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Durante más de siete décadas, la Argentina convivió con déficit fiscal más del 70% del tiempo.
No fue un fenómeno excepcional ni asociado a un modelo económico puntual: atravesó gobiernos, ideologías y ciclos políticos. El problema no fue solo gastar más de lo que ingresaba en las cuentas públicas, sino la incapacidad de financiar ese proceso y de sostener reglas fiscales en el tiempo.
En un improbable ranking de los tres países con déficit fiscal crónico, Argentina se colaría fácilmente entre los tres primeros.

El presidente Javier Milei suele decir que el país tuvo déficit fiscal en 112 de los 122 años de sus historias. Es decir, que sus cuentas estuvieron equilibradas sólo una decena de años, o menos del 10% de su historia. A eso falta agregarle la cifra de 2025, que podría convertirse en el undécimo año de superávit.
En el debate económico local, el déficit suele presentarse como la causa última de la inestabilidad. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que muchos países —incluidos emergentes— convivieron durante largos períodos con déficit sin caer en crisis recurrentes. Argentina es distinta no por la magnitud del déficit, sino por sus consecuencias.
Los números del rojo argentino
Argentina registró déficit fiscal en alrededor de 60 de los últimos 75 años. El déficit fiscal promedió entre 1960 y 2023 se ubicó entre 3% y 4% del PBI, similar al de otros emergentes.
Sin embargo, en el mismo período, atravesó por nueve defaults de su deuda soberana. En paralelo, el crecimiento de la economía es escuálido y se considera que el país está “estancado” desde 2015.
El rasgo más llamativo del apego argentino por el déficit fiscal es su continuidad: con gobiernos militares y democráticos, con políticas ortodoxas y heterodoxas, con tipo de cambio fijo y flotante.
Ni bien arrancó el mandato de Néstor Kirchner, la devaluación y pesificación produjo una monumental licuación del gasto. El presidente de origen patagónico tuvo una gestión donde se destacaron los déficits gemelos: el fiscal y el comercial.
El superávit fiscal es una condición necesaria, pero no suficiente para el crecimiento”, suele decir Carlos Melconian. “De todas formas, debería ser una política de Estado”, según su criterio.

Brasil e India también muestran déficits prolongados, aunque con mayor capacidad para financiarlos y, en el caso brasileño, con superávits primarios en algunos períodos que no alcanzaron para eliminar el déficit financiero total.
“Versión criolla”
La secuencia argentina muestra que los Gobiernos se “tientan” y expanden los gastos por encima de los ingresos. Eso lo financian a través de deuda o emisión. Y cuando alguna de esas variables falla, viene una crisis macroeconómica.

“El problema fiscal argentino es político: ajustar cuando la economía crece es siempre más difícil que hacerlo en la crisis”, suele plantear el exministro de Economía José Luis Machinea, que fracasó en el intento de bajarlo en el gobierno de la Alianza (con Fernando De la Rúa).
Las cinco veces que Argentina logró superávit: por qué duró poco
En el Gobierno de Arturo Illia (1964–1966) hubo un superávit moderado basado en contención del gasto. Duró poco más de dos años y terminó con el golpe de Estado de 1966.
En la convertibilidad de Carlos Menem y Domingo Cavallo, hubo superávit entre 1993 y 1994, con el pico de ingresos por las privatizaciones.

“El equilibrio fiscal basado en ingresos extraordinarios no es sostenible en el tiempo”, reflexionó luego Cavallo en distintas charlas y posteos. El menemismo aprovechó una lluvia de dólares e inversiones nunca antes vista.
El boom de los commodities de mediados de 2000 (con la tonelada de soja superando los u$s 600 y los granos a precios récord) trajo bonanza a las cuentas públicas entre 2003 y 2007. Ese año comenzó a erosionarse.
El Gobierno de Macri también tuvo algunas mejoras fiscales en sus comienzos, pero no se consolidaron. Lo mismo le sucedió a Alberto Fernández, tuvo una mejora contable transitoria en la pandemia (venía de una licuación por inflación), pero no hubo una corrección estructural.
Cuando se despidió de su gestión, a fines de 2023, la cuarta versión del kirchnerismo (de la dupla Alberto Fernández-Cristina Fernández) dejó un déficit fiscal del 2,9%. Y una inflación que superó el 200%.
Aunque Argentina logró el superávit varias veces, pero nunca pudo sostenerlo. El presidente Javier Milei ha prometido “cortarse un brazo” antes de relegar la disciplina fiscal
Financiamiento e inflación
El punto crítico del caso argentino fue el financiamiento. A diferencia de otros emergentes, el país combinó déficit persistente, moneda débil y acceso intermitente al crédito.
Cuando se cerró el financiamiento externo, el déficit se cubrió con emisión. Cuando la inflación se aceleró, el ajuste llegó por licuación.
“Los países que no pueden endeudarse en su propia moneda enfrentan un riesgo permanente de crisis ante cualquier shock fiscal”, escribió Guillermo Calvo en su paper “Emerging Market Crisis”.
Entre 1960 y 2023, el país pasó más del 70% de los años con déficit, Y hubo financiamiento monetario directo o indirecto.
La inflación funcionó como mecanismo de ajuste implícito, con devaluaciones que no resolvieron los problemas de fondo.
El contraste regional con Brasil y Chile fue notable.
Chile también convivió con déficit, pero con una diferencia clave: reglas fiscales creíbles. Desde comienzos de los 2000 aplica una regla de balance estructural que permitió ahorrar en los años de bonanza y gastar en las recesiones.
Como resultados, lleva una inflación de un dígito durante décadas, ningún default soberano moderno y acceso al mercado de deuda internacional.

Brasil también tuvo déficits casi permanentes desde los años 80, con un promedio similar al argentino. La diferencia estuvo en que su endeudamiento fue casi siempre en moneda local, ya que posee un mercado financiero doméstico gigante. No registró defaults recurrentes y convivió con el déficit sin una inflación galopante.
Argentina no fue el país que más gastó ni el que tuvo el déficit más alto. Fue el que menos logró sostener crédito, moneda y reglas fiscales al mismo tiempo.
Por eso, cada recaída en el déficit terminó en crisis y cada superávit fue breve.
El debate fiscal actual vuelve a colocar a la Argentina frente a su dilema histórico. El superávit no es una novedad en sí misma. Lo novedoso sería romper el patrón que siempre siguió después.
La experiencia de las últimas siete décadas muestra que los equilibrios fiscales basados en licuación, ajuste de emergencia o ingresos transitorios tienden a durar poco. Cuando la economía deja de caer y la política vuelve a disputar recursos, el déficit reaparece. Ese fue el ciclo recurrente.
Los “halcones del déficit” ponen los casos de Francia, Reino Unido, Japón, Estados Unidos: todos países con elevados déficits fiscales en muchos períodos. La diferencia entre esos gigantes y los emergentes es que esas economías siempre han encontrado quien les financie sus “agujeros”.
Por eso, el desafío del presente no es solo cerrar las cuentas, sino hacer creíble que no se volverán a abrir. Si el orden fiscal no se institucionaliza —como ocurrió en otros emergentes—, el superávit actual corre el riesgo de convertirse en otro capítulo breve de una historia larga.
Argentina ya demostró que puede llegar al equilibrio. Todavía no demostró que puede convertirlo en norma.












