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Pecado de soberbia: tras meses en el tobogán, Macri busca achicar los daños autoprovocados

HUGO GRIMALDI Periodista

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Pecado de soberbia: tras meses en el tobogán, Macri busca achicar los daños autoprovocados

Para los cristianos, la mismísima penitencia arranca de un profundo examen de conciencia y de mostrar un real arrepentimiento en relación a las faltas cometidas. Sin embargo, la Iglesia señala que la constricción no lucirá nunca sincera si no está acompañada de un fuerte propósito de enmienda que se plantee como un compromiso para no volver a caer en los mismos errores. Un político le rehuye habitualmente al primero de estos pasos porque estima que se trata de un demérito que lo muestra en un plano de debilidad, ya que supone que le baja mucho su perfil ante la sociedad.

Tras sus últimas acciones, éste no parece ser hoy el caso de Mauricio Macri quien, quizás porque está convencido que ya mucho peor no puede medir en las encuestas de imagen y de gestión. Después de darle alas a la oposición más refractaria y bastante esperanza a quienes creían que no llegaban a competir en 2019, el Presidente pegó el volantazo y se mostró, quizás por primera vez en sus dos años y medio de gobierno, como un verdadero conductor y no como quien, en vez de dirigir una orquesta, hace seguidismo de la opinión pública.

Esta vez, Macri se atrevió a levantar la batuta y a darle entrada a instrumentos que al oído del gran público desafinan desde hace bastante. En un gesto, que ya se verá cuánto dura y apretado por varios flancos, prefirió salvar por esta vez la partitura.

Primero, porque aunque las encuestas decían que era un tema tabú, tuvo el coraje de nombrar públicamente al gran innombrable de la Argentina (el Fondo Monetario) aun a riesgo de agitar la soga en la casa del ahorcado o de que algunos piensen, desde el otro costado, que el organismo volverá a ser el chivo expiatorio de los ajustes. Esta otra palabra maldita también la pronunció el Gobierno para ir desandando el gradualismo, procedimiento elegido como contención de inicio para no comprometer más la vida de millones de personas postergadas desde hace mucho tiempo, estrategia que, de alguna forma, terminó jugándole en contra.

En segundo término, Macri realizó hace un par de días una autocrítica pública muy severa y recién se verá si asumió del todo el problema y si estos pasos de sinceramiento brutal, dados tras seis meses de cometer error tras error (por hacer, por no hacer y muchos de ellos no forzados), resultan ser el arranque de un proceso que lo lleve a transitar el segundo escalón del arrepentimiento, el del compromiso de no volver a cometer aquellos yerros cuando la situación de equilibre y las verdes vuelvan a ser maduras.

¿Cuál es el pecado más claro que se le puede endilgar al Presidente y a su equipo, algo que, por ser tan grave, no debería repetirse? El primero que salta a la vista es el que habitualmente acosa a los políticos que ganan elecciones: el vicio capital de la soberbia. Y como derivados de esta grave falta, al proceso que llevó a la explosión del mercado hay que sumarle varios subproductos de aquellas actitudes que fueron más que notorias durante los últimos meses:

- O cerrarse cada vez más en un círculo estrecho y con mucho palmoteo mutuo en la espalda;

- o creérsela y no escuchar otras voces ni de adentro ni de afuera;

- o recortar el diálogo institucional;

- o hacer la plancha en un montón de temas de extrema necesidad;

- o dejar de lado la coordinación de tareas de un enjambre de ministerios;

- o dejar mal parada la autoridad del Banco Central aplicando evidentes errores de concepto;

- o generar un discurso de optimismo que subestimaba la realidad;

- o comunicar tarde y mal;

- o no prever las consecuencias.

Tras haber chocado de frente contra una realidad que copó todos los vacíos que dejó abiertos este proceder cansino del Gobierno y tras haber provocado una devaluación machaza del peso (29%) desde las últimas elecciones a hoy, Macri tuvo que recalcular de apuro y sosegar el espíritu de improvisación que se había instalado a su alrededor, algo que los críticos más ortodoxos han definido como una estudiantina progre, mientras que los que le pegan por izquierda al Presidente lo atribuyen a la maldad intrínseca de la derecha.

Lo cierto es que el Gobierno quedó encerrado entre varios fuegos y, en esa soberbia que ahora deberá dejar de lado, permitió que la dinámica lo llevara contra las cuerdas y lo pusiera casi al borde del knock out. Al no tomar el toro por las astas, el resultado negativo más evidente se ha dado (y se dará) desde el lado inflacionario, junto a tasas que vuelan y que van a inhibir el nivel de actividad: "Un poco más de inflación y un poco menos de crecimiento", consintió el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne.

