

Condición necesaria pero no suficiente, los aportes y numerosos impulsos que la política pública ha generado en pos de combatir el déficit habitacional han quedado todavía muy lejos del objetivo que cualquier Estado podría albergar: que todos aquellos que forman parte de la sociedad tengan un techo digno para vivir. A priori, es necesario subrayar que la iniciativa privada se encuentra, incluso, aún más lejos.
De todas formas, todo proyecto o programa que empuje aún más el acceso de las familias a la casa propia merece destacarse, en medio de un contexto donde no abunda el financiamiento a largo plazo. En este pequeño universo, tanto las líneas que ofrece la banca pública y que representan el 70% del mercado como el crédito de las entidades privadas, ha resultado indispensable para que un nutrido grupo de familias llegue al techo propio, beneficiándose con los distintos de viviendas. El plan Procrear, por ejemplo, el más significativo en número de los últimos años, también resultará clave para reactivar la alicaída oferta de hipotecarios, lo que derivará en un aumento significativo del stock crediticio (siempre comparando con los escasos niveles existentes). De todas formas, sería erróneo pensar y, por ende, enunciar, que los programas de este Gobierno y de cualquier gobierno pueden absorber el déficit habitacional que sufre una parte de los argentinos: ningún Estado, sea éste nacional, provincial o municipal, puede, por sí solo, financiar tamaño desafío, en ningún país del planeta. Se necesita de una fuerte combinación del ahorro público y privado canalizado a través del sistema bancario o del mercado de capitales para hacer esto posible y, lo que es más importante, sustentable.
Las experiencias recientes muestran que un sistema bancario y un mercado de capitales apuntado a la economía real, junto a un clima de negocios adecuado para ello, permitieron a países de la región aumentar sus tasas de préstamos. En Panamá la participación de los créditos hipotecarios en el producto bruto interno (PBI) es del 21%; y en Chile este tipo de préstamos representa el 17% del PBI. Lo sigue Perú, con el 4, 4% y Brasil con el 4,1%. En la Argentina esa cifra se reduce a tan sólo 1,3%. Según el BCRA, desde 2003 los préstamos destinados al consumo multiplicaron su participación; esos valores representan hoy valores cercanos al 40% de la cartera total de créditos, mientras que aquellos que financian la adquisición o construcción de viviendas participan sólo del 10%. Por otro lado, la consultora Reporte Económico estima que el crecimiento de este tipo de créditos para 2012 estará por debajo del 5%, representando menos de u$s 7.000 millones y significando un promedio mensual menor a los u$s 600 millones.
La perenne desconfianza en el sistema financiero local profesada por el público con posibilidad de ahorro y heredada de la crisis de principios de la década ha debilitado el sistema de la financiación a largo plazo. En rigor, así como existen productos considerados de lujo para los argentinos, el dinero a largo plazo es precisamente esto, un activo escaso con un precio elevado. A la vez, el escepticismo en la moneda local, sumado al cortoplacismo de los depósitos y la inflación, conforman un cóctel poco propicio para que el mercado de los capitales genere ahorro que pueda ser canalizado a quienes lo necesitan.









