Opinión

La antidiplomacia presidencial, el rasgo de Néstor que reflota Alberto

El presidente Alberto Fernández se ha expuesto a la exageración y la sobreactuación ante sus pares del Cono Sur.

La diplomacia presidencial puede ser, en estos tiempos de hipercomunicación y de imágenes omnipresentes, un importante elemento de implementación de la política exterior. Puede actuar como elemento simbólico para mostrar orientaciones y prioridades, o puede ser utilizada para llegar a acuerdos concretos con otras naciones. Pero siempre está expuesta a riesgos ligados a la exageración y sobreactuación.

La antidiplomacia fue una de las características salientes del gobierno de Néstor Kirchner, quien era poco afecto a la cortesía, sorprendiendo a varias cancillerías de otros países.

Un ejemplo notorio fue la forma en que -siendo el dueño de casa durante la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2005-, se maltrató al presidente Bush (hijo), ante sus colegas americanos. Otro ejemplo fue alentar con su presencia el cierre del puente Gualeguaychú-Fray Bentos, tras el enojo con Uruguay debido a la eventual decisión de una empresa pastera finlandesa de instalarse del lado oriental del río Uruguay.

Además de no parecerle relevante la frase del diplomático George Kennan, quien dijo que "la paciencia y los buenos modos no están disociados de la sabiduría", estas acciones estarían motivadas más por razones domésticas que por consideraciones de carácter internacional.

La antidiplomacia ha regresado a nuestra política exterior con Alberto Fernández. Pero en un contexto donde la vicepresidente Cristina Kirchner parece manejar las relaciones estratégicas -particularmente con China y Rusia-, la antidiplomacia del presidente se limita a la región.

En el caso de Chile, Fernández irritó al gobierno trasandino con sus innecesarias y erróneas filminas comparando el impacto del COVID-19 en ambas naciones. Luego participó en una reunión virtual donde estaban los partidos opositores, una clara intervención en los asuntos internos de otro país. En esta línea, en Brasil se involucró imprudentemente y públicamente a favor de la liberación de Lula, y entabló una serie de enfrentamientos públicos con Bolsonaro, sin llegar nunca a reunirse con él.

La cuestión de Lula fue esgrimida por el presidente Fernández casualmente justo antes de la cumbre celebratoria de los 30 años del Mercosur a celebrarse en Buenos Aires, lo que llevó a varios expertos a creer que la Argentina no quería tener esa reunión de modo presencial.

La antidiplomacia presidencial llegó a nuevos niveles cuando, efectivamente, Argentina decidió suspender la reunión presidencial por los 30 años del Mercosur --que ella misma había convocado-, en forma sorpresiva y a pocos días del evento, para convertirla en virtual.

Daba la impresión de querer evitar el serio debate en torno a la posible flexibilización del Mercosur -incluyendo la reducción del Arancel Externo Común-, que Brasil, Uruguay y hasta Paraguay vienen proponiendo hace ya tiempo. Esta decisión unilateral argentina causó sorpresa y enojo en los mandatarios del Mercosur, creando un ambiente no ideal para la posterior reunión virtual.

Además, uno de los riesgos de mantener este tipo de reuniones presidenciales a nivel virtual y pública, es que desaparece la posibilidad de expresarse abiertamente en privado, como también de llegar a acuerdos en forma privada, sin perder prestigio debido a las concesiones realizadas.

Los mensajes regionales

En la reunión virtual, los presidentes de Brasil y Uruguay expresaron sus puntos de vista en forma pública y directa, haciendo sentir también su enojo con el formato adoptado. Bolsonaro dijo que las reglas del consenso no se pueden transformar en una herramienta de veto permanente, y expresó de su deseo de contar con el apoyo de los países socios para ampliar la red de negociaciones extrarregionales. Luego, en obvia señal de disgusto, se retiró de la reunión.

El presidente Lacalle manifestó su disconformidad con la falta de definiciones para flexibilizar el Mercosur, diciendo que "no estamos conformes", para luego decir que "el Mercosur no debe ser un lastre".

Ante esto, el presidente Fernández, quien pudo por ejemplo haber recordado que la regla que establece que los países deben negociar juntos con terceros países fue impulsada por Brasil en el 2000, consideró como una agresión contra la Argentina el término lastre, y respondió en forma inmadura y exagerada, sin contrarrestar los argumentos de sus socios.

Más recientemente, el presidente Fernández volvió a incursionar en la antidiplomacia al acusar al gobierno de Iván Duque, ante los disturbios en Colombia, de ejercer una "violencia institucional". La respuesta fue inmediata, acusando al mandatario argentino de intromisión y de "buscar alimentar la polarización que no contribuye a la convivencia y al consenso".

Quizás el presidente debería aprender de los estilos de presidentes extranjeros que lo han criticado oblicuamente y en forma presencial. Un ejemplo ha sido López Obrador, de México, quien -con Fernández a su lado-, afirmó que en México no había acomodados para vacunarse contra el COVID-19.

Otro ejemplo ha sido Pedro Sánchez, de España, quien con el presidente argentino a su derecha comentó que una ley ordinaria nunca puede superar a la Constitución. Y que en 100 días España podrá lograr la inmunidad de grupo en materia de COVID-19.

Es evidente que se deben defender con energía los intereses reales del país, pero esto debe ser hecho en base a argumentos sólidos, teniendo cuidado en no sobreactuar, y sin volver a las prácticas antidiplomáticas. 

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