Para corroborar el deslizamiento sufrido desde octubre a esta parte sólo hay que releer por completo el discurso que hizo el Presidente unos días después de las elecciones, cuando convocó a todo el espectro político al CCK (todo un gesto esperanzador por entonces) para hablarle de consensos, reformas y respeto por los recursos de todos. "Es ahora o nunca", los arengó y puso sobre la mesa una serie de temas cruciales que comenzaron a discutirse con un primer envión que llegó apenas hasta las Fiestas. En ese paquete hubo una cuestión en particular que comenzó a ser el principio del deterioro de la imagen gubernamental: el cambio en el cálculo de ajuste de las prestaciones sociales.

En el contraste y como segun

do ítem del tobogán, debe repararse en el discurso que Macri hizo ante la Asamblea Legislativa el 1´ de marzo pasado, en el que dijo poco y nada sobre el rumbo económico (lo peor ya pasó), hizo algunos anuncios voluntaristas y de circunstancias y generó algunos otros temas como instalación de agenda. Ese mediodía, el Presidente no habló del dólar, ni de las tarifas, ni tampoco dijo nada de la herencia populista que dejó instalado un sistema económico y cultural que su gobierno tuvo que administrar e intentar cambiar desde que se hizo cargo. Eso sí, aludió a las penas de los accidentes de tránsito y se comprometió a trabajar por la igualdad de sueldos entre hombres y mujeres, puso sobre la mesa el tema de la despenalización del aborto y remató con la instalación del Parque Nacional de Campo de Mayo.

Cuando comenzó a funcionar el Congreso, la oposición tomó nota de todos estos desaguisados que se daban en el Gobierno y, por decantación, entre los diputados y senadores de Cambiemos y comenzó a cebarse. La oportunidad de hacerse notar con ruido se dio con el último aumento tarifario, tema crucial para el bolsillo de la gente, tratado en audiencias públicas en las que no hubo casi asistencia de políticos dispuestos a defender a los ciudadanos.

Entonces, con una unanimidad que antes casi nunca tuvieron, los legisladores del palo peronista planearon y votaron en Diputados retrotraer las tarifas a noviembre y así borraron con el codo lo que muchos votaron con la mano cuando se aprobó el Presupuesto y cuando las provincias firmaron el compromiso fiscal. No hubo siquiera mención al modo en que se podían recuperar los recursos fiscales que se van a perder con la medida. El único propósito pareció ser político: obligar al Presidente a vetar la medida, supuesto que le haría especulan mayor daño a la imagen oficialista.

La sangría de imagen obligó a recalcular y a llegar a esta semana en la que el Banco Central retomó la manija técnica y logró jugar fuerte, acompañado por el área de Finanzas: doble carambola, lo técnico y la cohesión gubernamental sofrenaron la salida de dólares. En este punto, hay que hacerle un cargo también a los comunicadores no especializados, quienes transmitieron la suba del dólar como un partido de fútbol, sin hacer distingos entre lo que es pérdida genuina de reservas o la salida de esos dólares de circunstancias, los que volvieron a manos de su anteriores dueños, ya que vinieron por la tasa y dejaron esas divisas por un rato. Es lo que Federico Sturzenegger, desde lo técnico, ha llamado la hoja de balance, tema que para doña Rosa nadie salió a explicar como un juego de activos y pasivos del BCRA.

En paralelo, los senadores peronistas paraban el tema tarifario por una semana ofreciéndole al Gobierno una salida de consenso que habrá que ver hasta dónde Dujovne puede pilotar, mientras que radicales (Alfredo Cornejo y Gerardo Morales), lilistas (Fernando Sánchez y la propia Elisa Carrió), Emilio Monzó y Rogelio Frigerio volvieron al redil de la toma de decisiones. En tanto, en su arrepentimiento, el Presidente volvió a hablar del Gran Acuerdo Nacional e invitó al tercer hacedor de Cambiemos, Ernesto Sanz, a que se instale en la Casa Rosada.

Quizás para terminar de calmar su conciencia y para encauzar el propósito de enmienda, después de la dura crítica que hicieron los obispos por las turbulencias económicas, sólo faltaría que Macri hable con el Papa, pida una dispensa y reedite la mesa tripartita de diálogo que a Francisco le gusta tanto. Parece mucho.

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