

Pierde mucho y paga caro quien decida alienarse con la saga buitre y deja de prestarle atención a las vicisitudes que arropan la escena doméstica. Aquí y allá sobran ejemplos de inconsistencias, traiciones, revanchas, incipientes manifestaciones de desencuentros y cruces que pueden imponer su cruda realidad mucho antes en el tiempo.
Dos capítulos sirven para marcar la escena económica actual.
El primero, la sutil respuesta que el presidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega articuló contra un alfil de Axel Kicillof, el viceministro de Economía Emanuel Álvarez Agis. Según fuentes de Gobierno, ese fortuito desencuentro dentro de las filas del Gobierno habría reforzado en el entorno presidencial el peso de las opiniones de carácter monetario con las que el propio Kicillof suele azuzar a quienes aún mantienen alguna cuota de autonomía en el Banco Central, si bien ese margen de maniobra es cada vez más reducido frente al avance del soviético registrado en las últimas horas.
El segundo capítulo es la vana pulseada que el empresariado ha encarado contra el Gobierno a propósito de la reforma de la Ley de Abastecimiento, y que esconde en su esencia la nada inocente estrategia de seguir financiando el déficit fiscal emitiendo dinero a partir de un dato incontrastable: hay inflación si la producción se sostiene pero crece la emisión de dinero; pero hay más inflación aún si a esa misma emisión de dinero se le suma un retroceso en la producción de bienes.
El jueves último, la Argentina fue el país que mayor devaluación le propinó a su moneda en el mundo. Fue también, el día donde la devaluación se mostró con mayor fuerza en el año, si se deja de lado el salto del 18% dado en apenas 48 horas a mediados de enero que llevó de $ 6,50 a $ 8 el tipo de cambio. Ese recorrido dibuja hoy una depreciación del peso del 28% anual. El tipo de cambio oficial tocó los $ 8,40 (llegó a $ 8,41 el viernes) y el blue se alzó en los $ 14. Bajo estos números, el salario mínimo, vital y móvil de la Argentina representa apenas u$s 257 mensuales, y u$s 10 para una jornada de 8 horas, lo mismo que paga el salario mínimo -pero por el trabajo de una sola hora- en países como Estados Unidos, Canadá y Australia.
Se sabe: Kicillof es hoy el hombre con mayor poder dentro del Gobierno. Este poder está dado por su cercanía con la presidenta. El ministro tiene vía libre: si llama Kicillof, Cristina atiende. Ningún otro funcionario goza de ese privilegio. En el acto por el 160 aniversario de la Bolsa la última semana, Kicillof fue quien comentó -en tiempo real- con la presidenta, el discurso de Adelmo Gabbi mientras, sentado a tres sillas de distancia, Fábrega miraba para otro lado sin emitir sonido. A eso se le sumó un reto de Cristina a Gabbi por la política de crédito de los bancos, cuando el responsable no es otro que el propio Fábrega.
Todo está concentrado en el Ministerio de Economía: incluso la gestión del Banco Central. Por eso fue Kicillof quien decidió bajar las tasas, lo que sin duda ayudó a alimentar el valor del dólar.
La fuerte devaluación articulada el jueves por el Banco Central pone en jaque la esfera que protege a Fábrega y lo expone: fue el propio titular del BCRA quien decidió impulsar el tipo de cambio a la par del informal, en momentos donde el Gobierno se esmera por meter bajo la alfombra las variables que preanuncian un fuerte desequilibrio. El jueves de la devaluación, al mejor estilo presidencial, Juan Carlos Fábrega le hizo sacrificar a Axel Kicillof una de sus piezas más preciadas. El día de la mayor devaluación en el año, Agis, el candidato de Kicillof para el ministerio, salió a decir muy temprano que no se iba a devaluar. Imposible soslayar la jugada. El día que Fábrega le pegó un salto al dólar, al propio Agis, a quien no se le conocía el timbre de su voz, habló por radio horas antes para asegurar que el precio oficial del dólar estaba controlado y negar que el Gobierno analizara una importante devaluación. El ¿involuntario? desafío estaba consumado.
Dos conclusiones pueden desprenderse: o Fábrega volvió a mostrar que su poder residual aún le alcanza para decidir qué hacer con el tipo de cambio; o el mendocino decidió devolverle la gentileza al ministro saliendo al cruce de la baja de tasas, con una medida incompatible, pero mucho más sensata.
De fondo, la problemática que inquieta -a todos- es la inflación. Es por ella que el Central tiene que salir a actualizar el tipo de cambio devaluando un mínimo del 40% anual. Es por la misma inflación, que Axel Kicillof juega a contrarrestar el efecto recesivo de la depresión del salario real buscando una baja artificial del costo del crédito para poner paños fríos en el descenso del consumo. Incluso es por la inflación, que durante varios años el tipo de cambio fue adormecido y utilizado como ancla lo que deparó una fuerte demanda de divisas y posteriormente la instrumentación del cepo cambiario.
Abastecimiento, la razón
Pero es ahora, en un momento donde las cuentas públicas no cierran, que el Gobierno mira al sector privado. Son los empresarios (y las familias) los que deberán absorber ese ajuste. Por un lado, los salarios reales se ubicarán indudablemente por debajo de la inflación. Por otro, las empresas serán las encargadas de hacer su aporte para los meses venideros. Sin importaciones ni giros de dólares al exterior, los empresarios se mantienen alertas a la instrumentación de políticas que favorecen la intervención del Gobierno en las decisiones de producción y comercialización. El envío del proyecto de para reformar la ley de Abastecimiento guarda una estrecha relación con este esquema.
Ahora bien. En economía se suele decir que la inflación puede tener diversas fuentes. En nuestro país la más frecuente es la que implica una mayor emisión de pesos por parte del Banco Central para financiar al Tesoro, que a su vez debe solventar el déficit del Estado. Este movimiento genera presión al alza en los precios.
Pero también suele hablarse de alzas en los precios que no son permanentes, pero que acentúan aún más los efectos de la inflación. Una de esos escenarios se da cuando baja la demanda real de dinero por parte de los agentes económicos. ¿Cuándo ocurre esto? Cuando las empresas dejan de producir o producen menos, cuando cae la actividad económica, entonces cae la oferta de bienes y servicios. Así, se produce el mismo efecto que en el caso del exceso de emisión: en este último, hay más dinero para una cantidad menor de bienes; en aquél, lo que baja es la cantidad ofrecida de bienes y lo que sube es la cantidad relativa de dinero. Se duplica así el efecto sobre el alza de los precios.
La avanzada sobre la matriz empresarial obedece a esto último: controlando rentabilidades, cantidades y precios, el Gobierno supone que podrá asegurarse una oferta regular de bienes para los próximos meses cuando faltan incentivos en el empresariado para hacerlo. Por el mismo motivo, cabe sponer que la emisión seguirá creciendo. Así, si el empresario dispusiera producir menos y el Gobierno mantuviera la fuerte emisión, la inflación sería aún mayor.


