Zoom Editorial

Los gestos sirven, pero el orden en el que se hacen afecta el resultado

No hay peor gestión que la que no se hace. Este proverbio suele estar presente en muchas profesiones y actividades, pero no tanto en la política. En ese mundo, lamentablemente, pesan más todos aquellos factores que hacen a la gestualidad del poder, como ser devolver cada golpe con otro golpe y contar las cicatrices recibidas y generadas como si fueran medallas.

La sociedad, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva, suele priorizar los enfoques resultadistas. No se fija tanto en el cómo, sino en el qué. Por eso se molesta cuando los políticos le dedican más tiempo a enfrentarse con sus rivales que a lograr las políticas que todos esperan. El objetivo es bastante claro: todos quieren un sendero de progreso y desarrollo, en el que el crecimiento suba y la pobreza baje.

En las últimos días, la urgencia por avanzar hacia un acuerdo con el FMI sirvió para ordenar las prioridades oficiales pero no alcanzó para despejar del todo los conflictos. Desde que el Gobierno se quedó sin Presupuesto 2022 y con la negociación trabada por la dificultad de consensuar metas con los técnicos del Fondo, eligió armar una nueva hora de ruta. Ya no habría Plan Plurianual para discutir de manera previa en el Congreso, sino reuniones que tradujeran respaldos, aunque sea simbólicos, frente a Washington.

La Casa Rosada imaginó, para ese fin, una foto con todos los gobernadores, oficialistas y opositores, a la que sumaría a dirigentes empresarios y sindicales. Quería tener una postal similar a cuando presentó la oferta a los bonistas para reestructurar la deuda (ocasión que marcó la primer aparición pública relevante de la vicepresidenta Cristina Kirchner). La oposición eludió el convite, cansada de que el acuerdo de Macri con el Fondo siga siendo el argumento preferido de Alberto Fernández para justificar parte de sus problemas económicos.

Los disparos entre ambas trincheras siguieron como si nada. Pero al final del día, el acuerdo con el FMI, convertido hoy en el punto focal de la gestión, seguía estancado en el mismo lugar. Por eso Alberto Fernández levantó el teléfono y volvió a parar las fichas del dominó. La diferencia es que esta vez la intención era que quedaran de pie, no voltearlas.

Hoy Martín Guzmán tendrá la foto del apoyo simbólico, pero sin el brillo con el que fue imaginada. Los gobernadores opositores enviarán a un representante (menos Horacio Rodríguez Larreta), con el compromiso de tener una charla propia la semana que viene. Todo esto se podría haber hablado, discutido, negociado y convenido, sin los clásicos fuegos artificiales de la política. Pero en esta administración, esa gestión es la que nadie busca. El consenso vale cuando es el fruto del diálogo. Si llega después de algunos botellazos, será bienvenido. Pero a no engañarse: todos saben que en esa mesa las palabras valen menos.

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