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El voto puede generar cambios ante fallas en la responsabilidad colectiva

Los argentinos tienen un problema con la responsabilidad colectiva. No es una situación nueva. Por el contrario, tiene tanto arrastre que nadie se imagina que sea posible soñar con un cambio de actitud.

Lo que sucedió en Olavarría es una muestra más de comportamientos en los que nadie se hace cargo de las imprevisiones.

Las autoridades municipales, que aceptaron alojar en un predio local el multitudinario recital del Indio Solari, pensaron que recibir a 150.000 personas era manejable, y que la infraestructura humana y física necesaria para garantizar que nada les sucediera era la que tenían. Autoridades sanitarias o policiales de la provincia podrían haber sumado su colaboración de oficio ante un hecho público.

Pero al parecer, pedirle a una multitud amiga de los excesos que se porte civilizadamente es visto como un reto demasiado riesgoso por la posibilidad de que algo salga mal. El problema es que algo salió mal.

En la madrugada del domingo, el temor era que se hubiera repetido otro Cromañon. Se señaló que por suerte la cantidad de víctimas fatales fue mucho menor. Lo que no cambia es la escasa posibilidad de encontrar a alguien que asuma que los hechos debían haber sido previstos y que había que actuar de otra forma. La cultura ricotera tiene un sentido, pero no tiene por qué ser superior al interés común. Controlar accesos, prever vías de circulación alternativas, o contemplar algún tipo de seguridad complementaria a la de los organizadores, eran cuestiones que podían ser reclamadas por el municipio como condición para habilitar el show.

La responsabilidad es un factor que se diluye rápido. Es común que los argentinos sientan que tienen más derechos individuales que obligaciones colectivas. Es una falla cultural, de acuerdo. Pero los funcionarios públicos no pueden mirar hacia el costado escudándose en ese argumento. Habrá que ver si en octubre el voto transmite al menos el deseo de que algo cambie.