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La política erosiona la economía: la cancha que dejó Guzmán ya no está

Resulta muy complejo medir avances en la gestión de un gobierno que tiene el agua demasiado cerca del cuello. Porque algunas variables estructurales de la economía están bien (exportaciones récord, deuda reestructurada, acuerdo con el FMI ya pactado), y algunas decisiones de política económica pueden ser correctas (corrección moderada del gasto, segmentación de tarifas). Pero para una administración que continúa en su peor nivel de imagen desde que asumió, nada resulta suficiente para modificar las expectativas.

Hasta hace algunas semanas, la sensación dominante era que ordenar la política era una prioridad real y necesaria. Desde que Cristina Kirchner quebró su silencio, sus embates eran cada vez más corrosivos. Y nadie pensaba que gobernar así otros 18 meses podía ser viable. No obstante, después del reemplazo de Martín Guzmán por Silvina Batakis, quedó demostrado que discutir todo puertas adentro no es necesariamente algo eficaz. Los gestos de consenso que ensaya el Frente de Todos siempre dejan abierta la puerta a la duda. Muchos tomadores de decisiones creen que Cristina es como el escorpión fábula, que puede picar a la rana que lo ayuda a cruzar el río aunque eso implique ahogarse en sus aguas.

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El problema que enfrenta Alberto Fernández es que de un mes a otro, la cancha en la que tiene que jugar ya no es la misma. Para algunas cuestiones el tiempo puede ayudar. Es lo que espera el BCRA cuando anticipa que las restricciones cambiarias aflojarán cuando llegue el calor y se importe menos energía. Pero el billón de pesos que hubo que arrojar para sostener la deuda CER no es inocuo.

"El Gobierno tiene que dar una señal fiscal fuerte", reclaman los economistas, sin tomar en cuenta que la suba del dólar turista tiene un fin recaudatorio tan relevante como el de proteger las reservas. Otros sostienen que el gesto tiene que venir por el lado del gasto, como si no hubiera ya un choque entre el Gobierno y las organizaciones sociales por los planes. El rubro más directo ya está en la mira de Batakis: la obra pública. Pero los gobernadores también se la ven venir y han encendido voces de alerta.

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La credibilidad navega entre extremos difíciles de complacer, como lo son los reclamos por el salario universal y los consejos de bajar el gasto. Con lo cual no habrá dosis de confianza que se pueda recuperar con un único envión de decisiones políticas y económicas. Lo que cabe esperar, con suerte, es un proceso de recomposición lento, no apto para los ansiosos que prefieren un estallido que ordene todo desde los escombros.

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