Levy Yeyati: “La economía no se recupera sola y un error nos llevaría a otra década perdida

Para el decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Di Tella, no es con más intervención de baja calidad que el Estado contribuirá a la reconstrucción pos pandemia sino con mejor promoción y regulación de la actividad privada. Qué escenario ve para este año y el próximo.

Sobre llovido, mojado. Si la Argentina ya estaba atravesando un contexto económico complicado, la aparición del Covid-19  en el mundo hizo que en el país el agua subiera hasta el cuello. Y entre la preocupación por mantener a resguardo la salud de los habitantes, a medida que pasan los días de Aislamiento Preventivo, Social y Obligatorio, los números en la economía hacen pensar que falta poco para que no haya paraguas que aguante semejante tormenta.

Congelamiento de precios, la aplicación del Ingreso Familiar de Emergencia, subsidios a los salarios, créditos para pymes y monotributistas fueron algunas de las medidas para intentar contener las consecuencias que el parate productivo traería. Pero cuando la amenaza es un virus que lleva apenas algunos meses en escena, no existen soluciones probadas.

Para echar algo de luz sobre la situación, APERTURA habló con Eduardo Levy Yeyati, doctor en Economía por la Universidad de Pensilvania y actual decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella  (UTDT) , casa de estudios en la que fundó y dirige el Centro para la Evaluación de Políticas basadas en la Evidencia (CEPE).

También investigador del Conicet y profesor visitante de la Harvard Kennedy School of Government, Levy Yeyati reflexiona sobre la situación actual, pero además acerca de lo que traerá el futuro pos pandemia en la Argentina (N.d.R.: esta entrevista se hizo a fines de mayo de este año y se publicó en la edición en papel de junio de Revista Apertura).

¿Qué referencia se debe tomar para medir esta crisis? ¿Estamos frente a un escenario peor que la de los años ‘30?

Lo primero a tomar en cuenta es que, a diferencia de los ’30 o de la financiera de 2008, esta crisis no es económica. Su origen es sanitario y el tamaño de su impacto será en función de qué tan rápido alcanzamos la inmunización masiva con la distribución de una vacuna. La caída de la actividad y del producto no obedece a razones económicas: si mañana pudiéramos vacunar a todo el mundo, la crisis acabaría. Si hubiera que forzar una referencia, sería una catástrofe natural. Pero lo cierto es que la situación es inédita, por eso las respuestas tradicionales no son del todo adecuadas.

¿Qué cambios se van a acelerar en el mundo? Y puntualmente sobre el trabajo, ¿cómo va a cambiar pos cuarentena?

Veo esencialmente tres tendencias que deberían profundizarse. Por un lado, algunas ocupaciones que ya podían ser remotizadas antes de la pandemia, y no lo eran por resistencias o prejuicios empresarios, tuvieron en estos meses un ensayo general relativamente exitoso. Imagino que modelos de trabajo mixto (días en casa y días en la oficina) se impondrán en muchas empresas. Espero que lo mismo pase en la educación, a la manera de lo que está ensayando Uruguay en estos días. Para esto es esencial mejorar y, sobre todo, extender nuestra conectividad, que es mediocre y geográficamente limitada.

La segunda tendencia tiene que ver con la red de protección laboral. Una de las cosas que la crisis dejó al desnudo es la precariedad de nuestros trabajadores, la mitad de los cuales no tienen estabilidad ni beneficios sociales. Es urgente pensar en un régimen de trabajadores independientes y es urgente la creación de un Instituto de Formación Profesional que coordine el reentrenamiento de los trabajadores desocupados que dejará la crisis.

Y la tercera tendencia que ya se ve en el mundo y un poco en la Argentina es la necesidad de revisar la red de protección social. Será difícil políticamente eliminar el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), y eso no hace más que evidenciar la necesidad de coordinar todos estos programas en un esquema de piso de ingreso universal que garantice que no haya exclusiones ni duplicaciones arbitrarias.

¿Los roles que juegan el Estado y las empresas se verán trastocados también?

Espero que no. El Estado en la Argentina siempre ha estado muy presente con transferencias: antes de la crisis teníamos la Asignación Universal por Hijo y la pensión universal, además del Progresar, y programas de monotributo social y salario complementario. Su principal déficit es de capacidad y calidad de gestión de las políticas: educación, salud, movilidad social, provisión de servicios públicos. No es con más intervención de baja calidad que el Estado ayudará a reconstruir después en la pospandemia, sino con una mejor promoción y regulación de la actividad privada. El Estado pospandemia, además de facilitar la reconstrucción, deberá asumir las asignaturas pendientes que mencionaba antes en el campo laboral y social.

“La crisis dejó al desnudo la precariedad de nuestros trabajadores

¿Y el rol de los empresarios?

