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Botana: "Prevalece la voluntad de independencia y la fragilidad institucional de la Argentina"

El politólogo e historiador ahonda en la oportunidad del Bicentenario para reconstruir la Independencia como acontecimiento fundador de la república. La tensión entre violencia y palabra que sacudió el período 1816-1820 y la persistente tentación histórica de dividir el mundo entre buenos y malos

por  ELIZABETH PEGER

Subeditora de Economía y Opinión
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Botana:

Reconstruir la originalidad de un acontecimiento fundacional y paradójico de nuestra historia doscientos años después. Reinterpretar el trasfondo de una de esas alegorías escolares típicas, donde se pone en juego un drama intenso y decisivo, momento de cruce entre palabra y violencia y experiencia que conmueve por una voluntad creciente de independencia en medio de la total incertidumbre.

Capturar la profundidad de la tensión latente entre anarquía y despotismo, entre república y monarquía que sacudieron los debates en torno a la Declaración de la Independencia y el proceso deliberativo entre 1816 y 1820. Desnudar la especificidad del esfuerzo que culminó con la producción de una constitución de fines generales, que fracasó en la búsqueda de consentimiento entre la multiplicidad de sujetos provinciales y tampoco logró imponerse mediante la coacción.

En esa meta se inscribe "Repúblicas y monarquías: La encrucijada de la Independencia" (Edhasa), el último libro del politólogo e historiador Natalio R. Botana, que mediante la reconstrucción de las discusiones e interpretaciones que rodearon un singular suceso histórico se propone mostrar que "la independencia hoy está tan viva como antaño".

En una conversación con El Cronista, Botana bucea en los sentidos y significados de ese acontecimiento y subraya la importancia de recuperar su esencia política en los tiempos del Bicentenario.

¿Por qué resulta valioso hoy reconstruir la Independencia?
–Porque la historia es un conjunto de interrogantes que se van sucediendo a lo largo del tiempo sobre el pasado. Y la historia del período que transcurre entre 1816 y 1820 se ha hecho de muchas maneras. Esa es la peculiaridad del pensamiento histórico, la historia se rehace a medida que las generaciones se suceden y van planteando nuevos interrogantes.
–Usted la destaca como un objeto polisémico.
–

No hay ninguna duda que la Independencia es un objeto polisémico: en primer lugar los significados de la palabra independencia, que son múltiples; los significados de la palabra nación. Entonces la lectura de esa Declaración de la Independencia que hemos hecho desde chiquitos es muy significativa porque es una nación que se presenta así misma, hacia adentro y hacia afuera, buscando el reconocimiento de las otras naciones. Y esto es lo interesante de aquel 9 de julio de 1816 porque escribieron esa declaración, la suscribieron por unanimidad en un momento en que el terreno temblaba.

–Un terreno dominado por la incertidumbre.
–Resbaladizo, quebrado, acosado desde adentro y desde afuera por la violencia. Cualquiera que viera esas fronteras móviles vería la presencia de la violencia. Ese momento es muy significativo porque es uno de esos lugares clásicos de la historia y de la política donde se cruza la violencia con la palabra.

–¿Y en qué otros momentos de nuestra historia rastreamos ese mismo cruce?
–En 1853, también en 1880 donde se consolida el Estado argentino definitivamente después de un hecho de mucha violencia, muy fuerte y desgarrador, como fueron las batallas por la federalización. Es una constante. Y lo efectivamente conmovedor de aquel congreso de Tucumán es que siguen razonando y exponiendo argumentos erróneos o acertados, pero fundados en la razón, aunque se equivocaran.

Esa peculiaridad es muy grande no sólo en la Argentina sino en el mundo occidental: estalla la violencia porque es un período revolucionario abarcador, y en ese proceso se buscan nuevas estructuras políticas, se busca rehacer la historia sobre la base de la deliberación en congresos constituyentes.

