La última gambeta: murió Maradona y la Argentina se quedó sin la mano de Dios

Se detuvo, vació una botella de agua de dos litros sobre su cabeza, la tiró al piso, la aplastó, pisó el pico con fuerza para que se elevara y empezó a hacer jueguito con ese objeto deforme. Periodistas y compañeros de selección que se encontraban a su alrededor lo miramos incrédulos, con admiración, sin poder entender cómo alguien podía ser capaz de albergar tanto talento...

Como lo hizo el mundo, cuando desparramó ingleses en el estadio Azteca en 1986 para convertir el mejor gol de la historia y, así, crear una teoría económica que el Banco de Inglaterra utilizó para explicar cómo funcionan las expectativas en el mercado. O cuando sacó del ostracismo al modesto Nápoli, para que su nombre, como el de Argentina, se conociera hasta en el rincón más recóndito del planeta casi como un apellido más del propio Diego. "¿Argentino? Maradona!".

Su muerte, como su propia existencia, no pasó desapercibida para nadie. Aquellas lágrimas de felicidad que supo generar cuando levantó la Copa del Mundo en México o en el balcón de la Casa Rosada, sede elegida para su despedida; cuando dio una vuelta olímpica con Boca en La Bombonera, con los napolitanos en el estadio San Paolo (desde ahora Diego Maradona) o con la Selección juvenil en el nacional de Tokio; cuando eludía rivales con apenas 16 años en Argentinos Juniors o ya más grande en Newell's, Barcelona o el Sevilla; cuando en diferentes momentos de su vida decidió ser técnico de Mandiyú, Racing, equipos árabes, mexicanos y, finalmente, Gimnasia; retornaron ayer con el dolor del hecho inexorable. Como cuando el dóping le 'cortó las piernas' y lo sacó del Mundial 94. O cuando en el verano del 2000, la Parca golpeó a su puerta en Maldonado, Uruguay.

Y es que más allá de sus logros, su figura trascendió el mundo del fútbol y el deporte en general, como casi ninguna otra, hasta convertirlo en una personalidad global.

Rebelde como pocos, su voz resonó siempre y fue escuchada por el poder de turno, que lo cobijó muchas veces y lo enfrentó en tantas otras. Amado por los más, rechazado por los menos. Pero nunca indiferentes, más allá de contradicciones gestuales e ideológicas, que podían mostrarlo en diferentes etapas de su vida cercano a Carlos Menem en los 90, hospedado en Cuba después por Fidel Castro, a quien consideraba su segundo padre; vinculado a jeques arábes más recientemente o expresando un respaldo incondicional a los venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

En definitiva, su vida de pobreza, riqueza, talento, generosidad y excesos fue una película que todos siguieron minuto a minuto y en la que a cada paso, como los jugadores ingleses en el 86, se esperó una nueva gambeta del crack. Una mano de Dios que mantuviera viva la llama de la leyenda. Tal como ocurrió hoy, cuando a los 60 años su corazón avanzó hasta el final y aunque todos intuyeran el resultado, dejó una vez más al mundo con la boca abierta.

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