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Es hora de dejar atrás aquel reto de Ortega y Gasset, y ocuparnos de las cosas

Imagen de FERNANDO GONZALEZ

por  FERNANDO GONZALEZ

Director Periodístico

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La Argentina es un país joven. Nos faltan años de democracia. Somos tierra de promesas. Todas estas definiciones que siempre apañaron nuestras peores equivocaciones pasarán a la historia mañana a la hora del Bicentenario. El país adolescente cumple 200 años de independencia y ya no es posible refugiarse en la inexperiencia. Ni en las conspiraciones planificadas en otros lugares del planeta. El atraso, las oportunidades perdidas y los derrumbes ocurridos en cada década son de nuestra absoluta responsabilidad. De los dirigentes y de los ciudadanos. A veces por error. Y otras veces por complicidad.


La Argentina del 2016 tiene a un tercio de su población bajo la línea de pobreza. Tiene a la mitad de sus alumnos que no pueden terminar la escuela secundaria. Tiene una economía que gasta el 7% más de lo que produce. Y cuyos precios suben un 40% cada año. Nos faltan carreteras, trenes, hospitales y cloacas. Exportamos porotos de soja pero importamos petróleo y gas. Los teléfonos celulares cuestan más caros que en Nueva York y 100.000 policías no nos alcanzan para detener los robos y los asesinatos en la provincia de Buenos Aires. Pero el mayor problema de todos es que no siempre fue así. Este fue el país al que llamaban el granero del mundo y el que tenía la educación más avanzada de Sudamérica.


Los próximos cien años son de desafíos concretos. Ya no hay necesidad de cortar el paso de los barcos con cadenas ni de cruzar la Cordillera de los Andes montados a caballo. Se trata nomás de tener un Estado más presente y una iniciativa privada más dinámica. De reducir la inflación, el déficit fiscal y los índices de mortalidad.

Se trata de aumentar los saldos exportables, de revalorizar al peso y de recrear el crédito. Se trata de producir más y de robar menos. O de no robar. El Bicentenario es una oportunidad para pensar una Argentina mejor y para ponerla en marcha. Para dejar atrás aquel reto de Ortega y Gasset. Y ocuparnos de una buena vez de las cosas.