Análisis

Teletrabajo día 1: ¿todo pérdida para las empresas?

El 1° de abril entró en vigencia la ley 27.555 que regula el teletrabajo en Argentina tras varios meses de debate, rechazos empresariales, reclamos sindicales y bienvenida de los trabajadores. Nuevos derechos y obligaciones generarán adaptaciones, fricciones e impacto en la economía nacional. ¿Es todo pérdida para las empresas o pueden sacar provecho? Y en ese caso, ¿qué pueden ganar?, ¿ante quién? Veamos.

La tendencia global del trabajo a distancia no es nueva y hace años que se prospecta y mide su implementación en foros, encuentros empresariales y organizaciones internacionales como la OIT, la Comisión Europea y el BID, entre otros. Producto de los cambios tecnológicos y centro neurálgico de la economía del conocimiento, el teletrabajo es una realidad instalada en muchas industrias (las más nuevas) y en no pocos países del primer mundo; pero incluso en Argentina es una modalidad extendida que maximizó su visibilidad, pandemia mediante. En cuestión de semanas, las empresas tuvieron que adaptarse, con los costos que eso acarreó. Del trabajo del futuro a cómo hacemos para adaptarnos hoy, sin escalas.

La baja satisfacción por la regulación entre compañías alcanzó casi el 60% en Argentina, según estudios realizados por PwC en agosto de 2020 cuando se aprobó la ley en el Congreso. La siguiente batalla fue por la regulación del Ejecutivo Nacional, publicada en el BORA vía decreto 27/2021. La reversibilidad, prestaciones transnacionales, requisitos de registración ante autoridades nacionales, jornada laboral, control a empleados, compensación de gastos; son sólo algunos de los puntos cruciales que hacen pensar en más dinero que deberán destinar las compañías, en un contexto complicado para la economía nacional y sus rendimientos.

Esto es tan cierto como que menos del 10% de las compañías señala que no seguirán con el teletrabajo una vez finalizada la emergencia sanitaria de la pandemia. Ergo, algo deben hacer para obtener retorno de la inversión, más allá de cumplir con las normas.

Hay algunos debates que tarde o temprano saldrán a la luz, como por ejemplo: ¿se pagará igual salario/sueldo por homeoffice que por trabajo presencial?, ¿cómo se medirá el presentismo?, ¿qué sucede con las ART?, ¿y con la representación sindical? ¿Favorecerá el teletrabajo oligopolios o monopolios de actividades, como sucede con Google entre buscadores web? Son muchas las incógnitas y pocas las predicciones certeras que podemos hacer hoy. Pero hay una cosa que sí es clara: quien no se adapte rápido y aproveche la situación, quedará en desventaja frente a sus competidores. Ahora, ¿cómo sacar provecho de una situación forzada por la pandemia, no autoregulada por las compañías ni presupuestada previamente? La respuesta es: a través de una buena gestión de asuntos públicos que ponga en valor la transformación ante sus públicos clave, clientes incluidos.

Si los gastos en los que incurrirán las compañías no son eludibles, lo que deben hacer -al menos- es intentar recuperar lo mayor posible o hasta convertirse en los líderes de las nacientes categorías que surgen a partir de los cambios que impone la nueva realidad. La historia de los mercados e industrias está llena de ejemplos de transformación, cuyos líderes han crecido al punto de crear nuevas categorías o de rebalancear mercados: Netflix vs Blockbuster; cámaras digitales vs Kodak; energías limpias vs contaminantes; economías de plataforma-proximidad vs economías a gran escala; etc.

Terminado el reinado de Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Luxemburgo (Eurostats 2018), como países con mayor porcentaje mundial de ocupados en teletrabajo pre-covid19; la adaptación es inexorable. El cambio es ahora y cuenta con la vista buena de los trabajadores que, cuando son bien asistidos, se convierten rápidamente en difusores de qué tan great place to work es donde trabajan; también de los accionistas e incluso de inversores, siempre con expectativas de altos retornos respecto a sus activos. No es sólo una cuestión de los reguladores y controladores, a quienes -por cierto- también habrá que rendirles cuentas.

Al ser y parecer, las compañías deben agregarle el contar para poner en valor las mejoras productivas de la transformación que están llevando a cabo. Más que como un ajuste regulatorio, deben enfrentarlo como una adaptación al futuro; forzada, es cierto, pero ante lo inevitable, deben revisar cada modificación en su sistema productivo para generar micro-narrativas y dar la mejor muestra de adaptación posible.

La pandemia nos acompañará un tiempo más y los estresados costos laborales y organizacionales tienen que enfrentarse con inversiones creativas y mientras los cambios están comenzando. Nadie es felicitado por llegar segundo. La revisión de los esquemas laborales es la única puerta al mundo que viene, que ya dejó tras el picaporte a las sociedades industriales del siglo XX, que poco más pueden aportar en momentos de pandemia y aceleración tecnológica.

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