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Un mercado libre para el trabajo

Un mercado libre para el trabajo

En Argentina vivimos tiempos de “reformismo permanente”. Para el presidente Macri, el país “no tiene que tenerle miedo a las reformas” porque “reformarse es crecer, evolucionar, progresar”, genera “entusiasmo, alegría” y va a ayudarnos a vivir mejor y ser más felices.

¿Será para tanto?

No lo sabemos, pero la cuestión es que, indudablemente, la economía argentina necesita reformas. Para ganar crecimiento económico que reduzca la pobreza, hay que hacer cambios de fondo.

La mismísima OCDE, en un informe publicado recientemente, señaló que el país podría ganar varios puntos de crecimiento económico si redujera la presión tributaria, abriera su economía, flexibilizara los mercados de bienes e hiciera lo propio con el mercado laboral.

Ahora cuando se toca este último tema, la resistencia es feroz. Es que suele asumirse que un mercado laboral libre, en el que empleadores y empleados negocian de igual a igual sin restricciones, da lugar a “abusos” por parte de las empresas.

Recientemente, un cronista comentaba que la polémica entre la CGT y el gobierno acerca del borrador de la reforma laboral era que el texto ponía en pie de igualdad a trabajadores y empresas. Esto contradiría la ley de contrato de trabajo, que sostiene que la relación entre empleador y empleado es una de “desiguales”, con “una carga mayor de responsabilidades por parte del empresario y más garantías y derechos a favor del asalariado”.

Lo anterior nos recuerda a la frase del Ministro de Trabajo de Uruguay, que en referencia a la reforma brasileña, sostuvo: “si vale más un acuerdo individual entre un empleado y un patrón que una ley o un convenio, entonces retrocedimos dos o tres siglos”.

¿De qué habla esta gente?

Revolución de las ideas

En el sitio Our World in Data, figuran estadísticas del salario real en Inglaterra desde el año 1750. Entre esa fecha y 1850 (cien años), los salarios en términos reales subieron apenas un 15%. Sin embargo, cincuenta años después, el ingreso real de los británicos se había incrementado 49%. Es decir, tres veces más, ¡pero en la mitad de tiempo!

Este incremento real, que siguió acelerándose a partir de entonces, no fue producto de la legislación laboral, los decretos gubernamentales ni la presión de los sindicatos para defender los “derechos del trabajador”. Por el contrario, fue resultado del comienzo de la revolución industrial que, lejos de ser una meramente tecnológica, fue una revolución de las ideas.

Estas ideas fueron las de los límites al poder político y el respeto por los derechos de propiedad. Cuando el gobierno es limitado y “lo tuyo es tuyo”, se fomenta la inversión y la innovación de los empresarios, que aumentan la producción y la demanda de trabajadores, acrecentando sus ingresos reales.

Otro dato que vale la pena subrayar es que, en el mundo, los países que tienen mayor libertad en su mercado laboral tienen menos desempleo. Por otro lado, a menores rigideces, más rápidamente encuentran trabajo quienes lo pierden.

Este no es un tema menor, ya que le da más libertad al trabajador. Si no le gusta su empresa, con un mercado laboral flexible, puede tranquilamente optar por ir a otra.

Legislación a contramano

Ahora la legislación laboral argentina va totalmente a contramano. Cobra excesivos impuestos al trabajo, impone elevados salarios mínimos, exige caras indemnizaciones, da excesivo poder a los sindicatos y fomenta la industria del juicio, donde siempre se falla a favor del empleado.

Este esquema normativo, si bien puede parecerle fenomenal a los sindicatos y a los teóricos de la izquierda, es un claro desincentivo a producir y contratar “en blanco”. A esto responde, en parte, el nivel de empleo en negro y los bajos salarios que tenemos.

En su “reformismo permanente”, el gobierno impulsa una reforma laboral que suavice puntualmente algunos de estos escollos. No obstante, la teoría y la práctica nos muestran que la verdadera solución a los problemas es el establecimiento de un mercado libre para el trabajo.

Una reforma así de ambiciosa, que elimine todo tipo de obstáculo en la negociación laboral, solo puede redundar en mejores salarios y mayor empleo.

Pero con este gobierno y esta oposición, esta alternativa ni siquiera será estudiada. Tendremos, entonces, que conformarnos con lo que salga de lo que envíen al congreso.

Probablemente sea un paso en la buena dirección, pero muy lejos de lo que verdaderamente necesitamos.