

En tiempos de polarización política, crisis de representación y avance de las nuevas derechas, el filósofo francés Michaël Foessel se convirtió en una de las voces más influyentes de Europa para pensar las transformaciones de la democracia contemporánea y la experiencia cotidiana en las sociedades actuales. Profesor de Filosofía en la École Polytechnique de París y especialista en Paul Ricoeur e Immanuel Kant, Foessel construyó una obra que combina filosofía política clásica con una lectura minuciosa de fenómenos concretos del presente: el miedo, la intimidad, la aflicción, la inseguridad y los modos en que esos sentimientos reorganizan la vida democrática y las relaciones de igualdad.
Sus investigaciones también lo llevaron a analizar con especial atención el crecimiento global de las extremas derechas, la erosión de los consensos democráticos y las nuevas formas de conflictividad política, temas que adquieren una resonancia particular en la Argentina actual. En ese marco, Foessel es uno de los invitados centrales de La Noche de las Ideas, el encuentro internacional de debate y pensamiento en el Teatro Colón. El académico participó de la conferencia inaugural “¿Cómo pensar el porvenir?” junto a Camille Froidevaux-Metterie y Asma Mhalla, y además tiene en agenda dos conversaciones sobre los nuevos rostros de la extrema derecha y la crisis del universalismo en las democracias contemporáneas. En ese contexto aceptó dialogar con El Cronista.
-¿Cómo se relaciona el concepto de “suicidio democrático” con los retrocesos en derechos sociales y humanos denunciados bajo gobiernos de ultraderecha, como el desmantelamiento de políticas de género?
-Por suicidio democrático se entiende un voto en el que el pueblo renuncia libremente a sus derechos. Esto es precisamente lo que ocurrió de manera ejemplar en 1933, cuando una gran cantidad de alemanes votó por el partido nazi, que no ocultaba en absoluto sus intenciones dictatoriales. Hoy no hemos llegado a ese punto: incluso los adversarios de la democracia pretenden ser demócratas. Pero no por ello ocultan, ya sea Trump o Milei, su oposición a las normas jurídicas, su desprecio por la constitución y su deseo de cuestionar las políticas en favor de la igualdad de derechos. En lo que respecta a Trump, veremos en las próximas elecciones de medio término si tiene en cuenta el veredicto popular. Pero su reacción a su derrota de 2020 y el asalto al Capitolio no son señales esperanzadoras.
-¿En qué medida la concepción libertaria de Milei entra en conflicto con la necesidad del Estado de derecho para encauzar y dar marco a la soberanía popular?
-Visto desde Europa, la mezcla de libertarismo, conservadurismo y culto a los “valores occidentales” por parte de Milei resulta bastante extraña. Se supone que el libertarismo se opone al Estado en todas sus formas: el Estado social, pero también el Estado en sus funciones policiales y represivas. Lo que es nuevo es, en efecto, la ofensiva mundial de los partidos nacionalistas y de extrema derecha contra el Estado de derecho, es decir, contra la idea de que principios jurídicos deben limitar el poder ejecutivo. La extrema derecha enfrenta la soberanía popular contra una supuesta “casta” liberal oligarca que habría robado el poder del pueblo. Pero hay que desconfiar del discurso demagógico: que un líder, un jefe, pretenda hablar por el pueblo es tan antiguo como la democracia. Quienes hablan en nombre del pueblo terminan generalmente hablando en su lugar, limitando la libertad de expresión. Esto pasa por un cuestionamiento del derecho, cuando es precisamente el derecho el que garantiza las libertades de los ciudadanos.

