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¿Quién pone orden entre los empresarios?

Al menos dos preguntas quedaron flotando luego de que el jueves pasado, Gustavo Béliz subrayara en un ciclo en la Universidad Austral la necesidad de que la Argentina discuta un "pacto poliédrico" de tres dimensiones para tratar de que la Argentina pueda salir adelante.

La primera, inevitable, es ¿de cuál fuma el secretario de Asuntos Estratégicos del gobierno nacional que habla de esa manera?

Pero la segunda es ¿en qué nivel de prioridades puede estar la búsqueda de un acuerdo político sobre cómo crecer, con qué tipo de empleos y con qué impacto en el medio ambiente en un país siempre metido en la recontra coyuntura? Imaginate que la inflación está en el 51% anual, el dólar paralelo en $ 180 y subiendo, todo ahora combinado con una crisis política tal que la vicepresidenta Cristina Kirchner le pide en público a su presidente designado Alberto Fernández que "ponga orden".

La verdad es que da ganas de firmar con las dos manos el mensaje de Béliz, una especie de Claudio María Domínguez del oficialismo que habla de lograr "paz política" y de que los dirigentes abandonen la "mediocridad existencial".

Sobre todo porque al menos intenta hablar de por dónde deberían ir los lineamientos generales para ver si el país puede dejar de conformarse con crecer unos años y retroceder otros.

Es decir, abandonar la rueda del hamster dólar-precios para cambiar de problemas, lo que debería ser el gran objetivo nacional.

Como quien no quiere la cosa, y aunque puede ser que se pierda en su dialecto, Béliz intenta poner en agenda la idea de un "pacto socio tecnológico con cohesión social" y a su vez incluye la idea de llegar a acuerdos para impulsar actividades productivas en el marco del respeto a la ecología.

O sea, trabajo en plena transformación digital y creación de riqueza en medio de cambio de matrices por el cambio climático. Fa.

Todos temas, es cierto, que no dan rating en el prime time de la televisión y que, lo que es peor, no garpan en la corta de "ver cómo llegamos a las PASO", ni en el oficialismo dedicado a sostener a un jefe de Estado al que agarraron infraganti pasándose el aislamiento por el traste justo cuando decía que no lo había hecho, pero tampoco en la oposición mainstream que se ceba con pedidos de juicio político para dirimir a ver quién tiene la crítica más grande en la carrera para 2023.

UIA Y ASOCIADOS

Pero ojo, poner el giro hacia el acuerdo y doblar hacia el conflicto no es deporte exclusivo de la dirigencia política. Miren al empresariado.

Da la impresión de que a veces necesita también alguien que pida que pongan orden de manera urgente. Todavía, de hecho, algunos miembros de la Unión Industrial Argentina están tratando de entender de qué se trató la primera irrupción pública fuerte de su flamante presidente, Daniel Funes de Rioja, al salir a sugerir a las empresas que no paguen los salarios de aquellos empleados que no se vacunan y no quieran volver a trabajar.

Hay consenso de que se trata de un problema focalizado que, es cierto, es parte de un quilombo más grande de ausentismo superior al habitual luego de la pandemia.

Pero nadie entiende que surgido como una prioridad tal como para embarcar a toda la Unión Industrial Argentina en un conflicto donde le salieron al cruce funcionarios, sindicalistas y sobre todo en público y en privado otros empresarios que mandaban emojis de manito en la cara como lamento frente a lo que consideran un arranque de la nueva conducción sesgada por su especialidad: los litigios laborales.

Algo así como si ser un histórico abogado laboralista hubiera llevado a Funes de Rioja a que su primera intervención grosa fuera dar "basamento jurídico" a las compañías que quisieran sancionar a los trabajadores que rehúsan vacunarse y por ende volver a trabajar, aún cuando en el país no es obligatoria la inoculación.

Además, el offside de Funes quedó en parte expuesto luego de que la empresa de maquinaria agrícola Vassalli arreglara con la Unión Obrera Metalúrgica un bono de $ 3000 extra al trabajador con que muestre que tenga las dos dosis aplicadas, en tanto que algunos recordaban que en Visuar, la fabricante de heladeras Samsung, su dueño, Alejandro Schvartz, había contado en un acto ante el Presidente que él había llevado a 120 de sus empleados a la municipalidad de Cañuelas a darse la vacuna para tener a todo el personal cubierto.

EL CONSENSO DE LA SPUTNIK

Los estímulos para lograr más acuerdos que conflictos pueden ser múltiples. Ahí, entre la desesperación, el patriotismo, el apoyo simbólico y el olfato de un buen negocio ha nacido, casi sin que se difunda, el consenso de la vacuna hecha en la Argentina.

No está escrito en ningún lado. Pero surge de recopilar quiénes pusieron plata en el fideicomiso de u$s 85 millones de dólares que juntó el laboratorio Richmond para hacer la planta de la Sputnik que planea producir y exportar millones de dosis como mínimo durante la próxima década.

Fue un proceso donde el titular de la empresa, Marcelo Figueiras, no dejó WhatsApp por mandar entre hombres y mujeres del mundo de la política, las empresas y la banca, con el apoyo también de José Urtubey, un ex dirigente industrial que ofició de evangelizador entre aportantes al proyecto y no descarta ser parte del negocio en algún momento en el futuro, cuando la fábrica de Pilar empiece a funcionar.

Todo, con la arquitectura financiera que armó Juan Nápoli, del Banco de Valores.

Hubo de todo. Estuvo el Estado, hubo bancos, aparecieron compañías de seguro, se sumaron provincias de distinto signo político y empresarios que podrían ser cercanos tanto a sindicatos como a a figuras de la oposición.

Ejemplos: el banco Nación picó en punta con un aporte de u$s 10 millones, pero también dijo presente el banco Ciudad, donde Richmond es cliente, y puso u$s 1 millón, una cifra que también sumó el Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE).

Desde las provincias se hicieron notar los aportes de Mendoza y Jujuy, mientras que también hubo mucha presencia de pesos pesado del establishment, desde Marcelo Mindlin y Pablo Peralta, en la aseguradora Orígenes, hasta Eduardo Eurnekian, de la Corporación América y la empresa Mirgor, de Nicolás Caputo, el hermano de la vida de Mauricio Macri.

No será el pacto poliédrico, pero bueh.

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