Sin inversión, no hay dólares: solo crece el déficit, la inflación y la pobreza

El calendario corre y la situación se torna más crítica. La Argentina atraviesa la parte final de un año en el que quedó claramente expuesta la gravedad y la profundidad de sus problemas económicos. Hoy, a la espera de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que despeje las nubes del panorama financiero para los próximos años, el Gobierno atraviesa la tormenta perfecta que implica la apelación a la emisión y el endeudamiento como el bote de emergencia para mantener al país a flote. Pero sobre todo, la falta de inversión extranjera directa (IED) que garantice un futuro más allá del rebote técnico que pueda generar la contención del frente cambiario.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe advirtió ayer que, tras la caída de 7,8% interanual que sufrió la región el año pasado, la IED se derrumbó otro 45% a 55% este año afectada por la pandemia de coronavirus pero también por las condiciones que se ofrecen para atraer esos flujos de dinero. Y para el próximo, le sumará una caída adicional de un 5% a 10%, lo que retrotrae el escenario al vivido allá por 2005. Con un agravante, para la Argentina ese resultado fue y puede ser aún más negativo. Por caso, ya en 2019 se desplomó casi 50%, el quinto peor registro detrás de Bolivia, Surinam y Antigua y Barbuda y Haití. Y tanto la inestabilidad cambiaria como el incremento de la presión tributaria alejan la posibilidad de recomponer esos números.

Hoy, el país tiene una balanza comercial superavitaria, pero el ingreso de dólares termina siendo negativo al observar el canal financiero, como lo refleja la pérdida de u$s 7000 millones de reservas brutas y más de u$s 10.000 millones de las netas. Sin dólares, crece la emisión para financiar el gasto, aumenta el déficit fiscal, se devalúa la moneda y se dispara la brecha cambiaria, lo que a su vez aumenta la inflación, con las consecuencias socioeconómicas que ello depara.

Por ello, cuanto más se dañe la inversión, sobre todo en tiempos en que todos los países la necesitan, más se compromete la recuperación. La Argentina ostenta hoy la segunda presión impositiva más alta sobre las utilidades de las empresas y suma cerca de 170 tributos.

Si se pretende abandonar el escenario de estanflación será necesario establecer cuál es la mejor forma de alcanzar el crecimiento sostenido. La receta conocida de la mayor presión fiscal para obtener recursos fue aplicada por todos los gobiernos y en todos los niveles, tanto nacional, como provincial y municipal. Pero el deterioro que exhibe el país es un clara muestra de que no ha dado resultado. Incentivar la llegada de capitales que permitan la creación de empresas y empleo, con reglas justas que garanticen el buen funcionamiento y contribuyan al desarrollo social, es un camino posible para pensar realmente en salir de pozo y sacar argentinos de la pobreza.

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