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El Brexit no crea una solución, sino un problema más caro

 

El Brexit no crea una solución, sino un problema más caro

Ni los actores centrales pueden anticipar cómo será, y en que terminará, la negociación vinculada con el retiro británico de la Unión Europea (UE). La dirigencia política del Viejo Continente aún está bajo el fuerte shock de lidiar con una novedosa y exótica situación que parece encaminarse a la extinción legal de los derechos y obligaciones que rigieron, a lo largo de cuarenta y tres años, la vida en común. De esa negociación dependerán eventuales arreglos posteriores orientados a dejar vivo lo que se pueda del comercio y de la amplia cooperación establecida entre ambas partes. Hace pocos días las autoridades de la UE dijeron que lamentaban y respetaban la “voluntad democrática del pueblo británico” tal como quedó expresada en el plebiscito que se realizó el 23 de junio.

Tras las sesiones realizadas el 27 y 28 de junio por el Euro-Parlamento y el Consejo de la UE, ésta última con la presencia del Primer Ministro David Cameron, los 27 Miembros pidieron a Londres que invoque cuanto antes el Artículo 50 del Tratado de Lisboa para concebir el finiquito que permitirá despejar las dudas y mitigar las importantes turbulencias económico-sociales surgidas tras conocerse el resultado de la consulta popular. En principio, la negociación será manejada por el Consejo y tendría que concluir dentro de los dos años. Las disposiciones del retiro sólo resultarán válidas si son aprobadas por una mayoría calificada del propio Consejo y las convalida el Parlamento Europeo. Las autoridades de la UE quieren un texto que sirva tanto para resolver el divorcio planteado, como para desalentar nuevas deserciones entre aquellos Miembros de la UE que ven con temor, y en algunos casos con recóndita envidia, el educado portazo que dio el socio británico. El Primer Ministro Cameron advirtió que el retiro habrá de ser administrado por quien lo suceda antes de octubre. En semejante escenario no faltan especulaciones acerca de la posibilidad de que el Reino Unido acabe por ignorar el plebiscito y su resultado.

Pero en la capital del Big Ben, los separatistas también reconocieron sin pudor que ellos no estaban listos para definir temas concretos. Angela Merkel y otros líderes europeos mostraron su inmediata disposición para explorar un arreglo menos traumático, posterior al Brexit, si su contraparte acepta incluir el requisito de libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales, un enfoque que incluye un factor urticante para el separatismo británico (la libre circulación de personas). Mientras se asienta la polvareda, el Consejo de la UE decidió prohibir toda negociación formal o informal ajena al proceso del Artículo 50 y eludió referirse minuciosamente a la necesidad de compatibilizar con la la OMC los derechos y obligaciones comerciales que surjan del proceso de retiro. El ex Presidente de la Reserva Federal estadounidense, Ben Bernanke, acaba de pronosticar que el Brexit originará una crisis económica global que quizás tarde años en diluirse.     

En el universo político, David Cameron será recordado como el factótum de un plebiscito innecesario y catastrófico. La votación así gestada dio gratuito oxígeno al debate sobre la eventual separación de Irlanda del Norte, Escocia y Gales del Reino Unido. Socavó muchos de los fundamentos económicos nacionales y logró desquiciar valiosos lazos estratégicos con Europa. Lo anterior no habilita a creer que el resto del Viejo Continente difiere mucho de lo que piensa Londres acerca de la pesada y poco eficiente burocracia de la UE. Además, por si faltase la gran nota de color, el “destino” quiso que Donald Trump llegara a las Islas para jugar al golf, donde se apresuró a congratular a los habitantes de Escocia por sacarse de encima a la UE, sin reparar que éstos votaron masivamente por la opción de seguir como Miembros de ese tratado regional, agregando al historial del “Donald” otro severo despiste de los que caracterizan su campaña para presidir Estados Unidos con el desganado respaldo del Partido Republicano.

Estos bloopers confirman que el mundo Occidental no alcanza a entender la profundidad de la peligrosa batalla que media entre las alicaídas fuerzas del capitalismo global y los reflujos populistas o separatistas de perfil anti-europeo, como Podemos de España, más inspirados en la bronca que en soluciones diferentes y viables. En buena parte del Viejo Continente hay quien mira con interés el liderazgo aislacionista y xenófobo de personajes como Marine Le Pen. El mismo Trump devino en un émulo sajón de Hugo Chávez, al promover el rechazo frontal de los pactos comerciales de nueva generación y exigir que los republicanos olviden los restos de su ADN político  para ubicarse sin pudor como el partido “anti-comercio”, lo que lleva a rechazar de plano la Asociación Transpacífica (TPP) que acaba de suscribir el Presidente Barack Obama; a replantear sustancialmente los objetivos y las reglas del NAFTA, del Acuerdo con Corea y las relaciones con China, así como a declarar la nueva “independencia económica de los Estados Unidos”. Ninguna de sus consignas electorales va unida a un diagnóstico serio o a la enunciación de bases racionales para construir un Estado “diferente y viable”. Trump sólo evoca recetas como las que en los años 30 impulsaron la enmienda proteccionista conocida como Smoot-Hawley, cuyas efímeras disposiciones dinamitaron más del 70 por ciento del comercio global de la época y contribuyeron a forjar la Segunda Guerra Mundial.   