-¿La erosión institucional desde diciembre de 2023 y el creciente poder de los órganos de seguridad e inteligencia en Argentina y otras partes del mundo representa un riesgo de “des-democratización”?
-Hemos entrado en lo que he llamado en uno de mis libros los “Estados de vigilancia”. Nuestras sociedades se han reconfigurado en torno al imperativo del control, que se distingue de la simple vigilancia. Ya no es solo el Estado el que controla a los ciudadanos de manera vertical, sino los propios individuos quienes participan en su propio control entregando datos sobre sí mismos que son recogidos por los algoritmos. La creencia mantenida por las autoridades políticas y ciertas multinacionales es que quienes no tienen nada que ocultar tampoco tienen nada que temer de su exposición digital. Pero esta creencia es ingenua, porque las empresas que se nutren de la información que producimos sobre nosotros mismos tienen intención de usarla en caso de crisis de seguridad. La des-democratización designa el abandono progresivo de las garantías de protección que ofrece el derecho y la renuncia a nuestro propio poder sobre nuestras vidas. Desde este punto de vista, los algoritmos de recomendación que identifican nuestros deseos no son menos temibles que los servicios de inteligencia más tradicionales. Estos últimos se sirven cada vez más de los primeros para hacer a los individuos predecibles y, por tanto, más fácilmente controlables.
-Uno de los conceptos sobre los que usted trabaja es la cultura del conflicto: ¿la criminalización de la protesta social suprime el disenso democrático o lo institucionaliza de otra manera?
-No soy especialista en la política de Milei, pero lo he oído reivindicarse del “bando del Bien” que oponía al “bando del Mal” identificado con el establishment y la izquierda. Es un artificio retórico propio de la extrema derecha mundial: cuestionar la supuesta hegemonía cultural de la izquierda (por ejemplo en las universidades) y demonizarla. Este tipo de posición maniquea (el Bien contra el Mal) es por principio hostil a la cultura de la conflictividad, que es lo propio de la democracia. Criminalizar al adversario es rechazar la confrontación racional con él para apropiarse de todo el prestigio de la virtud moral. Ahora bien, una democracia se asienta en lo que el filósofo Claude Lefort llama “la legitimidad del debate sobre lo legítimo y lo ilegítimo”. Al invocar valores no negociables y oficializarlos, Milei condena a sus opositores al silencio y justifica de antemano su represión policial.

-¿Las denuncias públicas y judiciales de Milei contra el periodismo puede considerarse un síntoma de abdicación democrática? ¿Hasta dónde podría escalar esto?
-En Francia, la tradición es que el Presidente de la república en ejercicio no presenta denuncias contra los periodistas, incluso en caso de difamación. Tras haber dudado, Macron mantuvo esta tradición, que está perfectamente justificada: el Presidente es el garante de la autonomía de la autoridad judicial y, por tanto, no puede entrar en la arena jurídica. Eso lo condenaría a ser juez y parte. ¿Qué puede pensarse de la independencia de un juez cuya carrera depende del gobierno que debería emitir un veredicto en un juicio que enfrenta a un Presidente con un periodista? Me imagino que Milei utiliza este procedimiento como lo hizo Trump: para obligar a los periodistas a una prudencia extrema, o directamente al silencio. Si la prensa es el “cuarto poder”, entonces importa sobremanera que el tercer poder (el judicial) garantice sus derechos de investigación, incluida la investigación sobre el poder ejecutivo.
-El uso de inteligencia artificial para la vigilancia de redes sociales y la dark web: ¿fortalece una “lógica securitaria” en línea con la erosión de las libertades civiles?
-La deriva securitaria, al menos en Europa, data del giro de los años 2000 y a menudo tomó como pretexto el terrorismo para justificar las medidas de excepción y los estados de emergencia. Con la crisis del Covid, el hábito de eludir el derecho ordinario se consolidó en beneficio de medidas de excepción que incrementan considerablemente el poder del ejecutivo en detrimento del judicial. El uso de la IA se inscribe en este contexto securitario.

-Considerando su potencial, ¿estamos ante una profundización de un fenómeno ya existente o frente a una dimensión completamente nueva?
-En mi opinión, no producirá una diferencia de naturaleza, sino una diferencia de grado. Ciertamente, el número de informaciones y de cruces que puede acumular y realizar la IA está fuera de toda proporción con lo que podía hacer la inteligencia humana. Pero siguen siendo hombres quienes harán uso de esas informaciones, y lo harán en función de las órdenes que reciban. Todo dependerá, por tanto, del espacio que los gobiernos preserven para las libertades civiles.
-En el contexto actual, ¿las políticas de seguridad y control social de los gobiernos de extrema derecha reproducen patrones observados en otras democracias débiles o los puntos de comparación no funcionan?
-Responderé sobre el caso de Europa, que conozco mejor que Argentina, aunque sin duda hay lecciones que extraer para la situación de su país. La democracia solo se vuelve débil cuando es debilitada. Durante los años 1930, los regímenes totalitarios y el fascismo no se instalaron de la noche a la mañana: llegaron al poder al cabo de una erosión más o menos rápida de las reglas democráticas. La fascistización fue posible gracias a la des-democratización, es decir, por la decepción social, el resentimiento hacia democracias frecuentemente corruptas y el hábito de gobernar a los pueblos mediante decretos en lugar de leyes votadas por el Parlamento. Ignoro lo que deparará el mañana, y no hay que desesperar de las capacidades de resistencia de la sociedad civil. Pero las condiciones me parecen ya reunidas en numerosos países —entre ellos probablemente Francia y, con certeza, los Estados Unidos— para algo que se asemeja más a un cambio de régimen que a un simple cambio de gobierno.




