Viernes  25 de Octubre de 2019

Desigualdad, Envidia y la Extorsión

Desigualdad, Envidia y la Extorsión

Durante estos días, a la luz de los hechos ocurridos en Chile, fue la plataforma para que los militantes del odio, la envidia y el resentimiento sacaran a pasear sus miserias. Así, muchos “analistas” interpretaron lo ocurrido como un rechazo al modelo de economía de mercado que sacó al país de la miseria en la que lo hundió el comunista Salvador Allende. En este sentido, nada importó que de ser uno de los países más pobres y violentos de la región, las reformas de mercado no sólo llevaron a Chile a tener el ingreso per-cápita más alto de la región, sino que además muestra entre sus logros, los menores niveles de pobreza, el mejor índice de desarrollo humano, la mejor educación y la mayor movilidad social ascendente que incluye como uno de sus logros una drástica disminución de la desigualdad.

A su vez, al momento de analizar la situación presente de salarios estancados, impuestos abusivos, escándalos de corrupción, delincuencia creciente, crisis migratoria y servicios públicos deficientes, decidieron soslayar las reformas tributaria, laboral y educacional impulsadas por la socialista Michelle Bachelet que asestaron un duro golpe al modelo de desarrollo del país. Esto es, se observa una total desconexión entre causas y efectos que no sólo deja de lado los efectos sobre el resto de los sectores de la economía al tomarse una política, sino que además ignora olímpicamente los efectos futuros, mostrando un análisis propio de un miope que no puede escapar de una lógica monoproducto en ausencia de la dimensión tiempo (cortoplacista).

Sin embargo, estallada la crisis, la mezcla de miserabilidad y mediocridad de los analistas y la existencia de movimientos políticos regionales exógenos que veían con gran agrado una renuncia del Presidente de centro-derecha Sebastián Piñera a manos de un socialista de línea dura, ello no justifica esquivar el debate en torno a la desigualdad que supuestamente genera la economía de mercado.

Remuneración de Factores, Distribución del Ingreso y Producción

Las principales categorías que establecemos (en un modelo simplificado) para una teoría de la distribución de la renta son el salario de los trabajadores, la renta de la tierra y el interés del capital, que corresponden a los factores productivos: trabajo, tierra y capital. Procediendo así y en línea con los postulados de la teoría neoclásica, llegaremos a una determinación del precio de los factores, donde los mismos vienen dados por el valor de su producto marginal, esto es, el producto entre el precio de mercado del bien producido (interacción entre preferencias y

escasez) y la productividad marginal del factor en cuestión. Consecuentemente, nadie podrá engañarse respecto al hecho de que la distribución de la renta constituye una pieza inseparable del proceso productivo y que la misma está sujeta a leyes similares que las demás partes integrantes. Tampoco es posible dudar de que la formación del precio de los factores de producción en que finaliza la distribución de la renta desempeñe funciones esenciales dentro de la lógica del funcionamiento del proceso productivo, de las que no es posible ni sería deseable prescindir. Por lo tanto, cuando estos resultados naturales del sistema intentan modificarse de un modo coactivo (redistribución) se provoca una caída en la producción.

En función de ello, y bajo libre competencia, el sistema tiende a dar al trabajo aquello que el trabajador crea, a los capitalistas aquello que crea el capital y a los dueños de la tierra la renta que ella genera. A su vez, tiende a dar a cada productor la cantidad de riqueza que él produjo. Así, bajo este sistema, no solamente se descarta la teoría de la explotación según la cual "a los trabajadores se les roba aquello que producen", sino que significa que el sistema capitalista es esencialmente justo.

Al mismo tiempo, los propietarios privados de los bienes de producción no pueden emplear su propiedad de cualquier modo, ya que se ven obligados a utilizarla de modo tal que promueva la mejor satisfacción posible de su prójimo. Si lo hacen bien, el premio es la ganancia, mientras que, si son ineptos o carecen de eficiencia, la pena son las pérdidas. En una economía de libre mercado, los consumidores, con sus comprar o abstenciones de comprar, deciden todos los días quién será el dueño de la propiedad productiva y cuánto de ella ha de poseer. En definitiva, los dueños del capital están obligados a utilizarlo para satisfacer las necesidades de sus semejantes y si no lo hacen quebrarán.

Capitalismo y Justicia Distributiva

Probablemente ningún otro aspecto moral del capitalismo como el vinculado a la justicia de la economía de mercado ha provocado controversias tan amargas ni despertado emociones tan violentas. Sin embargo, los juicios morales que se hacen sobre el capitalismo yerran por no captar adecuadamente la naturaleza y la forma de operar del sistema capitalista. En este sentido, las críticas al sistema parten, en mayor o en menor medida, de considerar que la información es algo objetivo y perfecta, por lo que es posible hacer análisis costo-beneficio sobre la misma.

Así, al poner el énfasis en la completitud del conocimiento que poseen los participantes en el mercado, resulta razonable tratar el producto agregado (“la torta”) como algo definido. El tamaño y composición de esta torta agregada no se descubren, sino que, en este planteo, se encuentran ya implícitos en las dotaciones de recursos, preferencias y posibilidades tecnológicas, que son los datos del sistema para un momento dado. Por ende, la producción de tal torta agregada se considera inevitable para unos datos de partida determinados, ya que el resultado de cada decisión de compra, venta o producción viene completamente determinado por éstos parámetros profundos. Tales resultados son, para cada decisor, aquel conjunto (de factores o productos) que ocupa la mejor posición en la jerarquía entre las distintas alternativas que respectivamente se derivan de un conjunto de precios y unas restricciones presupuestarias conocidas por adelantado. Entonces, el mercado aparece en este planteamiento no sólo como productor de una torta social, sino también y al mismo tiempo como el que corta las porciones y las reparte entre los distintos individuos. El mercado se ve como a un distribuidor del producto social entre sus participantes, y su justicia o injusticia se liga con la justicia o injusticia de los criterios de distribución de ingresos.

