Jueves  28 de Junio de 2018

Bajar la inflación, un reclamo que lleva 115 años

Bajar la inflación, un reclamo que lleva 115 años

La inflación en Argentina ya parece un fenómeno totalmente incontrolable. A excepción de la década del ’90, es difícil que los argentinos vivos recuerden un período del pasado en que no haya habido alta inflación.

Por ejemplo, un chico que hoy tiene trece años, vivió toda su vida en un país con dos dígitos anuales de inflación. Un joven de 23, pasó el 65% de su vida con esos niveles. Quien hoy tiene 33, nació en la década de los ’80, así que no solo pasó muchos años de inflación de dos dígitos, sino que atravesó dos hiperinflaciones.

El tema no es menor, y de hecho es una de las explicaciones de nuestra decadencia relativa respecto a los países desarrollados del globo. Además, tampoco se trata de un fenómeno nuevo, sino que lleva más de 100 años.

Hace unas semanas atrás, la Academia Nacional de Ciencias Económicas organizó, en conjunto con la Fundación Ortega y Gasset de Argentina, un seminario para debatir las ideas de un importante político socialista de principios del Siglo XX.

A dicho seminario asistieron destacados economistas e intelectuales del ámbito local, y una de las tareas consistió en leer el trabajo “La Moneda”, de Juan B. Justo.

Juan B. Justo fue médico, periodista, escritor y Diputado de la Nación por la Capital Federal desde 1912 hasta 1924. Además, fue uno de los fundadores del Partido Socialista y traductor, nada menos, que de la obra magna de Karl Marx, El Capital.

En el año 1903, Justo dio una conferencia en la Casa Suiza, que terminó publicándose en “La Moneda”, 25 años más tarde.

Llama la atención cómo este político de principios del Siglo XX comprendía las causas de la inflación y cómo rechazaba abiertamente cualquier tipo de política inflacionista.

En uno de los primeros párrafos de su discurso, Justo sostiene que en América Latina la moneda es “una inagotable fuente de recursos, para estos gobernantes que, como los príncipes de la Edad Media, sistemáticamente la falsifican”.

Más tarde, además, enfatiza:

"Si por ignorancia, por delirio de progreso, o por pillería, un gobierno emite papel en exceso, sobreviene la depreciación del billete".

Como si fuese un temprano Milton Friedman, Juan B. Justo ya tenía claras dos cosas. La primera, que el envilecimiento de la moneda, y su consecuente inflación de precios, es responsabilidad únicamente del gobierno. La segunda, que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario.

Al explicar la relación entre dinero y precios, Justo sostiene:

“Sudamérica, con la mitad de la población de los Estados Unidos y con infinitamente menos riqueza y comercio, tenía en 1895 $ 550 millones papel sin garantía metálica, mientras que en la gran federación norteamericana solo circulaban $ 416 millones de esta clase de moneda. No hay necesidad de agregar que el papel moneda norteamericano se cambia a la par con el oro, y que los de Sudamérica han caído a los abismos del agio”.

Además de anticipar a los modernos monetaristas, el médico que representó a los socialistas porteños por 12 años en el Congreso de la Nación también demostraba conocer con precisión el origen del dinero, tal como lo había explicado Carl Menger en 1892.

Para Justo, como para Menger, el dinero no era una creación del estado, sino más bien un fenómeno espontáneo, que los individuos operando en el mercado habían descubierto como una alternativa efectiva y eficiente para resolver los problemas derivados del trueque. Para Juan Bautista, “la moneda nace y se desarrolla con independencia del estado”, y es por eso que la intervención de éste solo es ventajosa cuando respeta las “limitaciones que le imponen las leyes económicas que, quiéranlo o no los gobiernos, rigen los fenómenos del cambio”.

Ahora bien, una cosa es tener inflación, y otra muy distinta es pensar que ésta sea algo negativo en sí mismo. Según muchos analistas y políticos, tener algo de inflación es bueno, puesto que a mayor cantidad de dinero, mayor es el poder de compra, lo que estimula la demanda y, finalmente, la producción.

Juan B. Justo no creía eso. Desde su punto de vista, la inflación es “una forma de robo” y la idea de la inflación como base para el crecimiento era un “estúpido sofisma” ya que la mayor emisión de moneda coincidía con hondas crisis y la suba del precio del oro.

Es que Justo comprendía perfectamente a la inflación como un fenómeno redistributivo, que perjudicaba a los ahorristas pero beneficiando a los deudores quienes, a su juicio, eran los “disolutos señores de una oligarquía”.

Por último, la inflación es enemiga de los trabajadores, ya que “al disminuir el valor real de unidad de moneda, los precios en general suben, [y] quienes pierden son los vendedores de las cosas cuyos precios suben más despacio, y no hay cosa que en este caso suba tan despacio como el trabajo humano…”

La historia de los últimos 5 años de Argentina, con un salario real prácticamente estancado, parece una confirmación de las advertencias de Justo.

Un último punto, en tiempos en que algunos celebran la suba del tipo de cambio por la mejora de la competitividad, es que este diputado rechazaba de plano la idea de las devaluaciones competitivas.

Para él, “la moneda depreciada significa salarios bajos” y “el azote del papel depreciado es para nosotros [los argentinos] especialmente cruel porque éste es un país… que produce sobre todo para la exportación, y necesita importar en masa productos extranjeros”.

El razonamiento sigue vigente: un dólar más alto, si bien puede servir para algunos sectores, implica bienes de consumo más caros y un salario real más bajo. Es decir, más pobreza.

Para ir cerrando, un célebre economista del siglo XX, Ludwig von Mises, sostuvo una vez que si los socialistas supieran de economía, no serían socialistas. Pero este médico y político argentino que fue Juan B. Justo pone en duda esta frase. O bien fue un socialista que realmente conocía de economía, o bien no era socialista, por más que él mismo se reivindicara como tal.

En cualquier caso, sus advertencias y análisis son para tener en cuenta, especialmente tras 115 años de luchar insatisfactoriamente contra la inflación.

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