Durante años, importar en Argentina fue cualquier cosa menos una actividad normal. No se trataba de eficiencia, logística o competitividad, sino de atravesar un verdadero campo minado regulatorio. El resultado fue un negocio profundamente distorsionado, con pocos ganadores y muchos expulsados del sistema.
Ese esquema se sostenía sobre tres “cortafuegos” bien definidos.
El primero era directamente poder ingresar la solicitud de importación: la regulación de Capacidad Económica y Financiera operaba como una barrera de entrada que dejaba afuera a nuevos jugadores, aun cuando tuvieran demanda, proveedores y financiamiento.
El segundo filtro aparecía para quienes lograban presentar la solicitud: la aprobación. En muchos casos, esa aprobación simplemente no llegaba.
Y el tercero, para los pocos que superaban los pasos anteriores, era el pago: las fechas autorizadas por el BCRA desaparecían o se postergaban indefinidamente, convirtiendo la operación en una apuesta incierta.

A ese combo se le sumaba un entramado de restricciones sectoriales difíciles de justificar: certificados de calidad y seguridad sobrerregulados, valores criterio arbitrarios, declaraciones juradas de composición, derechos antidumping eternizados y otras trabas que poco tenían que ver con proteger al consumidor o a la industria y mucho con cerrar el mercado.
Todo ese andamiaje empezó a desmontarse en el último tiempo desde el Ministerio de Desregulación, no sin resistencia. Porque cuando el control aduanero se vuelve excesivo y minucioso, lejos de mejorar la fiscalización, habilita prácticas nocivas para la salud económica del país.
La situación de querer importar y no poder hacerlo era casi como la escena de Mr. Bean intentando salir de un estacionamiento sin ticket. Más allá de la comicidad del personaje, esa secuencia capta con humor una verdad: el control excesivo se vuelve descontrol.
En ese contexto, importar otorgaba una ventaja extraordinaria. No solo porque muchos competidores quedaban fuera del sistema, sino porque además se accedía a un tipo de cambio oficial que llegó a valer menos de la mitad del precio real de la economía. Con una expectativa de devaluación permanente, el incentivo era claro: importar todo lo posible, acumular stock y vender lo mínimo indispensable. Comprar mercadería equivalía a comprar dólares baratos. Dólares en forma de bienes.
Nuevos jugadores y más competencia
Eso permitió márgenes elevados, rotación lenta y estrategias defensivas: no vender, dosificar, proteger inventario. Había nichos enteros de la economía blindados para unos pocos. Tal como explicaba Anne Krueger en su clásico trabajo sobre la “sociedad rentista”, cuando el acceso a una actividad depende de permisos y no de eficiencia, los recursos se destinan a capturar rentas y no a producir más y mejor.

Ese mundo empezó a cambiar, y los datos lo muestran. Las importaciones totales de Argentina pasaron de USD 66.988 millones en 2023 a USD 79.703 millones en 2024, y alcanzaron USD 87.077 millones en 2025.
El crecimiento no responde solo a precios o recomposición estadística: refleja un cambio en las reglas del juego y en los incentivos. También se observa una ampliación clara del universo de jugadores. Según un informe del CEPA, entre enero y septiembre de 2025 se incorporaron más de 9.200 nuevas empresas importadoras de bienes de consumo, un aumento del 70% respecto del mismo período de 2023.
Esto no es casual. En Argentina, cerca del 80% de lo que se importa está directamente vinculado a la producción. Las importaciones tienen una elevada elasticidad respecto al nivel de actividad, en especial en la industria. Cuando la economía se mueve, las importaciones acompañan. Y cuando la industria se reactive de manera más sostenida, ese impulso será aún mayor.
Hoy, la recuperación económica sigue siendo heterogénea. Los datos muestran una mejora reciente impulsada sobre todo por el sector agropecuario, mientras que la industria todavía arrastra debilidad. Sin embargo, las proyecciones para 2026 anticipan un crecimiento del PIB en torno al 3%–4%. Si esa expansión logra consolidarse con mayor estabilidad macroeconómica, menor inflación, acceso a divisas y financiamiento, la industria manufacturera debería volver a traccionar, y con ella, las importaciones.
Evitar stocks y ajustar márgenes para importar
Importar hoy se parece cada vez más a lo que debería haber sido siempre: rotar rápido, evitar stocks innecesarios que inmovilizan capital, ajustar márgenes y competir por precio, servicio y eficiencia. Vender más, ganar menos por unidad, pero operar en un mercado más grande y más dinámico.
En resumen, el negocio de importar en Argentina dejó de ser una cueva protegida para pocos y empezó a parecerse al de un país normal. No todos se adaptaron todavía. Pero la lógica es clara: menos rentas, más competencia. Y eso, aunque incomode a algunos, es una buena noticia para la economía en su conjunto.