Sin embargo, estas críticas carecen de sentido por dos cuestiones. Por un lado, en la distribución capitalista no existe una entidad central que sea responsable de cortar y repartir la torta, ya que los ingresos se determinan impersonalmente como resultado de la interacción de los innumerables participantes en el mercado. Nunca hay una torta entera que después sea cortada y repartida. Los bienes no se producen primero y luego se distribuyen. La obtención de los ingresos individuales y el proceso mediante el cual se determinan el tamaño y composición de la supuesta torta son simultáneos. De hecho, el tamaño y composición de la torta dependen de los criterios de distribución de ingresos tanto como éstos dependen de aquéllos.

Por otro lado, no tienen nada de automáticos o predeterminados los esfuerzos productivos desplegados en una economía de mercado. Los productos no fluyen automáticamente a partir de los factores (un automóvil no está implícito en el acero y en el trabajo incorporado), sino que son los dueños de los recursos los que descubren el potencial productivo que en ellos reside y de modo deliberado ponen manos a la obra para lucrar con sus descubrimientos.

Desde esta concepción, los recursos no están dados, sino que tanto los fines como los medios son continuamente ideados y concebidos ex novo por los empresarios. Así, el producto agregado de una nación, un producto cuyos

elementos han sido uno por uno descubiertos, no debe ser considerado como una torta que, simplemente, está ahí; sino, antes bien, como una torta que ha sido encontrada: como una torta agregada descubierta. Entonces, si los fines, los medios y los recursos no están dados, sino que continuamente están creándose de la nada por la acción empresarial del ser humano, resulta claro que el planteamiento ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente lo existente, pasando más bien a concebirse como la manera conforme a la naturaleza humana de fomentar la creatividad.

Por lo tanto, partiendo del caso en que todo ser humano tenga el derecho natural a los frutos de su propia creatividad, no sólo porque, de no ser así, estos frutos no actuarían como incentivo capaz de movilizar la perspicacia empresarial y creativa del ser humano, sino porque además se trata de un principio universal capaz de ser aplicado a todos los seres humanos en todas las circunstancias concebibles, ello hace que desde esta perspectiva el sistema capitalista ahora no sólo es más productivo sino que además es el único moral y éticamente justo.

Envidia, Justicia Social y Extorsión

Naturalmente, la economía de mercado, implicará que algunos tendrán más de lo que sus congéneres creen que éstos merecen, e incluso, muchos más tendrán considerablemente menos de lo que éstos piensan que deberían tener (hecho que deriva en una función para la distribución del ingreso que sigue la forma de una Chi cuadrado o una Lognormal). Sin embargo, las altas ganancias reales de los exitosos, sea este éxito merecido o accidental, son un elemento esencial para orientar los recursos hacia donde puedan realizar una mayor contribución al producto del cual todos extraen su parte. De hecho, han sido las perspectivas de ganancias, las que lo indujeron a hacer una mayor contribución al producto.

En este contexto, no es sorprendente que tantas personas deseen corregir esto a través de un acto autoritario de redistribución. Sin embargo, si los individuos o grupos aceptan como parte del proceso la igualdad ante la ley, es engañoso que invoquen a los poderes coactivos del gobierno contra un determinado grupo para revertir el resultado en su favor. Así, cuando los gobiernos discriminan coactivamente entre los gobernados y comienzan a manipular las señales de precios de mercado con esperanza de beneficiar a grupos que pretendían ser especialmente merecedores, ello deriva en el derrumbe de los resultados de alto crecimiento y prosperidad conseguidos.

A la luz de ello, al investigar sobre la base de los reclamos por justicia social, encontramos que los mismos se apoyan en el descontento que el éxito de un grupo de hombres produce en los menos afortunados, o, para expresarlo de otro modo, directamente, en la envidia. De hecho, la moderna tendencia a complacer tal pasión disfrazándola bajo el respetable ropaje de la justicia social representa una seria amenaza para la libertad. En este sentido, vale la pena recordar que el gran objetivo de la lucha por la libertad ha sido conseguir la igualdad de todos los seres humanos frente a la ley, donde frente a las naturales diferencias entre los seres humanos ello deriva en la desigualdad de resultados.

Por lo tanto, cada intento de nivelar las remuneraciones mediante un sistema de impuestos progresivos y/o confiscación de los resultados frente la existencia de un proceso extorsivo anclado en la lógica de las mayorías (populismo), no sólo redistribuye de modo violento lo que el mercado ha distribuido, sino que implica un trato desigual frente a la ley según el éxito que se haya conseguido en servir a las necesidades del prójimo. Consecuentemente, esto originaría una clase de sociedad que en todos sus rasgos básicos sería opuesta a la sociedad libre, en la cual, la autoridad decidiría lo que el individuo tendría que hacer y cómo hacerlo. En definitiva, no sólo la justicia social es injusta, sino que además conduce a un modelo totalitario, cuyo único resultado alcanzado nunca fue un mayor nivel de bienestar de la sociedad sino lograr la igualdad en la miseria (salvo para aquellos políticos que lideran dicho proceso).

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Revista Infotechnology