La primera encíclica del papa León XIV puso sobre la mesa un tema que hasta hace poco parecía reservado a ingenieros, tecnólogos o CEOs de Silicon Valley, la inteligencia artificial. Pero el foco del Vaticano estuvo puesto en una pregunta mucho más profunda: qué tipo de humanidad estamos construyendo mientras digitalizamos la vida cotidiana.

La pregunta no es menor. Hoy pedimos turnos médicos desde una app, hacemos transferencias con reconocimiento facial, invertimos desde el celular y organizamos gran parte de nuestra relación con el dinero a través de plataformas digitales. La tecnología avanzó a una velocidad extraordinaria. El problema es que no todas las personas avanzan al mismo ritmo.

Y ahí aparece uno de los grandes desafíos de esta época: la inclusión financiera ya no puede pensarse solamente como acceso a una cuenta bancaria. La verdadera inclusión financiera del futuro estará vinculada a la salud financiera de las personas. Es decir, a su capacidad real de comprender, utilizar y sostener una vida económica saludable dentro de un entorno cada vez más digitalizado.

En los extremos de la vida esta tensión se vuelve todavía más evidente.

Por un lado, millones de adultos mayores enfrentan una digitalización que no contempla sus tiempos, sus miedos ni sus formas de aprender. La reducción de sucursales, la automatización de la atención y la migración constante hacia canales digitales generan una sensación silenciosa de expulsión. No porque no quieran aprender, sino porque el sistema financiero comenzó a funcionar bajo códigos cada vez más veloces y menos humanos.

Recordar contraseñas, detectar estafas, interpretar interfaces o resolver problemas digitales puede transformarse en una experiencia de enorme estrés financiero y emocional. Y cuando el estrés aparece, la autonomía disminuye.

Por otro lado, los jóvenes nacen hiperconectados, pero eso no garantiza una relación saludable con el dinero. La gratificación inmediata, el consumo impulsivo promovido por algoritmos y la circulación constante de recomendaciones financieras en redes sociales exponen a adolescentes y jóvenes a decisiones económicas para las que muchas veces no fueron preparados emocionalmente.

Estamos criando generaciones digitalmente conectadas, pero no necesariamente financieramente sanas.

La velocidad con la que hoy interactuamos con el dinero digital genera muchas veces la ilusión de que nuestras decisiones económicas son completamente racionales. Pagamos con un click, invertimos desde una app y consumimos contenidos financieros en segundos. Todo parece estar bajo control.

La inclusión financiera ya no puede pensarse solamente como acceso a una cuenta bancaria. La verdadera inclusión del futuro estará vinculada a la salud financiera de las personas

Sin embargo, la neuropsicología demuestra que los entornos digitales trabajan sobre nuestros sistemas de recompensa emocional. La inmediatez activa mecanismos vinculados a la dopamina, reduce los espacios de reflexión y favorece respuestas impulsivas, especialmente en contextos de ansiedad, estrés o sobrecarga cognitiva.

El problema es que muchas veces no percibimos esa influencia. Cuanto más invisible se vuelve la tecnología, más fácilmente puede moldear conductas y decisiones sin que tomemos plena conciencia de ello.

Ahí aparece uno de los aportes más interesantes de la mirada del papa León la necesidad de preservar la capacidad humana de discernir. En otras palabras, de recuperar autonomía emocional frente a sistemas cada vez más diseñados para acelerar nuestras respuestas.

Tal vez el gran desafío del futuro sea lograr que la innovación no avance más rápido que nuestra capacidad de comprenderla, habitarla y decidir con libertad dentro de ella.