

Bajo perfil. Como el primer día después de regresar de Madrid, aún masticando la noticia de la muerte de su ex marido. Como tras cada reunión con la fiscal Viviana Fein, con quien nunca terminó de congeniar en cuanto al rumbo de la investigación. Como cuando asistió al Senado de la Nación la semana pasada, aclarando que no la llevaba allí ningún tipo de motivación política. Como cuando confirmó su presencia y la de su familia en la denominada "marcha del silencio", mediante un comunicado.
La jueza federal Sandra Arroyo Salgado, ex mujer del fallecido fiscal Nisman, pasó casi inadvertida en la movilización de ayer, al igual que su hija, Iara y Sara Garfunkel, la madre del titular de la Unidad AMIA. Se esperaba que fueran ellas quienes encabezaran la marcha, pero se retrasaron debido a la lluvia y llegaron después a la segunda fila detrás del grupo de fiscales que convocaron.
Junto a ellas, además, estuvieron un grupo de 30 familiares de Nisman, que se fueron sumando a medida que la marcha se aproximaba al Obelisco. Fue en esa zona donde Arroyo Salgado pareció quebrarse por única vez, luego de que los manifestantes entonaran estrofas del himno nacional.
Desde el primer día, Arroyo Salgado apuntaló cada decisión de la familia de Nisman, más allá de estar separada del fiscal desde 2011. "Tengo que proteger a mis hijas", fue una frase constante que surgió de la jueza a su entorno en las traumáticas horas posteriores a la muerte del fiscal. A medida que la consternación fue cediendo, volcó todas sus inquietudes en tratar de resolver el expediente judicial que todavía lleva como carátula "muerte dudosa". Nunca estuvo convencida de la hipótesis del suicidio, al punto que reclamó que el caso pase al ámbito de la justicia federal, saliendo de la órbita de instrucción.
Como parte del Poder Judicial, decidió recorrer cada instancia necesaria en pos de acelerar la investigación. Se reunió con el titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti y con la procuradora Alejandra Gils Carbó; es decir, con su "jefe" y con la "jefa" del padre de sus hijas, nada menos. Pidió la representación de un defensor oficial y hasta aportó posibles pruebas, como la foto de la revista Noticias en la que sobre la frente de Nisman aparecía un círculo negro que suponía simular un balazo. Las llevó al juez Luis Rodríguez, que instruía una causa de 2012 vinculada a amenazas a Nisman.
"No vamos a dejar que la investigación naufrague", fue su declaración más saliente en una entrevista a El Cronista de hace diez días. Son ocho palabras en las que Arroyo Salgado resumió la postura de su familia, pero principalmente la de ella. La de una mujer que, como jueza federal, sabe que un mínimo descuido puede derivar en el cierre de una causa. Y que, como miembro de uno de los tres poderes del Estado, y más allá de que el tiempo confirme si se trató de un suicidio o un homicidio, considera que la muerte de su ex marido fue política.


