Nos olvidamos de Cabezas

El domingo pasado aproveché el fin de semana de descanso en Pinamar para contarle una historia a mi hija. Zoe acababa de cumplir 12 años y creí que era un buen momento para hablarle de José Luis Cabezas, el fotógrafo asesinado en 1997 en una cava alejada algunos kilómetros de aquella hermosa ciudad bonaerense. Le conté que habíamos trabajado juntos en la revista Noticias. Que era uno de esos tipos que contagia buen humor en cualquier redacción. Que me cargaba sin piedad cada vez que su Independiente de Avellaneda le ganaba a nuestro Racing. Y que, cuando fuimos a cubrir la elección presidencial de 1995 a Mendoza, sólo su calidez logró sacarle una sonrisa a Mónica Gonzalez Gaviola, la esposa del candidato José Octavio Bordón que odiaba a las fotos.


Así era José Luis, le contaba a mi hija, mientras tomábamos la ruta 11 hasta llegar al kilómetro 382 donde un cartelito azul anuncia que cinco kilómetros hacia el oeste se encuentra el monumento a Cabezas. Anduvimos por esa calle de tierra y grava que se mete en el campo, sendero que suelen transitar los pescadores que van hacia la Laguna Salada Grande. Dicen que era el camino que siempre tomaba Eduardo Duhalde para ir de pesca y que, por eso, los esbirros de Alfredo Yabrán que lo asesinaron eligieron ese paraje desolado. Mensaje mafioso en la Argentina que se empezaba a poner oscura en los años 90.


Ya habíamos andado varios minutos cuando me dí cuenta que nos habíamos pasado. Preguntamos al único policía de un destacamento policial cercano y volvimos hasta toparnos con el homenaje a José Luis. La imagen nos estremeció. No sólo porque el lugar es un rincón perdido de Dios en el campo sino porque el monumento de piedra con la foto que fue emblema de las marchas en pedido de justicia, el busto de madera que está a su lado y una cruz levantada al pie de la cava donde lo maniataron, lo torturaron, le pegaron dos tiros y lo incendiaron adentro de un Ford Fiesta estaba cubierto por los yuyos y el desamparo. Mi hija me interrogaba con la mirada y yo no sabía que decirle. Otros tres amigos nos acompañaban. Uno de ellos, el traumatólogo Jorge Gómez, sacó su cámara y retrató la imagen que acompaña esta crónica. Nadie hablaba.

Todo era tristeza. Por esos tropezones de la historia que congelan al país adolescente, nos habíamos olvidado de Cabezas. El Estado no estaba allí para cuidar su recuerdo. Ni la Presidenta, ni el gobernador de Buenos Aires ni el intendente de Pinamar. La burocracia y la desidia se combinaron para que nadie diera la orden al menos de cortar el pasto y mantener el lugar limpio.


Tampoco estábamos allí los periodistas, demasiado preocupados en estos tiempos de confrontación inútil por atacar y por defendernos de los enemigos reales y de los imaginarios. Las divisiones de estos años han logrado que no tengamos siquiera una organización sólida para enfrentar los desafíos más allá de nuestras diferencias inevitables. Tal vez, de estar un poco más juntos, nos habríamos ocupado de poner más cuidado en la memoria de Cabezas, allí donde el Estado está ausente.


No es cuestión de enjuiciar a las dirigencias por el olvido a quien murió ejerciendo la libertad de expresión. Hay prioridades mucho más acuciantes que un monumento de recuerdo a un fotógrafo caído cumpliendo su deber. Hospitales sin gasas, escuelas sin techo, trenes sin frenos y pobres sin chances. La Argentina tiene llagas abiertas por donde se la mire. Pero el olvido de José Luis habla de nosotros. Habla de nuestras perezas y de nuestras miserias que nos impiden progresar en serio.


El miércoles pasado, Cabezas hubiera cumplido 52 años si las mafias no hubieran decidido acabar con su vida porque le había sacado una foto paseando por la playa a uno de sus representantes. Varios de sus asesinos están sueltos porque la Justicia tiene materias pendientes que nunca resuelve. Su esposa, Cristina, y Candela, su hija menor de 17, viven en España porque el país se les hizo muy duro para crecer con tanto dolor.


Ninguna de estas calamidades se cura con cortar el pasto alrededor de su fotografía. Pero el cuidado sobre su memoria me hubiera permitido darle una explicación menos triste a mi hija. Alguna vez pedimos que no se olviden de Cabezas, uno de los tantos dolores del pasado imperfecto. Y no debemos olvidarnos todos aquellos que creemos que todavía hay un país mejor en el futuro si podemos aprender algo de nuestras tragedias.

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