Macri, sin margen para repetir las mismas recetas

El Gobierno está inquieto y no lo oculta. El creciente malhumor social producto de un presente económico crítico, con inflación otra vez en niveles récord y síntomas palpables de una recesión de perspectivas aún insondables, tiñe con su lógica todo el proceso de toma de decisiones presidencial, donde los esfuerzos parecen consagrados unívocamente a la urgencia por dar vuelta la página, por volver a recrear cierta confianza en la idea de un futuro favorable aunque el presente no ofrezca demasiadas señales para el entusiasmo.

Es evidente que los últimos movimientos del presidente Mauricio Macri se articularon sobre ese objetivo, aunque claro no en forma exclusiva. También hubo un esfuerzo marcado por recuperar el centro de la escena política, de manera de limitar la capacidad de acción de una oposición disgregada pero envalentonada. Y un inocultable desafío por volver a estructurar el juego político en los términos de la vieja grieta con Cristina Fernández de Kirchner. En definitiva, una vuelta de tuerca hacia los mismos recursos que permitieron a Cambiemos imponerse en los últimos dos procesos electorales y limitar el campo de acción opositor para llevar adelante la gestión de gobierno en los últimos dos años y medio.

Sin embargo, algunos elementos de la actual coyuntura alimentan interrogantes sobre la efectividad en el tiempo de las otrora exitosas recetas. ¿Hasta qué punto es posible estructurar el terreno de las expectativas en la promesa de un futuro promisorio?, ¿hasta cuándo está la sociedad dispuesta a aguardar por ese futuro cuando el pesimismo domina su presente?, ¿si gran parte de los pronósticos económicos previos del Gobierno no se cumplieron, por qué habría que confiar ahora?

Con la puesta en escena de su conferencia de prensa en Olivos, Macri estuvo lejos de ofrecer una respuesta contundente para despejar esa incertidumbre. En realidad su esfuerzo se dirigió más atender una advertencia que desnudan los sondeos de opinión que recibe periódicamente la Casa Rosada: la necesidad de recuperar la capacidad de digitar la agenda política y con ello bloquear la amenaza de la crítica que destila el discurso opositor. Algo así como plantar bandera con el acá estoy yo y me hago cargo. A la par, el oficialismo se dedicó a la apuesta por volver a subir al ring de la disputa política a la ex presidenta, aunque con magros resultados. Cristina esquivó nuevamente el convite y no se corrió un milímetro del silencio que le recomiendan sus principales asesores. Hugo Moyano, en cambio, aceptó el juego, pero esta claro que el enfrentamiento con el camionero no reporta los mismos beneficios.

El insistente deterioro en la imagen presidencial sigue siendo el principal dolor de cabeza para el Gobierno. Sobre todo cuando, bajo la dinámica que impone el ajuste comprometido con el FMI, la capacidad de reconstrucción de la confianza en vastos sectores sociales se vuelve un desafío mayúsculo. Para colmo, el escenario que alimenta las disputas internas en Cambiemos impide consolidar una solución única y de consenso a la que se consagren todos los actores de la alianza gobernante. La divisoria de aguas se profundiza entre los intereses que expresan María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta y los objetivos impuestos por Marcos Peña y su equipo. Y la sociedad con el radicalismo también impone sus propios sinsabores. En el medio, y pese a haber aceptado el costo mayor del recorte del déficit, la negociación del ajuste con los gobernadores peronistas supone otra contienda poco saludable para los planes del Presidente de navegar la tormenta hacia un horizonte más despejado.

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