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El paro, la grieta y la estrecha avenida del medio

El paro, la grieta y la estrecha avenida del medio

La política argentina se dirime en un permanente Boca-River. La grieta se ensancha por la voluntad de ambos polos, que se retroalimentan por una fractura que les ofrece el monopolio pleno del escenario. Mientras el ciudadano ‘del centro’ observa como espectador pasivo, pero padece sus consecuencias. La ancha avenida del medio se recorta sobre la realidad apenas como un estrecho sendero.

El primer paro de la CGT contra Mauricio Macri quedó entrampado por esa misma lógica binaria. En algún sentido era bastante previsible. Lo parió la mismísima grieta en el bochornoso final de la movilización del 7 de marzo.

Tanto empeño de la conducción colegiada de la central obrera por hegemonizar el control del conflicto social y desde allí constituirse en la vanguardia de la reconstrucción peronista obnubiló la comprensión de la profundidad de la fisura que divide a la sociedad. Pecó de cierta ingenuidad, llamativo en dirigentes acostumbrados desde hace años a librar duras batallas.

La realidad económica les ofreció argumentos concretos para la huelga. Una economía estancada, con el consumo por el piso, destrucción de empleo privado formal y persistente contracción del poder de compra de asalariados y sectores vulnerables constituyeron los ejes de un manifiesto bastante sólido para justificar el desafío sindical. Pero los argumentos del que "no llega a fin de mes", del que "no tiene una moneda en el bolsillo", de quien "patea la calle por un trabajo que no consigue" o de "la pyme que cierra porque no vende o no puede competir con los importados", sucumbieron al calor de la grieta que domina el debate político en la opinión pública y establece categorías antagónicas, totales.

El Gobierno interpretó mejor la lógica del escenario donde debía librar la batalla contra el paro. Aunque su comprensión fue tardía y recién afloró como balance del mensaje que portaba la movilización del sábado pasado que respaldó su gestión. Macri asumió entonces personalmente el desafío de lanzar la ofensiva total contra el poder sindical, el mismo que funcionó el último año como gran aliado de su administración para contener el conflicto social y garantizar las fiestas en paz. "Mafiosos", les enrostró en vivo y en directo. Varios dirigentes mascaron bronca y se prometieron venganza.

En esa dinámica, el día después de la huelga emerge como una cuestión insoslayable. Y expone los interrogantes más profundos. El futuro de la relación entre el Gobierno y la primera línea sindical es quizás el más significativo porque de su resolución depende en buena medida el horizonte del conflicto social. Envalentonado por los efectos de su embestida, el Presidente parece decidido en no dar un solo paso atrás. Ello se traduce para sus colaboradores en mantener la guardia alta contra los gremios y reducir toda instancia de diálogo a negociaciones sectoriales que diluyan la institucionalidad cegetista.

En buena medida la apuesta sintetiza el deseo de que vuele por los aires el esfuerzo de reunificación del sindicalismo peronista. Cualquier semejanza con la división que Cristina Kirchner promovió en la escena sindical tras la muerte de Néstor Kirchner no es mera coincidencia.

El gran desafío para los sindicalistas será entonces exorcizar los fantasmas de una nueva fractura. Ello supone un sacrificio concreto para superar las diferencias que fragmentan puertas adentro la univocidad de la central y desde allí consolidar un consenso de fondo con capacidad de trascender la división bipolar de la esfera pública. Algo así como saltar su propia grieta para ensanchar la apuesta por una tercera posición.