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Cambiemos es un equipo que también tiene egos e intrigas de economistas

Imagen de FERNANDO GONZALEZ

por  FERNANDO GONZALEZ

Director Periodístico
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Somos un equipo. Esa es la frase preferida en el gobierno de Mauricio Macri. Los funcionarios lo repiten como una leta- nía. Somos un equipo. Somos un equipo. El dogma terminó siendo muy eficaz durante los ocho años de gobierno porteño. Y también se convirtió en el eslogan interno de la campaña presidencial. Si hasta les permitió mostrarse como la contracara del férreo verticalismo kirchnerista. Pero los tres meses de gestión comenzaron a exacerbar las diferencias de temperamento entre los ministros estrella y las primeras rencillas vieron la luz.

Todavía es a lo Macri. Con sutilezas de ego y sin la dosis encantadora de salvajismo peronista. Pero el economista Javier Gonzalez Fraga, respetado en la City y en la política, ayer cruzó la línea cuando en medio de una entrevista con Ernesto Tenembaum disparó a la humanidad del presidente del Banco Central. "El mercado no le tiene miedo a (Federico) Sturzenegger", dijo, y estalló la intriga palaciega.


Gonzalez Fraga no sabía (¿o sí?) que Macri ya había bajado la orden para subir las tasas y detener la suba del dólar en los 16 pesos, como bien lo cuentan hoy en El Cronista Willy Kohan y Julián Guarino. Pero sus frases pusieron sobre la geografía del poder lo que muchos susurran en voz baja. Que Alfonso Prat Gay defiende a capa y espada las soluciones gradualistas para contener la inflación y preservar el empleo. Que Sturzene-
gger prefería utilizar el teorema de Maradona para controlar la flotación del dólar (aquella en la que el mercado, como los defensores ingleses de 1986 frente al Diego, no sabe cuándo va a intervenir el Banco Central y se come los amagues). Que Rogelio Frigerio se enojó cuando le dieron más fondos a Buenos Aires sin avisarle y le complicaron el diálogo con los gobernadores peronistas. Y que Carlos Melconian colgó la bandera del shock en las ventanas del Banco Nación para el día en que quieran ponerlo a jugar en el equipo titular.


No es malo para un país que sus dirigentes discutan. El problema surge cuando los integrantes de un mismo equipo permiten que las discusiones ocupen el espacio primordial que debería tener el éxito.