Ese es un punto delicado por varias razones. La primera es que los empresarios, acá y en todas partes, son muy diversos. Los hay prebendarios, convencidos de su derecho de exigirle rentabilidad al Estado mediante protección y exenciones o, en caso de crisis, rescates imposibles. Pero también hay empresarios que entienden su responsabilidad social de otro modo, y apuestan a la innovación y la productividad, o empresarios pequeños, con menos espalda, con heridas de varias crisis. El punto es delicado también porque, ingenuamente, podría decirte que el daño de la pandemia dependerá de la resiliencia de nuestros empresarios, pero lo cierto es que será difícil generar ese entusiasmo después de una depresión económica, con un gobierno errático en su relación al sector privado. El desarrollo productivo es un ejercicio de cooperación donde cada uno pone algo en juego. En la Argentina, la falta de cooperación explica en parte la polarización económica y la caída tendencial del producto. Si el gobierno no encuentra la manera de generar esa cooperación, la actitud del empresario seguirá siendo atomizada y defensiva.

¿Qué Argentina quedará después de la pandemia? ¿Desde qué nivel tendrá que levantarse y qué forma tendrá el repunte?

Hay varias métricas para medir los costos de la crisis, en el marco de un distanciamiento intermitente que estimo durará hasta fin de 2021. El PBI caerá fuerte en estos meses y se recuperará parcialmente, como suele suceder en las depresiones: por ejemplo, podría perder 10 por ciento este año y recuperar 5 por ciento el próximo, de no mediar un default desordenado con estrés financiero. Pero el daño a la estructura productiva puede ser mayor, con quiebras de empresas y aumento del desempleo (no olvidemos que la prohibición de despidos solo protege al 35 por ciento de asalariados formales) y con un costo fiscal que cuesta estimar a esta altura. En ese punto, es esencial que el Gobierno no equivoque el diagnóstico y las medidas. La economía no se recupera sola. Y un error nos llevaría a una nueva década perdida.

¿Y qué pasa con los problemas que se están dejando relegados por la urgencia de la pandemia? ¿Cuáles son los desafíos de fondo que se deben tratar con mayor rapidez?

La lista es larga. Tenemos cuatro grandes déficits: de exportaciones, moneda, movilidad social y formalidad, que están detrás de cada una de las crisis argentinas. Los primeros dos nos condenan al sobreendeudamiento en dólares; es ingenuo pensar que la sostenibilidad fiscal se establece con un default y una planilla de Excel: sin atacar esos problemas tendremos otra crisis de deuda en unos años. La falta de movilidad social y la informalidad también inciden en nuestra dificultad para generar empleos de calidad y en su correlato: la baja recaudación y la proporción creciente que precisa transferencias del Estado. Para la sostenibilidad fiscal necesitamos movilidad social, más trabajadores registrados viviendo de su trabajo, y para esto hace falta mejorar la educación básica y terciaria, y la formación profesional de adultos. También necesitamos más trabajadores y empresas pagando impuestos, y para esto necesitamos adaptar el sistema tributario a la capacidad contributiva de cada uno. A esta lista le agregaría la desburocratización, la jerarquización de la Autoridad de Competencia, el aumento de la conectividad, la inclusión financiera, la creación de un sistema nacional de cuidados, en fin, todas iniciativas que están en la mesa hace años y sobre las que solo hemos tenido avances erráticos.

"La figura de Alberto Fernández es todavía un enigma".

¿Cuál será el rol de la Argentina en el mundo que viene?

La Argentina será, en principio, observadora, sentada lejos del poder mundial. Hoy el país no tiene incidencia regional y la región no tiene incidencia global. Cualquier rol internacional al que el país pueda aspirar, como referencia diplomática a mitad de camino entre los Estados Unidos y China en un mundo bipolar, o como modelo de un Estado de bienestar sin grietas étnicas o religiosas ni inequidades profundas, por mencionar dos que tuvo y resignó, se lo tendrá que ganar. Hoy, lamentablemente, cuando no es paradigma del desarrollo abortado o de las crisis financieras, deambula en la intrascendencia.

¿Y la figura de Alberto Fernández?

La figura de Alberto Fernández es todavía un enigma. A veces parece caer en el especialismo argentino, esa enfermedad infantil de la política local, según la cual nuestros problemas únicos solo se resuelven con un modelo local, sazonado con un buen relato. A veces se lo ve buscando un equilibrio imposible en la centrifugadora de una sociedad polarizada, con un debate político degradado y una economía arrasada. Cualquiera sea su verdadera visión, será difícil liderar un cambio en soledad sin la cooperación de sectores políticos moderados y de la sociedad. Espero que vea esto a tiempo.

La versión original de esta nota fue publicada en el número 318 de Revista Apertura.

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