Hace algunos días Mauricio Macri desafió los prejuicios del progresismo explicando algunas líneas de política de alta significación simbólica para los argentinos: la AUH, Aerolíneas, YPF. Asumiendo que es cierto que en las próximas elecciones se dirime el dilema continuidad o cambio, creo que es importante avanzar en el camino de explicitar en qué consiste el cambio que pretende representar y expresar el PRO.

El contenido del cambio es lanzarnos en el camino del desarrollo, haciendo a un lado tanto las prácticas populistas de los últimos años (siempre tentadoras para la dirigencia) cuanto las políticas de ajuste clásicas. La gente no está pidiendo que cambiemos. Pero si se pregunta más específicamente, ¿cuáles son los aspectos de este cambio?

En primer término es crucial modificar la política internacional, que nos ha llevado a la situación inédita de integrar formalmente organismos y foros globales, pero en la práctica mostrar una actitud disolvente y difíciles y ríspidas relaciones con la mayoría de los países, sobre todo con los del vecindario.

En segundo lugar, hay que recuperar la credibilidad frente a las principales naciones del mundo, profundizar lazos basados en el respeto y la confianza mutuos, y generar un clima de pleno respeto del Estado de Derecho y reglas claras. El objetivo es atraer inversiones para dinamizar y transformar realmente la Argentina. En ese sentido es imprescindible resolver la situación de los holdouts y normalizar la relación con los organismos de crédito internacional, para utilizar su ayuda en obras de infraestructura, y sobre todo para generar confianza y certidumbre tanto para obtener financiamiento en los mercados de capitales, cuanto para retroalimentar el circuito de inversiones directas.

Por otra parte, y en el mismo camino, existen algunos problemas básicos a resolver. Uno es la inflación, antes negada, hoy algo más reconocida. Los primeros en sufrir las consecuencias de la inflación son quienes tienen ingresos fijos, que día a día van perdiendo poder adquisitivo. Pero la inflación también impacta sobre el ahorro y el patrimonio de la gente, y como resulta difícil encontrar alternativas de inversión, el que puede ahorra y atesora en dólares, sin renta alguna y sustrayendo recursos valiosísimos al proceso económico. Por otra parte, la inflación sostenida siempre termina acelerándose y paralizando la actividad económica: lo que se denomina estanflación. Un escenario complejo para salir del cual se requiere 1) actuar decididamente sobre el gasto público y la emisión, y 2) fomentar la inversión que dinamice la oferta de bienes y servicios.

En cuarto lugar debemos enfrentar la crisis de infraestructura a la que arribamos como consecuencia de privilegiar el consumo desistiendo del esfuerzo de invertir. El transporte, ferrocarriles, rutas, puertos, aeropuertos y comunicaciones de nuestro país están cada día más obsoletos y saturados, insuficientes respecto de los volúmenes de producción que deben abastecer hoy mismo, mucho más en el futuro. Esto implica un impuesto a la distancia que castiga a la producción nacional. Sólo generando las condiciones propicias se podrá para volver al mercado de créditos a tasas razonables y financiar proyectos largamente postergados.

La cuestión energética también es crucial. La falta de visión estratégica llevaron a la crisis actual, retrotrayendo la situación de precario equilibrio de 2002 a un escenario de desabastecimiento similar al existente muchos años atrás. Es necesario capitalizar a YPF para que lidere el proceso tendiente a lograr el autoabastecimiento en materia de petróleo y gas y encontrar los estímulos adecuados para la inversión por parte de capitales privados, nacionales y extranjeros.

La educación es otra prioridad impostergable, dado el retroceso relativo en los últimos años y la importancia central de la formación de capital humano en el mundo actual. Recuperar la escuela pública y la equidad en materia educativa es tan importante como fortalecer la investigación y vincularla con el mundo de la empresa y la innovación.

Finalmente, importa que el desarrollo de las diferentes regiones sea conjunto y simultáneo, con cooperación, integración y participación plena de las regiones, en un genuino impulso al federalismo, bastardeado en los últimos años.

Si logramos dar estos pasos con decisión y firmeza, estaremos haciendo el más decisivo aporte y resolviendo a la vez el dramático problema que nuestro país arrastra desde los tiempos en que se consolidó su estructura económica tradicional: el subdesarrollo. Esto implica avanzar en serio en el verdadero objetivo de la política, que es mejorar la calidad de vida de la gente.