El mediodía en el que se resquebrajó el pensamiento único

Los golpes de efecto político siempre fueron una debilidad de la ministra Nilda Garré. En 1984, durante el plebiscito en el que la sociedad argentina se pronunció mayoritariamente a favor de terminar las tensiones con Chile que casi nos llevaron a la guerra en 1978, se hizo fotografiar votando en dos lugares diferentes en un intento por demostrar el supuesto fraude de aquella consulta popular. Garré integraba entonces el Movimiento de Intransigencia y Movilización Peronista, liderado por el caudillo Vicente Saadi al que fueron a parar algunos dirigentes que integraron la organización Montoneros.
Algunos años después se unió al Frepaso; fue viceministra del Interior de la Alianza y recaló en el kirchnerismo, primero como ministra de Defensa y, después, como ministra de Seguridad. Siempre dispuesta a las denuncias y a las ruedas de prensa rutilantes, Garré sufrió ayer el impacto más tremendo que puede recibir un dirigente formado en un partido de raigambre popular. En carne viva, la madre de Lucas Menghini (el joven que murió atrapado en un vagón del Sarmiento y fue hallado el viernes, dos días después de la tragedia) la acusó con nombre y apellido por el triste comunicado con el que la ministra responsabilizó al chico ya muerto de viajar en un lugar prohibido. Tratar de convertir a la víctima en culpable es un recurso bajo, vil, bastardo y canalla, leyó la mamá de Lucas, en el párrafo más fuerte de un acto en el que el padre también denunció que el Estado sólo comenzó a protegerlos muchas horas después del choque que enlutó a la Argentina.
Paolo Menghini Rey, editor de Canal 7, señaló junto a su esposa la herida que en estas horas sacude internamente al kirchnerismo. En los encuentros privados, en los blogs partidarios, tímidamente en algunos de los medios alineados con el Gobierno, la discusión sobre la responsabilidad de la tragedia, la falta de control sobre el concesionario privado TBA, y sobre el Estado ausente, comienza a resquebrajar el pensamiento único que el Gobierno exhibía con soberbia hasta el mediodía de ayer. El 54% de votos obtenidos en octubre no es suficiente dique para contener la bronca de muchos dirigentes K que esperan las respuestas políticas que aún no llegan.
El mejor ejemplo fue el discurso vacío con el que Cristina encabezó el acto por el Bicentenario de la Bandera en Rosario. La Presidenta buscó blindarse con apelaciones a la emoción, con la presencia del cuestionado Amado Boudou y con mucho merchandising celeste y blanco, pero las definiciones brillaron por su ausencia. Tenemos que volver a tener un sistema de ferrocarriles, dijo, como si hubiera empezado a gobernar el 10 de diciembre. Y condicionó sus decisiones a la investigación judicial, la misma excusa que Julio De Vido lanzó el viernes llenando de dudas a este oficialismo confundido.
Sin la carga de los 51 muertos, el kirchnerismo ha surfeado con éxito otras crisis como la batalla con el campo y la derrota en las urnas de 2009. Pero, como lo reconocen en la Casa Rosada, esta tragedia ha golpeado en el corazón de su electorado. Algo parece haberse roto en ese entramado social que un día puede cambiar el respaldo total y sin exigencias por un listado de demandas que hasta ayer parecían dormidas.

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