ANÁLISIS

La sociedad ante un nuevo empate institucional

Al cabo de largos meses de parálisis, con el Gobierno y las oposiciones focalizando sus esfuerzos en una de las campañas más singulares y complejas de que se tenga memoria, las perspectivas de voto apenas parecen haber variado respecto de las estimaciones iniciales.

Los avances y retrocesos de la pandemia acorralaron a la política tradicional. La encerraron en sus bloqueos y contradicciones y ahogaron todo esfuerzo propositivo. En todos los distritos del país, sin excepción, las campañas retrocedieron por lo menos 20 años. Los mismos slogans, afiches descoloridos y rituales movilizadores, apenas matizados por aturdimiento canalla desde las redes sociales. Pocas ideas, riesgos mínimos y, en todo caso, la presencia módica y cautelosa de nuevas figuras, entrando caso en puntas de pie al escenario casi vacante del espectáculo político.

Las mayores novedades llegaron por sorpresa, de la mano de un nuevo y sorpresivo efecto no buscado ni querido de la legislación electoral. Pensadas para simplificar el sistema político, reducir sus opciones y desalentar a los aventureros, las PASO habían producido hasta el momento unos efectos más bien contrarios. Esta vez, las cosas fueron muy diferentes: El número de partidos se multiplicó, tanto en cantidad como en calidad. Los partidos y alianzas crecieron y se convirtieron en plataformas abiertas a la incorporación irrestricta de cuadros y candidatos de las proveniencias más diversas. Una legislación electoral vetusta multiplico la confusión al infinito y será el gran dato de los escrutinios de casi todas las provincias el próximo domingo.

En casi todas las provincias, las fuerzas tradicionales jugaron a fondo. Ensayaron coaliciones de todo tipo. Revitalizaron viejas estructuras partidarias, hace tiempo sepultadas bajo el peso de años de polarización electoral e improvisaron nuevos trapecios para viejos y nuevos equilibristas a la búsqueda de una oportunidad. A su vez, las dos grandes fuerzas nacidas de las campañas del 2015 y el 2019, comenzaron a experimentar un deterioro interno cada vez más perceptible. Los intercambios y entrecruzamientos iniciales se proyectarán sin duda hacia adelante, sumando un potencial de inestabilidad al nuevo cuadro de resultados.

En un contexto de desencanto y hartazgo colectivo, hubo de todo menos apatía. Las elecciones en provincias (Misiones, Jujuy, Salta, Corrientes) han mostrado con claridad el nuevo talante de un electorado interesado en la política, aunque sin embargo definitivamente alejado de los partidos y de los políticos. El resultado final de esta combinación está por verse. Si bien la abstención y el voto en blanco fueron en todos los casos importante, no cabe afirmar de modo definitivo que sean expresiones de un voto antisistema. Es más bien un voto de protesta, cuyo alcance podrá apreciarse mejor en el propio voto positivo, tal como podrá apreciarse en los resultados por mesa del próximo domingo.

Como muestra, baste un botón: en las elecciones gubernativas de Corrientes del pasado 29 de agosto, el 76,7 de los votos obtenido por ECO + Vamos Corrientes, la coalición de apoyo del gobernador Gustavo Valdés, apenas registró poco más de un 20% de voto de la UCR. Las tres cuartas partes del voto vino del resto de los 32 partidos que protagonizaron el triunfo excepcional. El PJ apenas superó el 11% de los votos, dentro del magro resultado del Frente acaudillado por el peronismo. Los partidos vuelven, pero diferentes. Impulsados por alianzas de nuevo cuño, difícilmente manipulables en un Congreso como el que viene, poblado de grandes figuras, con ideas y créditos propios, que sin duda harán valer en el nuevo escenario

El dato sirve para entender que más que la aritmética interna de las nuevas coaliciones interesa su geometría. Es decir, sus espacios, sus planos, sus volúmenes y dinámicas internas. Una geometría variable y cambiante, expresiva de un sistema político que está mutando. Que busca nuevos equilibrios internos todavía difíciles de concretar.

El fenómeno básico es, sin duda, la dispersión de las afinidades electivas. Preguntada por sus niveles de alejamiento y proximidad a las fuerzas políticos, la sociedad ha venido reflejando, mes a mes, una fragmentación creciente. Un 12% se declaró esta última semana alineado con el PJ kirchnerista, un 10,7% a la UCR, un 10,4% al PRO, un 8,7% a un nuevo peronismo del tipo que convocan figuras como Fernández, Massa o Randazzo. Un mínimo, aunque estridente 2,9% se recuesta en los nuevos libertarios de derecha y fragmentos minúsculos que se difuminan a izquierda y derecha del arco de afinidades. Lo importante es que un 37,7% de los ciudadanos se declara independiente y lejano de cualquier alineamiento, sumado a un 4% que se declara muy lejos de la política. Un escenario no muy diferente al anterior a la pandemia y que se fue reforzando con el correr de los meses (Datos del Monitor mensual de Tendencias Económicas y Sociales de la consultora nacional OIPSM, en su entrega de esta primera semana de septiembre).

El escenario no es pues el de una sociedad apática. Es el de una sociedad informada, atenta, definitivamente lejana de compromisos políticos y, sobre todo, despolarizada. De allí que los candidatos hayan rehuido la polémica, los debates y los temas conflictivos. Esta vez no fueron los candidatos quienes vociferaron, insultaron o descalificaron. La violencia verbal y el discurso apocalíptico y mesiánico vino más bien de los medios y de algunos comunicadores sociales.

La estrategia de la crispación no funcionó. La sociedad no la aceptó y los políticos, observadores atentos, se plegaron a la nueva situación, aunque ello les implicara desaprovechar los espacios mediáticos que condicionaban sus invitaciones con la exigencia de la polarización. Un 44% de los ciudadanos en todo el país se manifestó como opuesto al peronismo, en tanto que un 42,2% se reconoció más bien próximo. Proporciones que el domingo próximo es posible que se decanten a la hora de votar en un orden exactamente inverso.

Es que un plano es, en efecto, el de las evaluaciones de desempeño, las afinidades políticas y las opiniones acerca del pasado , el presente y el futuro y otro, muy diferente, es el de la tendencia definitiva del voto. En cualquier caso, la expectativa es la de un empate institucional que pondrá a prueba todas las resistencias.

Nada nuevo bajo el sol de las democracias de baja densidad. Nada que no pase hoy en el resto de los países. El sistema político está mutando y hay que respetar sus tiempos y su ritmo de avance. Es un sistema poco transparente, que representa y expresa cada vez menos a una sociedad que lo trasciende. Sin embargo, es un sistema que sigue funcionando, aun en tiempos en que la casi totalidad de los sistemas comparados en el resto de la región parece haber dejado de funcionar.

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