–Es un momento "fundador" de la república.
–Es un momento fundador y muy paradójico, porque la república va a surgir de esos debates, pero entre 1816 y 1820 no está para nada claro que sería la forma de gobierno que definitivamente va a prevalecer. El choque que trato de reconstruir es entre la legitimidad republicana, en pañales, y la legitimidad monárquica que ha vuelto en son de conquista a Europa. Había un choque, una fricción en los hechos y en la discusión.

–Los debates evidencian que a la convicción republicana se opone una obsesión por el orden.
–Es la obsesión de ese momento, el suelo tiembla. La obsesión por el orden es muy fuerte porque se dan cuenta que no hay ningún agarradero para instalar una forma de gobierno que perdure. Si uno recorre con minucia todo el debate del congreso, a partir de los meses posteriores a la declaración, hay un choque muy grande entre anarquía y despotismo y república y monarquía. El temor de los miembros de aquel congreso era no sólo la anarquía, sino que la pendiente de la anarquía podía conducir a nuevas formas de despotismo. Entre estos dos extremos de la anarquía y el despotismo quisieron trazar una diagonal posible que fue la Constitución de 1819, una constitución con muchos defectos pero que gozó del consentimiento de todas las provincias que estaban en el congreso.

Pero era un "constitucionalismo de fines generales" que fracasó. ¿Qué falló?
–Que no fue muy atento en los medios eficaces para ponerlo a funcionar. Hubo dos cosas, falló el consentimiento general porque la constitución no gozó del consentimiento de las provincias del Litoral. Una constitución se respalda por dos grandes fuerzas, una que es pacífica, que es la fuerza del consentimiento, y otra fuerza de la coacción y lo que ocurre con el Directorio es que llega un momento en que queda totalmente desprovisto de coacción.

Consenso tenía en parte del país, pero la definición estuvo basada en la coacción: la famosa Caballería del Litoral derrota al Ejército de observación y esa derrota derrumba todo una construcción. La situación entonces no era tan clara como se suele presentar en historias dicotómicas. Había un consenso muy importante pero cayó totalmente la coacción. Se termina imponiendo una nueva situación, que es ese comienzo lento, extraordinariamente dificultoso de poner en marcha una forma de gobierno basada en los principios del federalismo, conflicto que llevará larguísimas décadas en la Argentina para ser resuelto.

¿Por qué al definir la representación de las provincias se optó por privilegiar los intereses sociales en lugar de los territoriales?
–Marcela Ternavasio, una historiadora destacadísima, me decía una cosa muy acertada: lo que esta gente del congreso pretendía era desterritorializar la política. Lo que busca la constitución del ‘19, y que es una de las semillas de su fracaso, es eliminar ese contexto territorial y transformar todas las autoridades en representantes de esa entidad englobante que es la nación. Lo dicen con un lenguaje muy refinado, quieren que prevalezcan hombres con espíritu nacional e inventan un Senado en el cual esos hombres provendrán de grandes estructuras.

La universidad, la iglesia, hay una impronta eclesiástica muy fuerte en Tucumán que va a terminar estableciendo un problema muy complicado y no resuelto todavía en el país que es la confusión entre Iglesia y Estado. Y también se piensa en institucionalizar el poder militar a través de senadores militares que nombra el Director Supremo, con lo cual se le da un mecanismo de control a nivel nacional muy grande. Esta manera de pensar resulta absolutamente inoperante porque lo que termina prevaleciendo es el criterio territorial de la política.
–No hubo tránsito previo.

–No fue concebido. Lo hará la propia historia a través de mecanismos muy complicados. Cuando el poder revierte en las provincias son las propias provincias las que van a crear con sus propias constituciones una hegemonía dominante del Poder Ejecutivo. Por una necesidad política de dar respuesta a una situación de emergencia que se transforma en una situación ordinaria con el paso de los años. Por eso reviso el sentido de las constituciones provinciales, que son republicanas pero que en su ejercicio terminan consolidando la hegemonía del Poder Ejecutivo. Que luego va a ser una tradición muy importante de nuestra historia.

