Opinión

La geopolítica como requisito económico

Hay hoy diversos condicionantes para los negocios internacionales. Uno de ellos es la geopolítica. Los mercados se relacionan (o no) entre sí por alianzas que se apoyan por afinidades y/o se obstruyen por disidencias.

Hay ejemplos evidentes como las actuales casi 11.000 sanciones económicas contra Rusia. Aunque hay más: están penados (desde varios países) Siria y Corea del Norte; Estados Unidos restringe la venta de semiconductores a China; también la Unión Europea impuso límites a movimientos de fondos o personas con China; Canadá prohíbe algunas operaciones contra Irán y el Reino Unido lo hace contra Belarus.

Pero no solo asistimos a sanciones. La geopolítica también opera a través de preferencias ('premios') y diversos países se integran entre si acordando condiciones especiales: en los últimos meses han celebrado acuerdos bilaterales el Reino Unido con Australia, Indonesia con Corea del Sur, India con Emiratos Árabes. Mientras diversas regiones, a la vez, han abordado acuerdos plurales (EFTA/GCC, ASEAN, PACER). Desde 2021 se han celebrado 30 acuerdos regionales de asociación económico/comercial en el planeta (hay ya 360 vigentes en el mundo).

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Esto es: la geopolítica no sólo separa sino que también une.

Pero en todos los casos supone discriminación entre países (los hay preferidos, los hay ignorados, los hay segregados).

Ahora bien, este nuevo escenario internacional pude ser abordado desde dos perspectivas.

La primera es la de la agenda de los gobiernos. En ella aparece un criterio que Jeff Wray (para EY, en 'Prepárese ahora para la nueva era de la globalización') llama la política de 'amigos primero', caracterizada por fuertes alianzas geopolíticas que ocurren en un marco internacional en el que el comercio y el capital fluyen con libertad entre aliados (lo que lleva a las empresas a 'preferir amigos' en operaciones clave y cadenas de suministro).

La segunda perspectiva es la práctica: pese a todo las exportaciones mundiales totales en 2022 llegaron al récord de u$s 32 billones (según UNCTAD) y -según OMC- el comercio internacional total planetario en este año se elevará 1,7% y en el próximo 3,4%. Ello supone que las empresas se están adaptando al nuevo escenario y los flujos de intercambio no pueden detenerse (crecen) porque la evolución tecnológica es más veloz y -a la vez- la complejidad de la producción mundial está consolidada.

Así, no hay que engañase: la internacionalidad económica está fuerte, aunque cambia el mapa sobre el que ella ocurre.

Más aun, sostiene un documento de KPMG titulado 'Los factores geopolíticos cambian la naturaleza de la reestructuración' que en esta reorganización los nuevos ganadores probablemente serán aquellos que ven la disrupción global y la incertidumbre geopolítica de hoy como una oportunidad para transformarse para el mañana.

Lo que la irrupción de la geopolítica en los negocios internacionales implica no es una renacionalización sino una internacionalidad más compleja. Y esto es así, entre otros motivos, por la aparición de mayores exigencias para participar de cadenas de valor suprafronterizas. Estándares de calidad (ambientales, sanitarios, de seguridad, de información, de performance), referencias de legitimidad (especialmente relativas a las condiciones regulativas e institucionales en base a las cuales las empresas producen, trabajan y comercian), integración procesal productivo/comercial (que supone la exigencia de proveer trazabilidad sobre toda la cadena y no solo en los últimos eslabones), acreditación de reputación empresarial; todos son ejemplos de nuevas exigencias.

El mundo, así, va hacia un fraccionamiento en diversos tipos de mercados. Hay algunos más exigentes (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, UE); otros con más relevancia en su dimensión (China, India, Indonesia, Nigeria), otros atractivos entre sus vecinos (en nuestro caso Brasil o México) y algunos meramente posicionados por relativa complementariedad potencial recíproca. Ahora bien: los negocios más significativos (que justifican elevadas inversiones, acoplamiento tecnológico, posicionamiento de empresas internacionales) están mayormente en el primer grupo o, en alguna medida adicional, en el segundo.

Para Argentina la cuestión es de extremada relevancia: nuestro país, más que una geopolítica equivocada, lo que padece es una geopolítica inexistente. Y es probable que deba comenzar a diseñar una estrategia.

Porque de ella dependerá el acceso a inversiones, la penetración en mercados, el sometimiento a estándares y regulaciones, los acuerdos internacionales comerciales que logre celebrar (y que necesita para ingresar en ciertos mercados sin la actual penalidad de mayores costos arancelarios o por adaptación técnica que padece), la provisión de financiamiento productivo, la mejor capacidad para negociaciones internacionales de asuntos no económicos -pero que requieren un paquete de temas múltiples que incluyen lo económico para logar éxito-, y hasta la capacidad de influencia o de asociación con potenciales aliados.


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