Johnson patea el tablero inglés y ¿sacude el orden liberal?

La decisión de Boris Johnson de extender el período de suspensión del parlamento británico hasta dos semanas antes de la fecha estipulada para la retirada del país de la Unión Europea (Brexit) debe ser analizada sobre las palabras del presidente de Francia pocas horas antes en el G-7 de que "estamos viviendo el fin de la hegemonía occidental" en el mundo. El periodista inglés John Wight afirmó que Johnson no actuó "en nombre de la democracia, en nombre del pueblo británico; sino en el nombre del capitalismo que destruye, en nombre de las corporaciones estadounidenses".

Así, al alistarse con la nueva derecha que se viene extendiendo sobre el mundo occidental, Wight considera que "el Brexit que Johnson y sus acólitos prefieren es uno que les brinda la oportunidad de terminar la revolución de derecha de Margaret Thatcher, que comenzó en la década de 1980. Sus objetivos son la aniquilación de lo que queda del estado de bienestar, incluido el Sistema Nacional de Salud (a pesar de lo que Johnson dice lo contrario), la aniquilación de lo que queda del movimiento sindical y el desarraigo de los últimos vestigios de colectivismo y solidaridad social que quedan desde el consenso keynesiano de la posguerra".

Macron admite que occidente ha perdido su hegemonía debido a sus "errores" en los últimos siglos. A lo largo del siglo XIX, europeos y estadounidenses podían justificar fuertes desvíos de sus valores -conquistas, colonizaciones o explotación del trabajo -, con una visión positiva de sus actos para la humanidad. Así, se entendían - por medio de estos actos -, como agentes del progreso humano, un nuevo concepto cargado de optimismo en un futuro en el que en un marco de libertad e instituciones democráticas, se superarían las limitaciones de la vida material y todos los sufrimientos consecuentes que habían acechado al hombre desde el origen su existencia. El hombre blanco aceptaba esa pesada carga, en la poética apología de Rudyard Kipling, para justificar el imperialismo occidental sobre los pueblos atrasados de color, explayando la idea de una misión civilizatoria sobre la tierra. No obstante, internamente, gran parte de la población europea no poseía derechos políticos y sufría condiciones de vida de alta fragilidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, condicionada por la Guerra Fría y bajo el liderazgo de EE.UU., pareció que la civilización occidental iría a hacer realidad la combinación de desarrollo económico e instituciones democráticas en sus países, tras la caída de la Unión Soviética en gran parte del mundo. Pero lo que se observa es que son esos mismos países que por su afán de enriquecimiento de una pequeña elite, tanto el nivel de vida de sus propias poblaciones como sus instituciones democráticas son atropelladas. Resultado de un orden económico global en el cual Macron sostiene que la economía de mercado se ha vuelto demasiada determinada por las finanzas, creando desigualdades que están sacudiendo "el orden político". 

La jugada de Johnson, por su parte, representa el último sacudón al hacer uso de un hueco reglamentario para subvertir las reglas de juego en su objetivo de lograr el Brexit sea como sea el 31 de octubre. Como explica CBS, Johnson es un primer ministro elegido por solo 160,000 miembros de su propio partido pero que basa su actitud en el referéndum público de 2016 en el que los británicos votaron por abandonar la UE, pero sin que la opción de hacerlo sin acuerdo estuviese ofrecida. Por eso aún dentro de los conservadores se ha condenado su actitud: Philip Hammond lo definió como “atropello constitucional ; Dominic Grieve afirmó que era "un intento de gobernar sin el Parlamento", mientras que el ex primer ministro John Mayor amenazó con acciones legales. Si Johnson consigue su objetivo, será otro caso en que la civilización occidental bastardea sus propias instituciones que - sostiene -, deben servir de modelo para el mundo. 

En el G-7, Macron lamentó que Rusia se haya alejado de Europa, mientras llamó a crear un nuevo orden económico mundial. Pero resulta difícil que el llamado tenga credibilidad en el marco de la pérdida de peso de las naciones europeas y los embates que sufren por parte de Donald Trump. 

Sus principios le resultarán difíciles de aceptar a países con mucha mayor capacidad económica que la mayoría de los miembros del G-7 (Rusia, China, India, Brasil) que no fueron integrados. De hecho, el G-7 representa 10% de la población mundial y 40% del producto bruto global, aunque gozan de un ingreso per cápita tres veces mayor que el promedio mundial.  
Por eso, la crisis hegemónica europea también se manifiesta en su merma de credibilidad en cuanto liderazgo mundial. Así, cuando Putin fue consultado acerca de si Rusia volvería al G-7 - del que era parte hasta ser suspendida en 2014 por anexar Crimea -, respondió que Rusia pertenecía a otras organizaciones internacionales que incluían países como India y China también, subrayando: "el G-7 no existe".

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