

Un 20 de julio, pero de 1868, nacía en Salta José Félix Benito Uriburu, un militar cuyo nombre está ligado al inicio de un período oscuro de la historia argentina que se extendió durante más de medio siglo: el de los continuos golpes de estado.
Hijo de una familia de tradición política y militar, ingresó joven al Ejército y construyó una carrera castrense que lo llevaría, décadas después, a protagonizar un quiebre institucional inédito en el país al derrocar a Hipólito Yrigoyen en 1930.
Primer ensayo golpista y génesis de su visión autoritaria
Su carrera golpista no arrancó en el siglo XX. Ya antes de cumplir los treinta años, el joven oficial conspiraba contra el poder civil. En 1890 fundó, en su propia casa, una logia con 33 oficiales dispuestos a derrocar al por entonces presidente Miguel Juárez Celman.
Aquella logia fue, en rigor, su primer ensayo golpista, cuatro décadas antes de convertirse en el militar que efectivamente tomaría el poder. El plan se enmarcaba en el clima de la Revolución del Parque, que finalmente forzó la renuncia de Juárez Celman.
Ese episodio temprano revela algo central en su trayectoria: la convicción de que las armas podían corregir la política. Uriburu entendía al Ejército no solo como institución de defensa, sino como árbitro legítimo de las crisis institucionales.
Con los años, su carrera lo llevó a Europa. Entre 1904 y 1908 se desempeñó como agregado militar en Alemania, donde desarrolló una fuerte admiración por el modelo prusiano. El orden, la disciplina y la jerarquía castrense alemana lo marcaron profundamente.
Esa experiencia europea consolidó en Uriburu una visión autoritaria del Estado, alejada del liberalismo parlamentario. Soñaba con trasladar ese esquema germánico a la Argentina, con un Ejército fuerte y una sociedad jerárquicamente ordenada.

Un dato hoy poco recordado es que, siendo oficial en actividad, Uriburu participó de elecciones legislativas. No existía entonces ninguna norma que lo prohibiera, y en 1918 fue electo diputado nacional por el radicalismo salteño.
Esa combinación de uniforme y política partidaria, impensada en la actualidad, formaba parte de las costumbres institucionales de la época. Uriburu compatibilizó ambos roles sin mayores objeciones legales ni corporativas.
El retiro y la gestación del golpe del ‘30
En 1929, al alcanzar el límite de edad reglamentario, le llegó el retiro obligatorio del Ejército. Dejó así el servicio activo, pero lejos de alejarse de la vida pública, ese retiro marcó el comienzo de su etapa conspirativa más decisiva.
Ya como militar retirado, Uriburu comenzó a tejer alianzas con sectores conservadores y radicales antipersonalistas. Ambos grupos compartían el rechazo a Hipólito Yrigoyen, presidente reelecto en 1928 y líder de la Unión Cívica Radical.
Esa oposición heterogénea acusaba al gobierno de Yrigoyen de anacrónico, clientelar y excesivamente personalista. Uriburu ofrecía el brazo militar que esos sectores civiles necesitaban para torcer el rumbo político por la fuerza.

El golpe se concretó el 6 de septiembre de 1930. Uriburu marchó al frente de un contingente de cadetes y tropas hacia la Casa Rosada. El levantamiento avanzó pese a un dato clave, también poco conocido: Yrigoyen ya no gobernaba ese día.
El presidente, enfermo y desbordado por la crisis, había delegado el poder en su vicepresidente Enrique Martínez el día anterior. Aun así, Uriburu decidió sostener la asonada y consumar la caída del gobierno radical igualmente.
Yrigoyen fue detenido y el poder quedó en manos de Uriburu, quien asumió como presidente de facto. Fue el primer golpe de Estado exitoso en la Argentina, abriendo un ciclo de interrupciones militares que se prolongaría por décadas.
Una de sus primeras medidas fue disolver el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales. Intervino universidades, clausuró periódicos opositores y estableció un gobierno de facto sin control parlamentario ni límites institucionales claros.
Un proyecto corporativo que chocó con la realidad
Uriburu no ocultaba sus ambiciones de fondo. Inspirado en el fascismo europeo, buscaba instaurar un estado corporativista, con representación por sectores económicos y no por el voto individual, desplazando al sistema de partidos.

Ese proyecto corporativo chocó rápidamente con la realidad política argentina. Perdió apoyo popular con notable velocidad, incluso entre quienes lo habían respaldado inicialmente para desplazar a Yrigoyen del poder.
El propio Agustín P. Justo, general que lo había acompañado activamente en la conspiración y el golpe, empezó a distanciarse de su proyecto autoritario. Justo representaba una ala más pragmática, dispuesta a convivir con cierto orden electoral.
Ante el desgaste de Uriburu, Justo impulsó su propia candidatura presidencial. Ganó las elecciones de 1931 con el respaldo de la Concordancia, alianza de conservadores, radicales antipersonalistas y socialistas independientes.
Esas elecciones estuvieron marcadas por una proscripción decisiva: el radicalismo yrigoyenista no pudo participar, porque sus principales candidatos fueron vetados por el propio gobierno de facto antes de los comicios.
Uriburu entregó el poder a Justo en febrero de 1932, ya debilitado políticamente y también por la enfermedad que lo aquejaba. Murió meses después en París, adonde había viajado buscando tratamiento médico.

Un dato menor, pero significativo para la historia argentina, permite cerrar este recorrido. El día del golpe de 1930, entre los militares que escoltaban el vehículo de Uriburu se encontraba un joven oficial: Juan Domingo Perón.
Aquel teniente coronel que custodiaba el auto del primer golpista argentino terminaría, años más tarde, encabezando otro proceso militar, el de 1943, y fundando el movimiento político que marcaría el siglo XX argentino.




