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LUNES 17/12/2018
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Un verdadero “huracán a favor”

Los aumentos en los precios de la materias primas generaron -a lo largo del 2010- un verdadero “huracán económico a favor” para los países productores y exportadores. Una suerte de maná, esto es de manjar milagroso, como el que fuera enviado por Dios -nos dice la Biblia- a modo de escarcha gratuita e inesperada para alimentar al pueblo de Israel en el desierto. Tan fuerte, que ha sido prácticamente imposible desaprovecharlo o no beneficiarse de él.
Esa realidad y no el presunto “modelo productivo” tan declamado es lo que nos ha favorecido inmensamente y nos sigue favoreciendo pese a que hemos hecho lo imposible para minimizar y desperdiciar sus efectos. Las cifras que siguen hablan por sí solas.
El precio internacional del maíz subió, el año pasado, nada menos que un 51,8%. Los del trigo, un fuerte 46,7%. Los del “yuyo” (la soja) un robusto 34,1%. Los del algodón llegaron a los niveles más altos del último siglo. Los del café subieron un imponente 76,9%. Los del azúcar, 19,2%. Y el 2011 no luce ciertamente muy distinto.
Atribuir esto a la “inteligencia” superior de nuestra conducción económica es simplemente infantil. Estamos frente a un inocultable “huracán a favor”. Un regalo que nos llega desde un mundo que crece vertiginosamente en Asia y que -desde allí- demanda más y mejores alimentos. Una situación nueva, tan fuerte que ha hecho que el proteccionismo alimentario europeo, norteamericano, japonés y surcoreano, que tanto nos dañaran en las décadas anteriores hoy no hagan mayormente mella. Como cambio estructural favorable, esto es notable.
Algo similar ocurre con los precios de los minerales. El precio internacional del oro subió un 29,8%. El 2010 fue su mejor año, en toda la historia. El del platino trepó un 21,5%. El del paladio, usado en la fabricación de combustibles para automóviles, un sorprendente 97,3%. El de la plata, un 83,8%. Y el precio del cobre un 33,4%.
Más maná, entonces. Una lluvia tan fuerte como insistente, que se alimenta con la pobreza que los asiáticos están eliminando masivamente. China e India, al triunfar ambos en el difícil juego de la globalización, permitiendo que más de 2 mil millones de almas escapen de la miseria y se incorporen -con nuevos niveles de ingresos- a la demanda alimentaria sostenida del mundo. Los temores de inflación, que aparecen hasta en la propia China, no han hecho más que fortalecer la tendencia.
Los precios de la energía no se han sustraído a este fenómeno universal. Los del barril del crudo treparon, en promedio, durante el año pasado, un preocupante 15,2% que, por su impacto, podría afectar la lenta recuperación del mundo industrializado que pugna dificultosamente por tratar de dejar atrás la crisis del 2008, con suerte variada. A menos que, desde la OPEP, se aumente la oferta.
Los precios del gas natural han sido una suerte de excepción que confirma la regla, desde que no aumentaron sino que cayeron un 20,9% en el año. La razón, en este caso, es la abundancia de gas natural generada por las nuevas técnicas de extracción del fluido a partir de sus presencia en las capas de rocas denominadas “shale”.
Ese es el milagro que nos benefició. No otro. Y nos viene ciertamente “de arriba”, queda visto. A nosotros y todos a los demás que venden al mundo lo mismo que nosotros.
Brasil, Paraguay (el país de América del Sur que más creció el año pasado, con una tasa de más del 14%) y Uruguay aprovecharon al máximo el referido “viento huracanado a favor”. Nosotros, en cambio, nos aprovechamos de los productores. Los ordeñamos. Lo que es muy distinto. Y por eso perdimos mercados, presencia y peso relativos. Ya Brasil es, orgulloso, lo que antes fuéramos nosotros: el “granero del mundo”. Mal que nos pese.

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