La gestión económica acumula muchos costos para pocos resultados

A cinco meses de gestión de Javier Milei, el balance que el propio Gobierno y sus economistas cercanos quieren difundir es que el plan económico es un éxito: "se redujo la inflación desde el pico de diciembre, bajó la brecha cambiaria y se acumularon reservas". Pero cada vez somos más quienes no estamos convencidos.

Lo que debemos analizar es el funcionamiento del plan económico, si a futuro puede generar mejoras y si los costos no terminan siendo peores que lo que sí logra resolver. En ese sentido, ¿Cómo se llegó a esos resultados? ¿Qué costo tuvieron y quién lo pagó? ¿Cómo sigue esto?

Al momento del lanzamiento del plan -y junto con la devaluación que fue mucho más grande de la necesaria- la evaluación fue muy clara: el ancla para bajar la inflación que se produciría sería la recesión. Es decir: como la demanda iba a derrumbarse, a las empresas se les iba a complicar trasladar los aumentos de costos a precios. Junto con la depreciación pautada del 2% mensual fueron los únicos mecanismos anti-inflacionarios. Por ejemplo, no hubo coordinación con el sector privado (al contrario, la descoordinación lo llevó a tener que retrotraer la flexibilización para evitar que siguieran aumentando precios), ni suba de retenciones a las exportaciones (pero sí aplicaron impuesto PAIS del 17,5% a todas las importaciones y muchas operaciones empresarias, encareciendo todos los productos en vez de abaratarlos).

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En este sentido, no queda otra que empezar por la actividad económica. Muy en contra de la pretensión de una recuperación rápida, los datos muestran que la economía se encuentra en una depresión profunda. En general, en marzo cayó cerca del 10% interanual, con la industria cayendo un 21,2%. Con la obra pública parada, la construcción no tiene ninguna dinámica y cae un dramático 42,2%. Las exportaciones se ven perjudicadas por los menores precios internacionales. El poder adquisitivo de salarios y jubilaciones se encuentra en pisos históricos, con caídas cercanas al 20% desde diciembre. El desempleo ya se engrosó por los despidos en la construcción y en el Estado, pero está escalando cada vez más a medida que el sector privado ajusta sus planteles a la nueva perspectiva económica. Esa misma caída del consumo y la actividad es lo que permite, también, mayor superávit comercial, porque derrumbó las cantidades importadas durante el primer trimestre un 20% interanual. En otras palabras, el Gobierno decidió sacrificar ventas de las empresas, empleo, ingresos de las familias y mayor pobreza para que la depresión económica sea la que reduzca la inflación desde el 25,5% de diciembre a niveles superiores al 5% mensual para los próximos meses. Difícil calificar a esto como un éxito.

El segundo componente clave del plan económico es el cepo. Muy lejos quedaron las promesas de campaña de quitarlo rápidamente. En lugar de eso se implementó un control de pago de importaciones e impuestos cada vez más altos a quienes necesitan insumos importados, que explican gran parte de la acumulación de reservas hasta aquí. ¿Qué pasará en adelante cuando se normalicen estos pagos? ¿Cómo planea el Gobierno evitar que volvamos a tener una pérdida constante de reservas? El único factor que permitiría una dinámica diferente sería que la recesión continúe. También deberá analizar el Gobierno qué hacer con el 20% que fluye al CCL, ¿se eliminará para captar todas las divisas a costa de un menor tipo de cambio exportador?

Ahora bien, luego de unos meses un mecanismo adicional se sumó al proceso desinflacionario pero con efecto contradictorio sobre la acumulación de reservas: el atraso cambiario. Claramente la depreciación pautada del 2% nominal mensual implicaba ir reduciendo el tipo de cambio real de manera acelerada. Sin embargo, de manera general se consideró que era una medida transitoria para ordenar el sector externo que luego se modificaría por una aceleración de la tasa de depreciación, liberación del cepo u otro mecanismo. Pero en las últimas semanas el atraso cambiario apareció en el discurso oficial como algo "beneficioso del plan". Este tiene graves consecuencias, entre ellas menores exportaciones -por competitividad o por especulación con una devaluación- y menos producción nacional; "demoras" en la liquidación de la cosecha, déficit en la balanza de turismo y otras. Incluso plantear el atraso cambiario como algo bueno es una contradicción con el propio diagnóstico del Gobierno: ¿por qué decidieron devaluar en diciembre, si podían continuar apreciando el tiempo de cambio como ahora? Esto evidencia la insustentabilidad de su política, sesgada por necesidad proselitista a un objetivo de corto plazo: forzar a la baja la inflación. Mucho menos sentido aún tiene plantear que la solución a la apreciación cambiaria es un proceso de deflación cuando aún los salarios y las tarifas no se han corregido.

La cuestión central es que estos tres mecanismos empleados hasta acá (la recesión, el cepo y el atraso cambiario) empiezan a mostrar contradicciones con los objetivos. La recesión es el ancla para reducir la inflación, pero se anuncia que esperan una recuperación rápida (difícil que ocurra), lo cual además complicaría la acumulación de reservas del BCRA. Por su parte, se plantea liberar el cepo, pero se lo refuerza con la ampliación del impuesto PAIS. El atraso cambiario complica la acumulación de reservas y torna crecientemente costosa la salida del cepo (dada la mayor devaluación e inflación que implicará).

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Resumiendo, la economía está en una depresión profunda y con un peso que ya perdió la competitividad lograda por la devaluación de diciembre. El cepo continúa vigente, las remuneraciones y jubilaciones han perdido una parte importante de su poder adquisitivo y las tarifas están aún lejos de sus valores "razonables". En este sentido, los costos pagados hasta aquí parecen demasiado altos para los logros alcanzados; y para peor, todo indica que se requerirán aún mayores ajustes a futuro.

Una economía ‘normal' requiere tres condiciones: un producto en crecimiento, sin cepo y un tipo de cambio en valores sostenibles. Las decisiones de coyuntura de diciembre se están convirtiendo en un dogma lo cual nunca es una estrategia razonable.

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