La tres quejas básicas de los separatistas británicos que promueven el Brexit o salida de la UE, se atienen a la vieja percepción de que el Reino Unido aporta más de lo que recibe de Bruselas (unos 247 millones de dólares netos semanales); que la asfixiante burocracia europea obstruye, encarece y paraliza el desarrollo de los países Miembros; y que la desbocada migración de Europa Central, y de algunos refugiados de sus ex colonias (África, Medio Oriente y Asia), alteran la convivencia socio-económica como sucede con la irritante saturación de los sistemas gratuitos de salud o la ruinosa competencia por los escasos puestos de trabajo que hay en la empobrecida Gran Bretaña industrial. Todo cierto, si la argumentación aclarase que, tras el plebiscito, la inestabilidad de los mercados se comió, en pocas horas, ahorros equivalentes a unos trescientos años de aportes británicos al presupuesto de la UE (Brookings Institution). O si los voceros separatistas logran explicar cómo harán para preservar en adelante las corrientes de intercambio establecidas con la UE que, en 2014, generaron más de 3 millones de puestos de trabajo, el 45 por ciento del total de las exportaciones y el 53 por ciento de sus importaciones para el Reino Unido (datos de Político). O cómo revertirán el visible éxodo de grandes firmas y bancos extranjeros establecidos en Londres, que anuncian su intención de radicarse en ciudades icónicas de Europa continental, si bien es posible que la huida beneficie a los capitales británicos y regionales que podrían ocupar, a largo plazo, los espacios que vayan a ser abandonados. Ante el segundo referéndum separatista de tono similar realizado en 1995 en  la provincia de Quebec (Canadá), se mudaron de Montreal a Toronto, y nunca volvieron, todas las casas matrices bancarias y muchos de los grupos empresarios líderes que operaban desde la primera de esas ciudades.

En lo que va de 2016, la publicación Político y el think-tank ECIPE de Bruselas, mencionaron algunas opciones que podrían emplearse para replantear la conexión que seguiría al divorcio entre el Reino Unido y las 27 naciones que por ahora subsisten en la UE. Sus reflexiones son similares a las del Consejo y el Euro-Parlamento, ya que apelan a la noción de montar arreglos individuales como  los que se suscribieron entre la UE y Suiza, Noruega e Islandia. Los sectores británicos pro-comercio también especulan sobre un eventual acuerdo OMC-plus con reglas más ambiciosas y apelando a la legalidad de la OMC, un supuesto inevitable para cualquier proyecto que guarde sustento legal. Si alguno de esos modelos se pudiera llevar a la práctica, habría que tener en cuenta que los referidos acuerdos seguirán atados a la obligación de contribuir al presupuesto de la UE y de acatar las reglas de Bruselas sin derecho a formar parte de la mesa en que se negocian y aprueban tales decisiones. Tal opción sería la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA en inglés) y el acceso, por esa vía, a la Zona Económica Europea (EEA en inglés). El aludido modelo permitiría mantener lo sustancial del comercio con muy pocas restricciones. En este marco deben entenderse las cuatro libertades que mencionó, no por casualidad, la Canciller Angela Merkel.

Otra posibilidad sería imitar, también dentro de la EFTA, el modelo suizo pero adaptando las reglas a las pretensiones británicas, lo que requiere un acuerdo a medida entre Londres y Bruselas, en el entendido de que ninguna de esas cosas se negocia en media hora. Otra versión es el modelo aplicado a Turquía, donde se excluyó el intercambio de materias primas agrícolas y se impuso un Arancel Externo Común, o sea una Unión Aduanera con excepciones sustantivas al estilo de la que, en teoría, rige la vida del MERCOSUR (buena suerte con eso muchachos). O los parámetros del acuerdo de nueva generación suscripto, pero aún no ratificado, por la UE con Canadá (CETA en inglés). Lo cierto es que si las partes finalmente acogen con éxito alguna de esas variantes, los pibes simples, del barrio, podrían preguntarle a Londres:”¿y para eso armaron tanto lío?”. La moneda está en el aire y nadie sabe por cuánto tiempo.