OPINIÓN

Las tres limitaciones para una salida de la crisis

Sin duda una pregunta gira en el ambiente: ¿Cómo puede revertir Argentina los 10 años de estancamiento? Especialmente porque los desequilibrios que enfrenta la economía son enormes y no se vislumbra un plan que estimule el crecimiento en lo inmediato.

No es la primera vez que el país está ante un panorama oscuro, ya pasó a fines de los 80' cuando se venía de una década perdida que culminó con la terrible hiperinflación. También el panorama era desolador en la crisis del 2001, y parecía que no había salida. En ambos casos las crisis fueron seguidas por una década de crecimiento, tal vez porque la magnitud de la caída y lo explosivo de la crisis permitió tomar medidas que de otra manera hubieran sido inviables políticamente.

El binomio Menem-Cavallo sacó al país con la convertibilidad que logró la estabilidad de precios (una receta sacada de la fórmula para frenar hiperinflaciones) y equilibró las cuentas fiscales. A esto se le sumaron reformas estructurales incluyendo la eliminación de regulaciones obsoletas, las privatizaciones que crearon oportunidades de inversión, de mejorar la productividad al tiempo que generaron muchos dólares para aumentar las reservas, todo esto acompañado por una fuerte entrada de capitales que financió gran parte de la expansión. Entre 1991 y 1998, la economía creció a tasas similares que en la década siguiente.

Desafortunadamente, la década terminó mal, y la combinación de déficit fiscal, rigidez cambiaria y salida de capitales en un contexto internacional que se volvió desfavorable llevó a la crisis del 2001, que sin duda fue la peor de la historia, comparable con la gran depresión de los años 30'.

Luego vino un segundo ciclo de crecimiento. La crisis del 2001 conllevó un fuerte ajuste en los fundamental que generaron condiciones iniciales que son difíciles de replicar, y que fueron claves para impulsar el crecimiento que siguió. La estabilidad de precios de los noventa permitió que la fuerte devaluación del 2002 (el tipo de cambio subió de 1 a 3,50) no llevara a un renacer de la inflación (los precios sólo subieron 40% en el 2002, y 3% en el 2003), la devaluación licuó gasto público y generó un superávit primario que llegó al 5% del PBI en 2005, mientras que la devaluación y la caída de actividad resultaron en un fenomenal superávit externo de 3% del PBI en promedio. El tipo de cambio super alto fue clave no sólo para el boom de exportaciones, si no que le dio un impulso importante a las economías regionales y a la construcción, a lo que se le sumó más adelante el super ciclo de los precios de las commodities y el fuerte crecimiento que disfrutó toda América Latina gracias al crecimiento en China.

En ese caso la expansión vino impulsado por aumentos en el gasto público dado que había espacio para hacerlo y por una política monetaria expansiva que estimuló la economía sin generar inflación combinado con un tipo de cambio super alto. Era el escenario soñado para cualquier keynesiano.

La crisis actual no se percibe como la de los 80' o la del 2001 porque en la Argentina el riesgo se mide por lo que pasa con los precios y el tipo de cambio, que está vez están bajo mucha presión, pero no explotaron, lo que paradójicamente complica generar los consensos que se necesitan para superarla. Pero el nivel de desesperanza luego de una década de estancamiento, en el que la pobreza supera el 42% de la población, genera una presión para revertir la crisis que es similar a las otras dos.

Las condiciones iniciales dejan muy poco margen para la política económica y parece mucho más lejana la luz al final del túnel. No hay margen para políticas keynesianas expansivas, porque el déficit fiscal y el gasto público ya son muy altos. Tampoco hay espacio para una política monetaria expansiva porque la inflación ya es de 50% anual, y además está amenazada por un tipo de cambio que está atrasado considerando que el Banco Central no tiene reservas y que no hay acceso al crédito privado ni a fondos frescos del FMI. Tampoco pueden entrar dólares por privatizaciones (donde hay muy poco para hacer), ni parece que el escenario internacional pueda mejorar lo suficiente para hacer una diferencia.

