Si hay una cuestión que prueba que el crecimiento económico no es necesariamente desarrollo es la situación de los trenes en la Argentina. En una década de fuertes ingresos hacia el Estado, el Gobierno no pudo hacer del sistema ferroviario un transporte adecuado, ni confiable ni seguro. Lo intentó mediante subsidios a concesionarias privadas y, desde la tragedia del Sarmiento que dejó 52 muertos, lo intenta con una mayor participación estatal. Pero los 35 heridos del accidente de ayer en la línea Retiro-Tigre del San Martín revelan que la realidad es mucho más dura que los anuncios de inversiones sin demasiado sustento.


Es extraño que el kirchnerismo cometa este tipo de errores y, sobre todo, porque le pegan en su base de flotación electoral: las clases medias y bajas que sufren día a día las condiciones pésimas de los trenes; sus horarios indescifrables y la agresión delictiva en muchas de sus estaciones.


El Estado omnipresente de la era K tiene múltiples ramificaciones. Hay seguridad para pocos; hay subsidios para muchos y hay fútbol para todos. Es injusto para los ciudadanos que, en todos estos años, nunca se hayan podido destinar el dinero, la energía y la eficacia suficientes para conseguir aquel eslabón perdido de los trenes para todos.