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El morbo Messi es otra oportunidad para cambiar nuestro triunfalismo dramático

Imagen de FERNANDO GONZALEZ

por  FERNANDO GONZALEZ

Director Periodístico

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El chiste preferido de los españoles sobre los argentinos es aquel que plantea el siguiente teorema. ¿Cómo se suicida un argentino? Se arroja desde su ego. La imagen es tan fuerte como arbitraria. No todos los argentinos somos iguales y cada uno sabrá cuanto le cabe de aquel chascarrillo. Pero, a esta altura del Bicentenario, es atinado aceptar que algo nos viene sucediendo a lo largo de la historia y que la bendición de la argentinidad nos ha convertido en una sociedad demasiado pagada de sí misma.


Vivimos esperando la llegada de argentinos extraordinarios que nos vengan a rescatar de la encerrona injusta del destino. Y vivimos evocando tanto las hazañas pasadas que no nos permitimos celebrar las alegrías módicas del presente. Un prócer no es un prócer si no liberó a tres países como José de San Martín. Un revolucionario nunca es tan legítimo si no muere traicionado en la selva como el Che Guevara. Y un jugador de fútbol jamás será un ídolo si no sobrepasa las hazañas de Diego Maradona y vence con el talento o con la trampa a los ingleses.


Las tres finales con derrota de la Selección Argentina nos han infligido una herida sangrante en el orgullo hermoso e irracional del fútbol. Castigamos a Lionel Messi para que comparta con todos nosotros el dolor de la alegría extraviada. Y la única falta del muchacho, un jugador extraordinario y humilde, ha sido no poder salir campeón con la temible camiseta celeste y blanca. Apenas falló en el instante decisivo. No robó, ni golpeó ni arrojó bolsos en un convento por la madrugada. El morboso episodio de Messi es una excelente oportunidad para explorar dentro de nuestras vísceras y comprender que el triunfalismo dramático ya acompañó demasiadas veces nuestras peores tragedias.