Las oportunidades de un gobierno de coalición

Con un empeño digno de mejor causa, muchos de los balances del primer año de la administración Fernández parecen obstinados en encuadrarlo en alguna de las tipologías convencionales de la política comparada. "¿Semipresidencialismo"?, ¿"semiparlamentarismo"?

Un agudo cronista incluso se ha aventurado a saludar el nacimiento de una suerte de "democracia en ambos sentidos de carácter agonal", aludiendo a la compleja combinación de lógicas divergentes entre los fragmentos de poder que lo componen.

Detrás de estos intentos late el propósito comprensible de encontrar alguna clave de comprensión que permita una manera de interpretar la dinámica interna de un gobierno que, después de su primer año de gestión, continúa proyectando inseguridades e incógnitas de muy difícil resolución. Por un lado, parece lejos de controlar los escenarios que desde un principio eligió para demostrar sus mejores recursos y capacidades.

Sin embargo, tanto la política sanitaria como la gestión de la emergencia social y económica defraudan cualquier expectativa. Un cóctel explosivo de pobreza, indigencia y barreras al acceso a bienes y servicios esenciales castiga a más de la mitad de la población, con muy pocas perspectivas de recuperación de la alicaída iniciativa gubernamental.

Pero por otro lado es indiscutible que es la primera vez en 37 años de democracia que el país llega a la segunda semana de diciembre sin el temor cierto a un estallido social, a un rebrote hiperinflacionario o a un colapso de los mercados financieros y cambiarios. La mayor parte de los conflictos giran en torno a discusiones estructurales y se sustancian virtualmente en el parlamento, las redes sociales o hasta la Corte Suprema de Justicia. Nada parecería más lejos de la percepción publica que la posibilidad de una regresión a ese estado de naturaleza al que el país suele retornar todos los fines de año.

Las mayores demandas giran en torno a un interrogante recurrente en analistas, inversores y comunicadores sociales, "¿quién manda aquí?".

La respuesta es simple, aunque para aceptarla haya que dejar de lado muchos preconceptos y asumir los datos de la realidad tal cual es. El gobierno argentino poco o nada tiene de especial. Es un caso más, casi de manual, de lo que es hoy la realidad de los gobiernos en cualquier democracia estable. Es en el fondo y en las formas un gobierno de coalición que, más allá del carácter monocolor de su gabinete de ministros, se caracteriza por una convivencia en el poder de sectores minoritarios, que se apoyan mutuamente en una combinación que les permite primar sobre el resto.

Todos conservan y se oponen mutuamente cuotas iguales o mayores de poder y de veto, en el contexto de un equilibrio inestable de fuerzas, en el que, en términos estrictos nadie manda. Cada cual ejerce una cuota de poder, dentro de su esfera respectiva de influencia , en un marco de institucionalidad cada vez más endeble. Una suerte de gobernanza multinivel, centrifugada por expectativas divergentes y por una escasa o nula capacidad de las partes para condicionar la orientación del todo.

En el Frente de Todos se dan cita trece partidos políticos (justicialistas, intransigentes, comunistas, frepasistas y formaciones menores nacidas de la multiplicación interna del kirchnerismo). Comparten estructuras, recursos y accesos con unas doce organizaciones sociales y guardan una relación estructural con el movimiento sindical en todas sus expresiones.

En el trasfondo, opera la mística multiforme del peronismo, la capacidad efectiva de control de la mayor parte de las cajas gubernamentales, el gobierno de provincias y municipalidades de todo el país y un sólido piso electoral del 40% inasequible al desaliento, la decepción y el fracaso.

Es importante advertir que la realidad de la oposición no es muy diferente. Son siete partidos políticos también muy diversos y heterogéneos, asistidos por un solido frente cultural y mediático, que fueron capaces de generar una coalición electoral exitosa, aunque padezcan los efectos tal vez irreparables de una experiencia catastrófica en el Gobierno.

El resultado de este proceso, facilitado por un proceso degenerativo de los partidos políticos tradicionales y una común adopción de estrategias políticas de confrontación permanente es una "política de coalición". Con sus ventajas e inconvenientes, que son los de siete de cada diez gobiernos democráticos del mundo.

Veamos el panorama comparado. Si se expliquen los casos de los gobiernos monocolores Gran Bretaña, Chipre, Dinamarca, Grecia, Malta, Portugal, Albania , Moldova y Rumania, la regla son los gobiernos de coalición. Desde la Gran coalición alemana que une a todo el espectro ideológico bajo la alianza entre el SPD, CDU CSU, hasta el resto de las coaliciones gobernantes en Austria (2 partidos), Bélgica (7), Bulgaria (2), Croacia (2), Eslovaquia (4), Eslovenia(4), España (3), Estonia (3), Finlandia (5), Francia (6), Hungría (2), Irlanda(3), Italia (5), Letonia (5), Lituania (3), Luxemburgo (3), Holanda (4), Polonia (3), Republica Checa (2), Suecia (2), Bosnia Herzegovina(6), Islandia (3), Kosovo (5), Macedonia (2), Montenegro (3), Noruega (3), Serbia (7) y Suiza (4).

La regla es la coalición entre fuerzas diversas, en su mayoría en funciones de acuerdos desde el centro hacia la izquierda o la derecha. Salvo excepciones de coaliciones de derecha (Bulgaria, Hungría, Polonia) o de izquierda (España y Moldavia), se gobierna hacia el centro, que es donde reside el consenso de las sociedades actuales). Enfrente, coaliciones opositoras ensayan frentes plurales muy similares, presionando desde los extremos, en puntual y universal aplicación del Teorema de Baglini.

Poco hay entonces de singular y especifico en el caso argentino. Es simplemente un ejemplo mas del desequilibrio de los sistemas políticos actuales, del impacto devastador de las políticas de emergencia y del papel de las políticas de la crispación y la confrontación permanente.

Gobiernan, sin mandar, los presidentes y los parlamentos, los gobernadores y los intendentes, los jueces y los medios. Los sistemas sobreviven y se adaptan. Carecen de toda posibilidad de estabilizar apoyos. El ciclo electoral es muy breve y la competencia electoral permanente. La sociedad civil es fuerte y exigente. Informada por medios cada vez más autónomos y politizados y protegida por poderes judiciales en tensión permanente con los núcleos duros de la política tradicional.

Los gobiernos de coalición son débiles y efímeros. En el centro, los presidentes son débiles y dependen de su capacidad para preservar los equilibrios. Su mandato es limitado y sus posibilidades efectivas se legitiman a través del desempeño.

Lo más importante es que precisamente en este punto radica su mayor fortaleza. Los gobiernos de coalición pueden de hecho apoyarse en su gestión. No están obligados a construir ni acumular poder. Suelen ser ideales para impulsar transformaciones en las reglas de juego. Tienen poco que perder y mucho que ganar. Las grandes transformaciones de régimen se operaron siempre desde gobiernos de coalición.

El gobierno de Adolfo Suárez fue el mejor ejemplo de un presidente en minoría, sin partido ni territorio propio, capaz sin embargo de generar una regeneración y un mejoramiento cualitativo de las reglas de juego institucional. En su debilidad extrema reside, acaso, la mayor de sus fortalezas. Los presidencialismos de coalición constituyen la fórmula dominante en la política contemporánea. Un rasgo sin duda prometedor en un tiempo de oportunidades largamente postergadas por una trayectoria oscilante de avances y retrocesos permanentes.

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