La economía y el Covid comparten un riesgo: hacer el ajuste por las malas

Si hay algo que le cuesta a la Argentina es priorizar objetivos. Porque una fantasía que ha instalado durante años la política, es que todo se puede. Y esa creencia ha logrado que convivan propósitos que son contradictorios, como aspirar a crecer con equidad y al mismo tiempo tener más de un tercio de la economía en negro. O como pretender que se reduzca la inflación en simultáneo con un gasto público récord que se financia con emisión monetaria.

Con el rebrote del coronavirus reapareció la contradicción entre los que se autoexcluyen -por derecho natural- de cualquier restricción que quiera poner el Estado en nombre de la urgencia sanitaria, y a la vez le demandan a ese mismo Estado que los cuide de una amenaza que el mundo todavía no ha logrado controlar.

Cuando en un medio de comunicación o una red social aparecen imágenes de jóvenes y adultos celebrando reuniones masivas sin distancia social y sin cuidados, las críticas son instantáneas. "En este país cualquier hace lo que quiere" o la recurrente "la Argentina es una joda", son frases que se escuchan cada vez que se presenta una de estas situaciones.

Pero luego viene la evaluación oficial para determinar qué debe hacer el Estado ante este contexto, sabiendo que lo que se busca hoy es evitar un mal mayor que deriven en un nuevo confinamiento estricto, y lo que se vuelve a escuchar son críticas, pero esta vez al cercenamiento de las libertades individuales.

Cuesta creer la pretensión de aquellos que consideran que el Estado debe permitir (o en todo caso no obstaculizar) una reunión de 50, 100 o más personas, en las que nadie se cuida ni cuida al resto de la probabilidad de contagiar Covid o ser contagiado, y a la vez debe garantizar una vacuna en tiempo y forma para todos los que son personas de riesgo, y a la vez debe actuar para que el descontrol no incremente los contagios, y a la vez no debe permitir que la actividad económica sufra por la pandemia, entre tantos otros reclamos. Y parte de esos mismos ciudadanos , a la vez, son los que se sientan vulnerados cuando el Estado al que le piden acción, acciona.

Este carácter tan argentino de querer ser parte de un país potencia sin pagar el precio que demanda serlo, como se dijo al comienzo, no termina de sorprender. Ni siquiera cuando los políticos que tienen la responsabilidad de tomar decisiones son los que quieren que los problemas se los resuelva otro.

Cuando se discutió el toque de queda nocturno (el nombre que recibió la idea de restringir actividades comerciales a partir de cierta hora para bajar la circulación de personas) en la provincia de Buenos Aires hubo intendentes que se resistían porque no querían asumir costos políticos. Ya no hay espacio para dilaciones. En economía cuando no se quiere hacer un ajuste por las buenas, el mercado lo hace por las malas. Con el Covid ya pasó, y lo que hay que evitar es que la historia se repita.

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