Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

El cambio cultural no es suficiente si no incluye la derrota de la inflación

Imagen de FERNANDO GONZALEZ

por  FERNANDO GONZALEZ

Director Periodístico

 

1
El cambio cultural no es suficiente si no incluye la derrota de la inflación

El gran acierto es el cambio cultural. Con Mauricio Macri como presidente queda claro que se terminaron los discursos fidelcastrianos de más de tres horas y las hinchadas futboleras en la Casa Rosada o el Congreso. En su debut abriendo la Asamblea Legislativa no hizo ataques personalizados y siempre planteó la convocatoria a resolver los problemas de la Argentina "entre todos". En la misma línea, María Eugenia Vidal jugó fuerte en La Plata al afirmar que no vino a la política a "construir una candidatura o a hacerme rica". Y Horacio Rodríguez Larreta estrenó la jefatura de gobierno porteño hablando de metrobuses, de wifi total en el subterráneo y de planes inmediatos para urbanizar las villas de la Ciudad.


Claro que el Presidente se encontró con la máxima muestra de hostilidad en la bancada legislativa del peronismo cuando intentó asignarle al gobierno de Cristina Kirchner la responsabilidad por la inflación reinante. Allí sí comenzaron los gritos, los abucheos, los cartelitos agresivos y la necesidad de una respuesta presidencial. "Hay que respetar el voto", interrumpió Macri para ponerle fin a una ceremonia que pareció ingresar en un camino sin retorno. Es que nadie quiere ser el padre ni la madre de la inflación. La suba de los precios, la inexistencia de cifras oficiales y el consecuente crecimiento de la pobreza en la Argentina es la herencia que el kirchnerismo niega, y la carga que el macrismo no acierta a sacarse lo suficientemente rápido de encima. Por eso la disputa brava en el recinto. Por eso el escándalo.


El Presidente se siente cómodo en la diferenciación con el kirchnerismo. Siente que saca ventajas cuando su contracara son Diana Conti o Axel Kicilloff. Y hasta se permite el giro new age de convocar a hacer realidad los sueños personales. Pero la batalla por la inflación y por el empleo es la que va a definir el éxito o el fracaso de su gobierno. Y ésa es una guerra cruel en la que sus adversarios no le van a dar un centímetro. Allí se necesita mucho más que la baja en el IVA de los alimentos o la negociación del impuesto a las Ganancias. Allí se necesita el liderazgo suficiente para alinear detrás del objetivo del crecimiento a los grupos resbalosos de empresarios, sindicalistas y opositores que ayudaron a construir la decadencia actual pero no quieren pagar el costo.