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Educación de calidad: un compromiso ineludible

Actualmente en todos los foros de discusión sobre desarrollo y equidad de Latinoamérica se está haciendo foco en la necesidad de asegurar la calidad de la educación, especialmente en la primaria y secundaria. Tanto nuestro gobierno como todos los partidos políticos coinciden con esta premisa. En este sentido, es encomiable el esfuerzo del gobierno actual que ha logrado que la inversión en educación haya superado el 6,4% del PIB.
Sin embargo, cuando se pregunta qué es calidad en educación, empiezan a surgir divergencias e incluso en algunos casos desconcierto. El término calidad proviene de otras esferas sociales, vinculadas al mercado y la producción. Cuando se habla de calidad educativa no todos los actores piensan exactamente en lo mismo. Algunos se centran en el resultado de los aprendizajes, otros en la cobertura del sistema educativo y la equidad en el acceso, otros en las posiciones en rankings internacionales e incluso otros no tienen claro cómo definirla.
Evidentemente, en el escenario global actual, una educación de calidad juega un rol clave en el desarrollo, equidad y bienestar de nuestras naciones latinoamericanas. También está a la vista que aún tenemos mucho por mejorar en este aspecto. Varios países de la región lo han comprendido y en ellos se han generado diversos movimientos de la sociedad civil que tienden a trabajar por la mejora de la educación a través de la colaboración con sus gobiernos y el seguimiento del cumplimiento de las políticas públicas al respecto. En esta línea se encuentran distintas iniciativas ciudadanas, como las pioneras Mexicanos Primero fundada en 2004 o Empresarios por la Educación de Colombia iniciada en 2002, el movimiento Todos por la Educación surgido en 2006 en Brasil y la Fundación 2020 que el año pasado se lanzó en Chile, entre otras iniciativas similares de la región.
¿Pero qué debe entenderse por una educación de calidad? Sencillamente es “hacer las cosas bien”. Esto supone necesariamente exigencia a los alumnos y a los docentes, disciplina, cumplir con los días y cantidad de horas de clase estipulados.
Una educación de calidad implica profesores sólidamente formados (es necesario elegir a los mejores) y bien remunerados. También requiere contar con el imprescindible compromiso de los gremios y sindicatos de la educación, incorporar tecnología a los procesos de enseñanza–aprendizaje capacitando a los maestros y acercando a los educandos –especialmente a los de menos recursos– al uso y conocimiento de las nuevas tecnologías, brindar contención a los alumnos que más lo necesitan, actualizar los contenidos curriculares y a los docentes que deben dictarlos, someterse a evaluaciones externas que permitan realizar diagnósticos útiles para diseñar luego planes de mejora, y conocer y adaptar al propio contexto las mejores prácticas internacionales.
No es casual que los países del sudeste asiático estén logrando grandes avances en materia educativa: tenemos mucho que aprender de ellos y de otras naciones como Finlandia, en las cuales la figura del maestro es altamente valorada socialmente, entre otras razones, porque el acceso a esta profesión es realmente meritocrático. En la Argentina tenemos que lograr que ser docente vuelva a ser un orgullo y símbolo de status social. Tanto Finlandia como varios países asiáticos nos muestran hoy cuál es el camino a seguir para alcanzar esta meta.
Por supuesto, la calidad en educación también implica desarrollar un sistema que pueda aprender de sí mismo y corregir errores, evitando estructuras excesivamente burocráticas, el aislamiento del entorno y la resistencia al cambio. Para ello es necesario contar con información transparente acerca de los resultados de los aprendizajes de los alumnos que permita elaborar diagnósticos acertados e implementar programas efectivos de mejora. Esto es justamente lo que se ha hecho en los países latinoamericanos antes mencionados, que han logrado avances significativos en los exámenes internacionales de aprendizajes de los alumnos de educación primaria y media en la última década (aunque aún tienen mucho por mejorar).
Todos los factores enumerados previamente son esenciales para lograr una educación de calidad. Simplemente se trata de “hacer las cosas bien”, tarea nada fácil pero posible si se trabaja con empeño, pasión y una verdadera participación ciudadana.

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