LUCES AMARILLAS en la economía (NOTA VII)

El riesgo de confundir el 2009 con 2012: ahora los problemas son estructurales

En los varios y muy buenos artículos que hacen a la serie de la economía con luz amarilla que publicó en los últimos días El Cronista, se pudieron analizar los diferentes aspectos de la economía que están pasando por momentos complicados. Desde el dólar y la inflación, hasta la caída en la inversión y la pérdida de empleo.


Estos análisis sectoriales tienen un factor en común y es que el modelo de crecimiento económico vigente desde el año 2005 dio todo lo que podía dar.


El modelo está basado en un crecimiento liderado por el consumo interno y por un incentivo permanente a mantener niveles elevados de gasto público y privado, relegando las exportaciones y la inversión de largo plazo.

El camino amarillo

Cuando se observa la fuerte recuperación económica, primero, y luego el crecimiento, se puede ver que en el año 2005, la Argentina tenía tanto un alto superávit fiscal, como un alto superávit externo. Existía un superávit energético muy importante, un nivel de reservas que crecía y superaba largamente la base monetaria y, finalmente, un tipo de cambio alto que lograba que la producción local, agrícola e industrial, fuera muy competitiva.


Este proceso de acumulación y rápido crecimiento, ayudado por la espectacular situación internacional, llegó a su límite con la crisis del campo en el 2008 y la internacional en el 2009.


Durante el año 2009 la economía se contrajo casi un 3%, pero el superávit comercial externo fue récord (17.000 millones de dólares), la inflación si bien aún elevada descendió al 14% y el dólar sufrió una devaluación del 21% que le permitió a la Argentina recuperar algo de competitividad.


Con la recuperación internacional, y el eje en el mercado interno, el gobierno llevó delante de manera más profunda su política de incentivar el consumo y el gasto público como pilares del crecimiento de la economía. Así, desde el 2010 y hasta el 2011 los niveles de consumo fueron creciendo hasta alcanzar su pico en septiembre de ese año. Récord en ventas de autos y motocicletas, en turismo interno, en venta de ropa, LCD y cualquier electrodoméstico, de zapatillas, etc.


El auge funcionó, solo que el modelo empezó a mostrar sus evidentes señales amarillas antes de las elecciones.

El fin de los stocks

Así se llega a las elecciones en octubre, con un 54% de los votos, pero que ha tenido su lógico desgaste en términos económicos. En el año 2011, varias cosas se fueron quedando en el camino como lógica consecuencia de un consumo exacerbado:
*No hay más superávit fiscal, ni del gobierno nacional ni de muchas provincias.
*No hay más superávit energético.
*No hay más reservas de libre disponibilidad.
*No hay más tipo de cambio competitivo.
*No hay más crecimiento de los depósitos en términos reales.


Por lo tanto, el modelo fue exitoso en lo que se propuso lograr, pero el problema es que ahora debe recomponer lo que se consumió.

De luz amarilla ¿pasa a verde o a rojo?

El Gobierno, ante el agotamiento del modelo, pudo optar por dos caminos:
*El primero era reconocer que sirvió pero cumplió un ciclo y que necesitaba otro modelo de acumulación, como le gusta decir a la Presidente; o bien,
*El segundo, era asumir que los límites que encontraba el modelo se debían a su falta de profundidad y, por lo tanto, había que ir por todo.


Es obvio el camino que eligió. Dado que el modelo no puede dar más, es necesario entonces poner límites a la conducta de la gente. Así el Gobierno decide qué se puede importar, qué argentinos pueden comprar dólares, quienes pueden exportar liquidando divisas, en qué se puede ahorrar, etc.


Pero las medidas de controles solo van empeorando la situación y el nivel de actividad económica ya se resintió, generando un círculo vicioso que obliga al Gobierno a poner cada vez más controles.


El amarillo, siguiendo este camino, se está convirtiendo en naranja. La fuerte caída en la inversión y el crecimiento de la inflación solo avizoran en el futuro mayores y no menores problemas.


Como todo modelo basado en el consumo interno, el nivel de empleo se vuelve clave a la hora de verificar su sustentabilidad. Lo que podemos observar en los últimos tiempos es que el empleo comienza a ceder, al principio lentamente, pero luego puede ir acelerándose.


El parate en la construcción y las dificultades de los exportadores no son compensados con las industrias que viven del mercado interno. El desafío final del Gobierno es que el empleo no se siga deteriorando. Hasta ahora, las políticas implementadas son las del 2009, que fueron efectivas pero coyunturales. Como ya dijimos, el 2012 no es el 2009. Ahora los problemas son estructurales.

Hacia el verde

Los buenos datos internacionales, relevantes para la Argentina, le dan otra vez a la economía una nueva expectativa. Ya no tendrá tanto impacto, pero es mejor tenerlos. La soja por encima de los 600 dólares y un Brasil con un crecimiento más vigoroso en el segundo semestre, son señales positivas, que no alcanzan si no hay un cambio de modelo.


Hay que volver a recomponer los stocks de la economía. Hay que priorizar de nuevo las exportaciones y la inversión de largo plazo. Para ello hay que reducir la tasa de inflación y recuperar la competitividad del tipo de cambio.


No hay posibilidades de salir del amarillo hacia el verde a menos que la inflación definitivamente converja a niveles de América Latina, es decir bien por debajo de los 2 dígitos. Creer que la inflación no es un problema es no entender que el nuevo modelo, para volver a crecer, lo tiene que hacer en función de las exportaciones y de la inversión.


Tomar la decisión de cambiar el modelo no es sencillo. Pero no cambiarlo tendrá consecuencias más negativas. Los problemas hay que ir resolviéndolos y no acumulándolos.


También se debe tener en cuenta que los individuos, las empresas y el Estado tienen niveles de endeudamiento bajos y mayoritariamente en pesos. La deuda externa ya no es un limitante, ni la pública ni la privada. Hay todo un horizonte para crecer, pero no en la dirección que lleva el Gobierno. A esta altura del año, los propios indicadores del Indec nos muestran su límite.


Los años no electorales son los adecuados para hacer los cambios importantes. Es el momento de ver la luz amarilla. Entenderla como una necesidad de cambio. No es para acelerar, es para parar y reflexionar si es el camino correcto el que se está transitando.