Una de las premisas esenciales de cualquiera que se enarbole como protagonista de la política y la economía gubernamental es evitar que se produzcan crisis. Las crisis representan quiebres en la continuidad relativamente pacífica del devenir de las personas y familias. Mientras los políticos y otros responsables de administrar los riesgos persiguen de manera consciente y pública políticas de minimización de las crisis, las medidas que se toman para impedir que se produzcan o para aminorar los daños que originan terminan perpetuando las condiciones subyacentes, que, de entrada, exigen un reajuste. Al contener las presiones que se acumulan en el interior de un sistema, éstas tienden a aumentar y estallan con mayor violencia de lo que lo habrían hecho en caso de que se les hubiera permitido reajustarse antes.

Apelando a una grosera síntesis, la crisis financiera mundial fue causada en gran parte por los esfuerzos del banco central dominante en el mundo, la Reserva Federal estadounidense, para evitar recesiones a toda costa mediante el mantenimiento de una tasa de interés artificialmente baja durante un período excesivamente largo de tiempo.

En la Argentina, la política de fuerte emisión monetaria, la incesante estimulación del consumo mediante la combinación de inflación y tasas de interés reales negativas terminaron generando una fuerte demanda de bienes y servicios (como le gusta al BCRA) y, por ende, un angostamiento de la oferta que generó inflación.

Bajo el supuesto de la misma y grosera síntesis utilizada más arriba, en nuestro país, para evitar una escalada exponencial en el nivel de precios y dejar de alimentar altas tasas de inflación, se adoptó entonces la inusual política de flotar el valor del peso a una velocidad acorde a la que avanza el IPC del Indec, es decir, por debajo del alza real de los precios. Esto generó un atraso cambiario que impulsó a familias y empresas a dolarizarse, lo que trajo una corrida cambiaria que, a su vez, hizo necesario el control de cambios, una medida que terminó decantando en fuertes restricciones a las importaciones y que podría terminar impactando negativamente en el crecimiento económico argentino de 2012.

Si bien los políticos del Gobierno han actuado por encima de todo con el objetivo de evitar crisis a corto plazo (escasez de dólares, escalada inflacionaria, severos déficit comerciales, caída en el nivel de empleo), no han interiorizado la lección de que el efecto de esas medidas a largo plazo termina por exacerbar las crisis cuando inevitablemente ocurren. En lugar de reducir los riesgos, la gestión moderna acaba por incrementarlos. Dicho de otra manera, el exceso de cisnes blancos termina criando cisnes negros.

Lo cromático es determinante. Suponiendo que uno estuviera de acuerdo con los postulados que señalan que un poco de inflación no es mala y que para desarrollar la industria hay que cerrar la economía... ¿qué tan problemático en términos electorales hubiera sido comenzar a limar las expectativas inflacionarias hace uno o dos años? ¿Qué tan árido hubiera resultado desarmar el andamiaje de los subsidios en forma escalonada sin asociarlo a una economía que ahora necesita si o si un recorte en el gasto? ¿Qué tan grave, acomodar el tipo de cambio a una tasa de equilibrio en lugar de persistir con el ancla inflacionaria generando expectativas erróneas en la gente?

El genio de las finanzas cuantitativas Nassim Taleb, el creador del concepto del cisne negro, ha aplicado su modelo a cuestiones tan disímiles como la primavera árabe o la crisis subprime. Taleb señala que intentar restringir la variabilidad parece ser una buena estrategia ya que todo el mundo prefiere la estabilidad al caos, pero a pesar de las buenas intenciones, quienes diseñan políticas incrementan, sin darse cuenta, el riesgo de grandes estallidos. No es extraño entonces que en la economía argentina comiencen a generarse nuevos comportamientos que bien podrían asociarse a consecuencias inesperadas de medidas igualmente inesperadas. Una de ellas, como bien señala el economista Eduardo Levy Yeyati en un artículo publicado en La Nación el último domingo, es que el desdoblamiento cambiario ha generado un dólar paralelo a $ 4,80 que sobrestima el tipo de cambio de equilibrio mientras que, por esta razón, sostiene, muchas personas buscando eludir el aura delictiva de la transacción terminan utilizando dólares como medio de pago, lo que conforma una nueva fuente de inflación. El efecto final sobre la inflación no sería tan distinto al de un escenario sin restricciones y con tipo de cambio único ligeramente más alto.