Funeral de Diego Maradona: las lágrimas en la despedida del Diez inundaron la Plaza de Mayo

Desde bien temprano fueron accediendo ordenadamente miles de personas a la Casa Rosada, con lágrimas en los ojos. La Argentina despidió a su máximo ídolo popular.

El que no quiere a Diego no quiere a su mamá, se cantaba antes de las 8 en la Plaza de Mayo, cuando la fila para ingresar a la Casa Rosada y ofrecer una última despedida a Maradona se extendía unas cuatro cuadras.

Los kioskos de diarios de la Avenida de Mayo todavía no habían recibido su material más preciado para el día de hoy: las tapas que nunca hubieran querido mostrar, para aquellos que guardarán para la eternidad este recuerdo. El día después de que murió Maradona. "No llegó el camión", se quejaban.

Un sol radiante asomaba por encima de la Casa de Gobierno, con un cielo despejado y más celeste que nunca. No hay una nube blanca que pueda completar la bandera de la Argentina en el firmamento.

Los jacarandás que cada noviembre, puntualmente, tiñen de violeta a la Ciudad de Buenos Aires, embellecen la triste la escena. 

Si el 10 ahora está allá arriba, acá abajo, entre los terrenales, predominan las camisetas de la Argentina, el país que lo llora desde el 25 de noviembre al mediodía, y el azul y amarillo de Boca Juniors, el club donde brilló en 1981 y donde se despidió el 25 de octubre de 1997 en un Superclásico de visitante contra River Plate. En la Bombonera, además, los hinchas le brindaron su última ovación, el 7 de marzo de 2020.

Se encienden las parrillas y el olor que invade las narices -mermadas en su capacidad olfativa por los barbijos- invita a degustar un choripán para el desayuno, algo que ningún nutricionista serio recomendaría. Este cronista resiste la tentación. 

El Diez trascendió generaciones y fronteras. A uno que forma parte de la primera generación que no lo vio brillar en una cancha se le hace cuesta arriba dejar caer unas lágrimas y conjugarse con las decenas de personas, grandes, chicos, mujeres y hombres, que sí lloran alrededor.

Lo que se percibe es que uno está formando parte de la historia, de un día único, que será recordado durante décadas. Horas más tarde, se multiplican los mensajes por chat de los conocidos que dicen "cómo me voy a arrepentir de no haber ido".

En plena pandemia, el 80% de los presentes cumplen con el tapabocas, pero el distanciamiento social es sencillamente imposible de practicar.

Si cada persona respetara los 2 metros de distancia que sugieren los carteles electrónicos y a lo largo del día pasarían 1 millón de personas frente al féretro de Maradona, la fila, en línea recta, tendría 2000 kilómetros, la misma distancia de Buenos Aires a Río de Janeiro, en Brasil.

Al que madruga, Dios lo ayuda, y levantarse temprano vale la pena. La espera duró 100 minutos para entrar a la Casa Rosada, en donde el silencio y el dolor invade el ambiente. Claudia Villafañe, la mujer de la vida de Diego, está impoluta.

Después de pasar por la Casa Rosada, a paso acelerado, frente al cajón -ese lugar en donde el país no imaginaba jamás ver al Diez-, sigue siendo temprano.

La fila se va alargando sobre la avenida de Mayo y a la tarde llega hasta Constitución, antes de que se desaten los incidentes.

Los vendedores ambulantes tienen una oportunidad de oro para salvar la quincena, en el año más duro de la historia económica de la Argentina. Afiches, gorros piluso, banderas, pañuelos y pulseras, todo vale a la hora de "llevar el mango" a sus casas.

Por la calle Florida los kioskos ya tienen los diarios. En uno, incluso, un arbolito convoca al diariero a cambiarle euros a un transeúnte.

A pocos metros del funeral de Maradona, las cuevas van abriendo las puertas. La vida va volviendo a la normalidad. Empieza el día después.

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