Opinión

La economía del saber exige una nueva agenda

La economía del conocimiento se forma por un conjunto de actividades productivas -de bienes y servicios- que requieren un intensivo aporte del saber humano para generar valor. Y ya no se refiere a algún sector en particular sino que cruza horizontalmente a todos, desde los alimentos hasta los automóviles, pasando por la indumentaria, las comunicaciones o la medicina.

Hay cinco rasgos distintivos de la revolución del conocimiento económico que vive el mundo: la creciente incidencia del saber aplicado en la generación de valor; la transformación de las cadenas de abastecimiento hacia redes complejas y multidisciplinarias (con la consecuente dilución de las 'antiguas' categorías industriales/sectoriales, que tienden ahora a ser ecosistemas integrados y múltiples); la consolidación de la internacionalización económica (no sólo movida por el intercambio transfronterizo de bienes sino también por el de intangibles); el liderazgo de empresas innovativas que se transforman en el principal motor de creación de nuevas realidades y la exigencia de elevada formación (instrucción) de las personas que participan en el proceso.

Las personas trabajando deben adaptarse ahora a este nuevo contexto. Y las empresas invierten allí donde el factor humano es favorable. Un nuevo escenario requiere nuevas habilidades: roles que superan jerarquías, contratos relacionales (confianza) que se imponen a contratos legales, fronteras estatales que ya no contienen, normas privadas que son más importantes que las públicas (emergencia de lo 'colectivo-no estatal'), el saber como organizador; todo construye el mundo productivo nuevo.

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Expresa UNCTAD que mientras en los países de ingreso medio-alto, como Argentina, sólo 20% de los puestos de trabajo están ocupados por personas de alta formación (31% está en manos de los escasamente formados); en los de ingreso alto el 42% está se integra por los altamente formados (sólo 11% por los escasamente formados).

La mayor o menor formación, sin embargo, no se mide solamente por cantidad de personas con títulos universitarios o secundarios. O por cantidad de años de estudio. Ni de horas de clase. El problema hoy es que la naturaleza del saber exigido ha variado.

Consecuentemente, en las economías exitosas son las empresas -ante la falta de adaptación de las entidades tradicionales- las que pasaron a ser las grandes generadoras del nuevo conocimiento. Un estudio de Eurostat de hace algunos años que muestra que el 70% de la inversión en investigación y desarrollo en las principales economías ocurre en las empresas; quedando el restante 30% en el sector público, el sistema educativo y las ONG.

Expresa un documento de Anu Madgavkar, Bill Schaninger y Sven Sm para McKinsey que la experiencia de trabajo genera entre 40% y 60% del capital humano. Y dicen Ana Milijic y Vanja Vukojevik que, si la economía moderna se apoya en el capital intelectual, éste se basa en tres pilares: el capital interno de las empresas (conocimiento incorporado en la producción), el capital externo de las empresas (relación con su ecosistema contextual) y el propio capital humano laboral (work-related knowledge).

Los nuevos trabajos (que en buena parte ya no son 'empleos') requieren (para una exitosa economía del conocimiento) un nuevo saber.

Puede esbozarse un conjunto de siete tipos de habilidades centrales requeridas: las básicas (lenguaje, aritmética, lógica); las técnicas (las propias de cada profesión), las transversales (las que exceden el saber técnico de cada profesional pero que son parte de las nuevas exigencias múltiples por requisitos interdisciplinarios); las instrumentales (computacionales, manejo de tecnologías); las creativas (el desarrollo de capacidad innovativa e inventiva); las personales íntimas (empatía, optimismo, iniciativa, persistencia, capacidad de resolver problemas, de entender y dar sentido, pensamiento adaptativo y pensamiento crítico, gestión de la carga cognitiva, administración de emociones) y las sociales (interculturalismo, trabajo en equipo, capacidad de organizar y hacer funcionar, adaptabilidad, liderazgo, basamento en roles).

Pues en Argentina estamos en problemas. Porque buena parte de nuestro sistema educativo no está en sintonía y -además- la escasez de empresas acopladas plenamente a la revolución tecnológica global debilita el capital humano.

En el Índice de Capital Humano del Banco Mundial (2020) Argentina ocupó el lugar 69 (junto a Uruguay) detrás de varios países de nuestra región (como Chile, Costa Rica, Colombia, Perú y México). Pero pertenecemos a una región atrasada en la materia: en 'Measuring Human Capital', Noam Angrist y Simeon Djankov encontraron a Latinoamericana y el Caribe como la región con segundo peor ratio en el Human Capital shared by region (sólo por delante de África Subsahariana).

Hay, pues, una gran (oculta) exclusión a la que estamos sometiéndonos (comparable a la que exhibe el índice de pobreza): es la de las escasas capacidades personales surgida del bajo desarrollo de empresas internacionalizadas.

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