

En el mundo corporativo, mucho se habla de innovación, escucha activa, trabajo interdisciplinario y gestión del cambio. En medicina, todo eso ocurre a la vez, pero en un contexto tan delicado como el cuidado de las personas. Ese cuidado transforma el liderazgo en algo más profundo que la mera administración de recursos: lo convierte en un compromiso permanente con el equipo, con el paciente y con el futuro. Cada día, cuando camino por los pasillos del Hospital, vuelvo a una certeza: liderar no es un rol, es una responsabilidad humana que, en esencia, se sostiene en tres verbos: cambiar, aprender y maravillarse.
Cambiar, porque muchas veces se imagina al líder como alguien que administra lo que existe, pero liderar implica conducir a un equipo hacia un lugar que aún está por construirse. A veces ese destino es claro —un servicio que se expande, una técnica que se incorpora— y otras veces hay que crearlo mientras avanzamos. Trabajar en salud significa convivir con cambios constantes: científicos, tecnológicos, culturales, generacionales. El desafío es que esos cambios no se traduzcan solo en movimiento, sino en sentido. Requiere diálogo, claridad de propósito y una forma de trabajar que una a profesionales distintos en torno a una meta compartida.
Aprender, porque si algo distingue al liderazgo en medicina es la formación continua. Cada año surgen nuevas publicaciones, tecnologías, investigaciones y procedimientos; la actualización clínica no es un esfuerzo extra: es parte estructural del trabajo. Mientras hoy muchos sectores hablan de upskilling y reskilling, en medicina esa cultura está incorporada desde hace décadas.
Pero el aprendizaje no se limita al conocimiento médico. Liderar también implica incorporar herramientas de gestión, comprender procesos y acompañar decisiones que permitan brindar una medicina de calidad y eficiente. Además, el perfil del paciente cambió: muchas personas llegan a la consulta con información relevante. Ese diálogo es una oportunidad que obliga a explicar mejor, a fundamentar con claridad, a construir entendimiento. Escuchar es parte del aprendizaje.
Maravillarse, porque hay un aspecto del liderazgo médico que rara vez se menciona, pero resulta decisivo: la capacidad de asombro. Puede sonar emocional, pero es profundamente técnica. La curiosidad disciplinada abre nuevas preguntas, impulsa la innovación y mantiene viva la motivación del equipo. Es la energía que lleva a formarse, volver y elevar el estándar de atención. Cuando un líder se maravilla frente al progreso, habilita aprendizaje; cuando pierde esa capacidad, el conocimiento se estanca. No es un rasgo accesorio: es una fuente real de futuro.

No es casual que el liderazgo del futuro —y de las organizaciones que hoy crecen— sea menos vertical y más comunitario. Ese es el espíritu de los hospitales universitarios, como el Hospital Universitario Austral: liderar formando líderes, no acumulando jerarquías. Este modo de conducir —hoy llamado liderazgo transformacional— no impone direcciones: las construye. Saca lo mejor de cada persona, forma equipos con sentido, escucha y aprende en conjunto. Es un liderazgo relacional, vivo, que transforma a todos, incluso a quien lidera.
Por eso, cuando pienso en el liderazgo en medicina, no pienso en cargos ni organigramas. Pienso en cambiar, aprender y maravillarse. Cambiar para avanzar. Aprender para sostener. Maravillarse para crecer. Esa combinación —humana, técnica y colectiva— es la que permite que un hospital evolucione, innove, se proyecte y mantenga siempre vivo su propósito. En lo personal, liderar en medicina es creer que mañana podemos ser mejores que hoy. Y trabajar cada día para que así sea.