Mientras tanto surgen muchas preguntas ¿Cómo hacer para retomar el crecimiento y terminar con la pobreza cuando no hay margen para implementar políticas de estímulo? ¿Cómo bajar la inflación en un entorno en el que hay que emitir pesos para financiar el Tesoro y además hay que comprar dólares y engrosar las reservas, pero al mismo tiempo hay que corregir el tipo de cambio y las tarifas? ¿Cómo bajar el déficit fiscal cuando los impuestos que ya son asfixiantes y el gasto público representa el 40% del PBI (casi el doble respecto de dos décadas atrás), donde más de la mitad son jubilaciones y sueldos que ya se vienen licuando? ¿Cómo reducir la brecha y eliminar el cepo cambiario sin devaluar, sin subir tasas de interés y sin poder intervenir en los mercados paralelos?

Como verá el lector, los desafíos son muchos y los recursos muy pocos. La salida de esta crisis enfrenta tres limitaciones claras. Primero, no se percibe que haya fuentes externas para financiar el crecimiento debido al elevado riesgo país que frena al sector privado y a que hemos agotado el financiamiento de bancos multilaterales y el FMI. Segundo, que los altos niveles de pobreza limitan la implementación de políticas económicas; y tercero, que la inflación y el alto gasto público limitan la posibilidad de utilizar políticas de estímulo.

Pero siempre hay una salida. No va a ser fácil, pero se puede lograr si se despierta el espíritu inversor de los argentinos, lo que Keynes llamaba los animal spirits. Habrá que pensar en medidas innovadoras, especialmente aquellas que favorezcan el empleo privado, con regímenes más flexibles y menor carga tributaria, que estimulen nuevas inversiones y que promuevan exportaciones. Se necesitan políticas de Estado que den previsibilidad impositiva, cambiaria, fiscal y en el pago de la deuda. Si se genera confianza el país va a crecer.

Tags relacionados

Comentarios

  • EEK

    Eduardo Elías Kleiner

    31/07/21

    R10- A medida que vaya avanzando el proyecto de traslado de la Capital Federal hacia el lugar seleccionado, los sucesivos Gobiernos Nacionales y Provinciales no sólo deberían alentar las inversiones privadas, sino además favorecer SELECTIVAMENTE la emigración interna de la gente más valiosa y con ganas de trabajar desde otros puntos del país. También para alentar la inmigración desde otros países, la cancillería argentina debería ir divulgando este plan internacionalmente y revivir así la vieja idea de poblar para avanzar.

    0
    0
    Responder
  • EEK

    Eduardo Elías Kleiner

    31/07/21

    R 9- (ver R7 & R8 en https://www.cronista.com/economia-politica/en-20-anos-se-multiplico-por-10-la-cantidad-de-personas-que-reciben-planes-sociales/) Supongamos que ya tenemos aprobado el traslado de la Capital Federal a Viedma, Córdoba o cualquier otro lugar que un anteproyecto maestro eligió como el más conveniente. Arranca entonces la etapa de llamados a licitación y control de gastos según el grado de avance de la construcción y LA EFECTIVA DESCENTRALIZACIÓN DE FUNCIONES GUBERNAMENTALES . Para un proyecto de esta envergadura debiéramos constituir un ORGANISMO de NOTABLES formado por persona probas de cada especialidad (ingenieros, arquitectos, médicos, contadores, etc. etc.que asegure en todos los aspectos (tecnoeconómicos, sociológicos, contables, legales, etc,) una toma de decisiones éticas, transparentes, sin favoritismo o corrupción, ya sea pública o privada. Sabemos que en todos los países del mundo, siempre o alguna vez, hubieron conductas impropias en mayor o menor grado. No debiéramos por supuesto caer nunca a los niveles que existieron por ejemplo después del desmembramiento de la Unión Soviética, donde los primeros emprendimientos de empresas privadas en Rusia pasaron a manos de los ex jerarcas del partido comunista .

    0
    0
    Responder