–¿Cuánto influye eso en la consolidación de nuestro presidencialismo hegemónico?
–Es enorme la influencia. El presidencialismo hegemónico argentino es creado en las provincias. Si bien la historia no es como un encadenamiento inevitable de situaciones, diría que es una tradición, una corriente que alimenta una cultura política que lentamente se va forjando en el país.
–

Entonces fue una independencia más plural que homogénea?
–En el plano provincial es plural porque el país entró en un problema de indefinición de su forma de gobierno muy grande.
–Era un contexto de tensión latente entre revolución, soberanía y nación.
–Es por definición la tensión que estalla a fines del siglo XVII: La soberanía desde que se desatan las grandes revoluciones cambia de lugar, se traslada hacia una entidad llamada pueblo o nación, que va a generar problemas histórico-prácticos, porque qué es esa soberanía del pueblo, qué es el pueblo. En la práctica histórica todo ello requirió un trámite de conflictos agudísimos para definirlos. Lo interesante es que entre el siglo XVIII y XIX esas cosas pretendían definirse a través de esta idea madre de constitución. Como si la constitución resolviera todo.

Pero una cosa es la constitución que se escribía y otra cosa es la constitución en acto, que responde a instituciones instaladas que gozan de la presunción de legitimidad por las creencias que las rodean y les dan perdurabilidad. Ese es el desafío que se plantea, cómo trasladar una legitimidad de principios a instituciones vivientes, que conciten adhesión a través de procesos históricos concretos.
–

Un largo proceso.

–Podríamos decir que esta historia comienza en 1816 y recién culmina en 1916 cuando, de acuerdo con la constitución de 1853 y 1860, un Presidente es electo por la libre voluntad de un pueblo. Un siglo para tener una constitución plenamente acatada, un Estado consolidado y el desarrollo de los bienes públicos que ya la constitución de 1819 enunciaba. En ese sentido era una constitución muy humanitaria que desarrolló el ascenso de los pueblos aborígenes a la plenitud de la dignidad humana, y el otro gran proyecto fue la idea de hacer planes uniformes de educación pública.
–Es llamativo que en medio de la obsesión por el orden se haya avanzado en la idea de pensar en esos términos la educación.

–Es lo conmovedor. El historiador tiene que mantener frialdad y reconocer que la historia es un claro oscuro y que no puede caer en querellas de facción, analizando la historia con los fines políticos del presente. Por otro lado, hay momentos en el objeto historiográfico que conmueven, son esas cosas las que van prefigurando un horizonte de ideas con ánimo civilizatorio. Qué nos impulsa a lograr un mundo mejor, más digno, donde prevalezca la aventura del ascenso. Es algo que se mantiene a lo largo de la historia argentina con sus ascensos y sus tremendas declinaciones.

–Y ¿qué retenemos hoy de todo ese espíritu y esos desafíos?.
–Tal vez de aquel momento estamos reteniendo algo que ha prevalecido y que es un patrimonio indiscutible que es la voluntad de independencia. Y también lo que ha prevalecido es la fragilidad institucional de la Argentina, que efectivamente se ha definido con una vocación de independencia hacia los otros, pero que no ha logrado concitar una legitimidad sólida en torno a las instituciones de la constitución.

–Antes fue la anarquía, y ahora?
–Hoy es más complejo porque es un Estado territorialmente consolidado, pero las dificultades que tuvimos en estos últimos 30 años para instaurar una democracia republicana están a la vista. Sigue siendo un país que a cada recodo de la historia está permanentemente cruzado por esa tentación en favor de consolidar hegemonías, de consolidar un criterio faccioso en el ejercicio del poder que divide el mundo entre iluminados y réprobos, entre buenos y malos, todos esos fenómenos que giran en torno del problema de la legitimidad.