iglesia de América latina la opción por los pobres es prioritaria. Por otro lado, creo que en los argentinos la conciencia respecto de este tema ha crecido. Me acuerdo que en el año 2001 muchos grupos llegaban al espacio de "diálogo argentino", y venían a reclamar por sus intereses particulares. Creo que hoy en día hay una visión más clara. Sin embargo, me parece que la sociedad todavía debe generar signos más definidos. Por ejemplo, sería extraordinario que todos los que tienen poder dirigencial y tienen dinero afuera digan: "vamos a traer nuestros capitales a la Argentina". Creo esas serían muestras claras y concretas de una preocupación porque haya más trabajo en la Argentina.


Respecto de como resolver los problemas sociales hay un elemento importante. Hoy hay una gran expectativa en los capitales que van a venir. Son capitales privados que ciertamente darán trabajo porque lo van a necesitar, pero no sé hasta que punto todos los argentinos están capacitados para trabajar. Hay mucha gente, muchos jóvenes que no saben trabajar. Entonces durante mucho tiempo va a haber que mantener en pie los subsidios. Se que a mucha gente esto no le gusta. Paralelamente hay que meterse mucho en lo educativo, para que la gente tenga prontamente salida laboral genuina. Hay que enfocarse en la capacitación, sobre todo en las escuelas técnicas, favorecer el primer empleo. Se debe mantener el subsidio hasta que la gente tenga trabajo. Le tiene que quedar muy claro en la dirigencia argentina, sobre todo las corporaciones empresariales y gremiales que defienden solamente sus intereses.


–¿Qué piensa sobre la crítica que hace el Papa al sistema financiero?
–Hay quienes dicen que el Papa está contra el mercado, contra los empresarios. Esto no es así. Lo que ocurre es la Iglesia critica cuando el mercado sólo trabaja con la dimensión financiera. El mercado tiene que tener un componente de humanización muy fuerte. Entre los factores que la integran están el trabajo y el capital, y para nosotros es siempre mucho mas importante el trabajo. No se puede enfrentar el capital con el trabajo, sino que hay que concertar el capital con el trabajo.


– ¿Entre los temas morales del momento, qué es lo que más le preocupa hoy a la Iglesia?
– El primero es la corrupción. El Papa diferencia entre el pecador y el corrupto. En el orden moral, la corrupción es un tema muy serio que se ha ido metiendo no solamente en los grandes negocios, sino en las canchereadas, las avivadas. Fijate lo que pasa en el fútbol, el tema de los barrabravas que viven de plata mal habida. La corrupción está en la base de la que hay de descomposición moral en la Argentina.


–¿Cómo imagina el tercer siglo de la Patria?
– Me parece que tenemos una deuda en los últimos 40 años, que es la reconciliación de los argentinos. Eso no quiere decir borrón y cuenta nueva. Debió haber primero memoria, verdad y justicia. Y está bien que haya sido así. Pero hay un paso que falta. Es cómo nos reconciliamos, cómo podemos hacer que el pasado tenga menos peso en el presente.


Los derechos humanos son fundamentales, pero hay que despolitizarlos. Sería bueno que muchos sectores expresaran arrepentimiento de todas las cosas malas que hicieron. Hay que seguir investigando la verdad, porque la verdad nos hace libres y cuanto más sepamos de lo que pasó mejor. Pero eso va a servir en la medida que podamos elaborar entre todos un proyecto de futuro. Eso nos dará esperanza. Para unirnos debemos mirar para adelante y para eso debemos tener un proyecto común.


–¿Que rol tiene la Iglesia en ese proyecto común?
– La Iglesia debe jugar un rol espiritual. Es la encargada de orientar, acompañar. No como protagonista central sino como animadora espiritual. Este lugar no es un espacio que solamente ocupe la Iglesia Católica, sino las distintas religiones. Por suerte en nuestro país el dialogo interreligioso en uno de los mejores en el mundo. Si pudiéramos trasladar este entendimiento ecuménico a la sociedad y reemplazar el enfrentamiento por el diálogo entre todos podremos construir un proyecto de país.


A veces me preguntan si hubo alguna vez algún proyecto de país en la Argentina. Yo creo que algo de eso hubo en la Generación del ‘80. Nadie discutía que había que poblar el país, nadie discutía que había que educar a la población, la inmigración significaba traer trabajo en la Argentina. Había discusión política, pero algunos temas no se discutían. Nosotros nos debemos eso. El tema educativo debe ser una prioridad básica, como el laboral. Y solucionar la corrupción con una visión ética. Ética, trabajo y educación son las tres cuestiones fundamentales para lograr un proyecto argentino.